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    Militares y policías

    Una sociedad en pánico frente al crecimiento incontrolable de la delincuencia. La pérdida de valores. La reducción de la edad de imputabilidad. Los jueces permisivos. Los parlamentarios ineptos. La derrota filosófica del pensamiento socialista de la seguridad. La policía impotente. El crecimiento exponencial de la violencia social. La materialización de viejas hipótesis de conflicto. El crimen organizado. La pérdida de autoridad legítima. Áreas rojas. La anticultura de la seguridad.

    Todos titulares de un mismo drama. De un camino irreversible de violencia que al único lugar que puede conducir es al colapso social.

    Quienes quieran enfrentar honestamente esta crisis no tienen mucho espacio de maniobra.

    Hablar de las únicas opciones disponibles hoy es hablar de las Fuerzas Armadas.

    Mirémoslo por donde lo miremos. Horas de debates, ríos de tinta y lamentable tiempo dedicado a vanas discusiones, no dejan otra alternativa.

    El numen de la seguridad para cualquier estado reside en sus Fuerzas Armadas.

    Si hay que reducir la corrupción carcelaria se recurre a los militares.

    Si hay que pensar en estabilizar las áreas rojas del delito no hay muchas opciones: los militares.

    Si hay que profesionalizar las fuerzas policiales, integrémosla con “milicos verdes”.

    Sin embargo, la obstinada, por no decir dogmática ignorancia acerca del espíritu militar, intenta cortar camino, suponiendo ingenuamente mejorar los cuerpos policiales fomentando la deserción de efectivos militares para ser integrados a los cuadros policiales.

    El doble del sueldo y una vida mucho más “civil” y con respaldo sindical parecía ser la clave para resolver la transferencia de capacidades de efectivos militares a las filas policiales.

    Una evidente muestra del mal empleo de los recursos del Estado y el desconocimiento de su esencia.

    Mediante la transferencia al cuerpo policial de soldados entrenados para operar en forma regimentada, con un concepto de los códigos de honor y reglas de empleo de la fuerza a través de sistemas de armas caros y letales, se pretendió transferir capacidades que son incompatibles con cuerpos policiales.

    Conclusión: de 1.500 vacantes, apenas pudieron llenarse 500 con integrantes de las FFAA, que provienen en su gran mayoría de servidumbres administrativas, no de los cuadros combatientes.

    Poco y nada le van a aportar mas allá de saber “hacer la venia”.

    ¿Cuántas veces hemos tenido que aclarar que nuestros soldados no van a las Misiones de Paz únicamente por el mejoramiento de sus ingresos?

    ¿Cuántas hemos comprobado que nuestros soldados no son comprables con dinero?

    ¿A quién le ha quedado alguna duda de su alto profesionalismo a través de tantos años de participación en delicadas misiones en los lugares más hostiles del planeta?

    Hoy queda bien claro.

    Los guerreros tripulando blindados de más de 30 toneladas que vimos desfilando por Durazno el 24 de mayo en oportunidad de festejarse el Día del Ejército Nacional, son los mismos que patrullan las selvas africanas, que participan en misiones humanitarias y de pacificación en diversas partes del planeta y están a la orden para ejecutar misiones ante cualquier emergencia nacional.

    Si los sabemos emplear, son la única opción a nuestra sociedad para enfrentar la violencia y el delito organizado.

    Como manifestó el comandante en jefe del Ejército, los militares no tienen vocación policial (nada de guardia nacional). Al igual que los policías no deben tener inquietudes por cumplir misiones militares.

    Pero si el Estado requiere de sus recursos para enfrentar amenazas a su seguridad, sus soldados están preparados, mal pagos y sin sindicatos, pero imbuidos del insustituible espíritu militar como a lo largo de toda nuestra historia han demostrado.

    Como recurso del Estado, los soldados parecen ser hoy la única opción para comenzar a pensar seriamente en cómo enfrentar el avance incontrolable de la droga y el crimen transnacional organizado.

    Pero como situación de emergencia, porque no tienen vocación policial; y, además, encuadrados dentro sus mandos orgánicos, porque ahí reside la clave de su eficiencia.

    Claras y contundentes muestras de profesionalismo, credibilidad y digno espíritu militar a través de todos estos arduos años lo acreditan.

    Pretender cortar camino y hacer una mejor policía con soldados desertores solo porque se les ofrece mejor paga no resulta.

    Cnel. Arquímedes Cabrera

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