Nº 2138 - 2 al 8 de Setiembre de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—Las ruedas embarradas del último organito / vendrán desde la calle buscando el arrabal, / con un caballo flaco, un rengo y un monito / y un coro de muchachas vestidas de percal. / Con pasos apagados elegirá la esquina / donde se mezclen luces de luna y almacén, / para que bailen valses detrás de la hornacina / la pálida marquesa y el pálido marqués…
Homero Manzi, un entrañable sentimental, escribió los versos de El último organito —al que puso música su hijo Acho— ya enfermo y consciente de la cercanía de su muerte, en ese estado donde el tiempo que envuelve al hombre no es el presente, sino el pasado y todo lo que no volverá: sueños, alegrías y tristezas, rostros y peripecias y recuerdos sombreados por una melancolía oscura pero de gloriosa belleza.
Dentro de una obra memorable que abarca a Sur, Romance de barrio, De barro, Malena, Barrio de tango, Recién, Viejo ciego, El pescante, Milonga triste y tanto, tanto más, El último organito es no solo poesía mayor dentro de un estilo emotivo y conmovedor dibujado con esa sencillez formal que, sublimándola, tomó de Evaristo Carriego, sino el homenaje más elevado de Manzi a la evocación, vista, casi, como un milagro.
Y fue, de cierto modo, un tango premonitorio.
La historia del organillo —vocablo aceptado por la Real Academia Española, que todavía resiste el uso de organito—, aunque se ha dicho que algo parecido fue usado en tiempos más remotos, nace en el siglo XVI, originario de Alemania, como el bandoneón, pero se hace popular en el Río de la Plata, traído por inmigrantes en las primeras décadas del XIX, convirtiéndose en gran difusor del tango primitivo. Se trata —aún hay algunos en museos y casas de fallecidos organilleros, con escaso uso— de un instrumento musical aerófono, portátil, mecánico a manivela y con púas que se deslizan por cilindros interiores donde van codificadas las melodías y disparan el sonido.
A lo largo de los años se fueron construyendo de diversos tamaños y características: colgados del cuerpo por correas y con un soporte extensible debajo para apoyarlos o, más pesados, exigiendo su traslado en carretillas o el añadido de ruedas rudimentarias para facilitar su movilidad. Mucho importó para su popularidad la astucia de quienes los usaban, a veces vestidos de payasos, que les incorporaron monitos y cotorras llamadas “de la suerte”, que adelantaban el destino a quien ofrecía unas monedas.
La mayoría de los historiadores identifica en Buenos Aires al primer organillero, llamado Sebastián Francebo, cuya patente fue extendida en mayo de 1845 durante el gobierno de Rosas.
Los organitos fueron muy populares en los barrios pobres, en sus esquinas, a la entrada de cafés decadentes y hasta al ingreso de los corralones que llevaban a las piezas de las pupilas en los prostíbulos, incentivando los primeros bailes al aire libre, con coreografías que se iban inventando, al comienzo solo entre hombres y luego entre clientes y prostitutas, tanto como matrimonios que salían de sus casas y se animaban a danzar gracias al alegre paseante.
Raúl March dejó escrito: “Con su música, que buscaba acoplarse al canto y la danza, el organillero supo llegar al alma de los pobres, llevando su melodioso mensaje, que cumplía un rol recreativo para los habitantes de los barrios marginales”.
El organito tuvo su época gloriosa hasta mediados de la década de 1930, languideciendo desde entonces hasta prácticamente desaparecer a comienzos de 1960. De ahí el tono premonitorio del tango de Manzi, escrito en 1949.
Sin embargo, ha quedado probado que en 1995, por haber vencido su patente y negarse la Municipalidad a renovarla, existía al menos un organillero, Héctor Manuel Salvo, nacido en Villa Crespo y apodado Manu; la movilización popular y mediática hizo que las autoridades revieran esa decisión y Salvo pudo salir otra vez a recorrer su barrio. Tristemente, la vejez y las enfermedades cortaron su vida apenas tres años después. Puede decirse, entonces sí, que con él murió El último organito.
—Tendrá una caja blanca el último organito, / y el alma del otoño sacudirá su son, / y adornarán sus tablas cabezas de angelitos, / y el eco de su piano será como un adiós. / Saludarán su ausencia las novias encerradas / abriendo las persianas detrás de su canción, / y el último organito se perderá en la nada, / y el alma del suburbio se quedará sin voz…