Nº 2180 - 30 de Junio al 6 de Julio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMuchos pensadores giran desde premisas autoinfligidas en un entorno cuya única salida es un acto de fe. Cuando la solución es religiosa esta salida va de suyo, no es problemática. Pero cuando, como es el caso de Hegel o de Marx, desde el más extremo racionalismo reducen todo a la extrema confianza que le prestan a una relación de postulados no demostrados de modo suficiente, tenemos de cuerpo entero el extravío de la historia por efecto de la filosofía de la historia entendida como una ciencia exacta basada en el herramental argumentativo de la religión. En las antípodas de esta posición se encuentra la visión descarnada y elemental de Ludwig Mises, para quien las acciones de las personas están guiadas por juicios de valor y objetivos, que a su vez dependen de perspectivas ideológicas, y como las ideologías no son estáticas, sino que surgen del pensamiento de los individuos en distintas instancias de sus vidas y al amparo de innúmeras influencias cambian con el tiempo, emergen como circunstanciales y por tanto endebles para operar de anclajes de cualquier interpretación histórica.
La parte seria de este problema reside no en la encomiable pretensión de querer saberlo todo, sino en la soberbia de creer que se sabe todo en una materia que por definición es escurridiza, móvil, infinitamente multicausal. Mises en su libro Teoría e historia: una interpretación de la evolución social económica (Unión Editorial, España, 2004) nos ilustrará acerca de lo sencillo que es tratar con la historia desde el despojamiento de la acción; entender por qué las personas toman una decisión, qué idea de ventaja o qué temor o qué ambición o cálculo preside ese acto es todo lo que importa. Pero, entiéndase, importa no lo psicológico —las motivaciones últimas, la inhibición o liberación de apetencias o ansiedades—, sino la decisión puesta en acción, desplegándose en el teatro de operaciones que es el mundo que le ha tocado en suerte en un momento dado.
Por eso afirma Mises que el origen de las ideas no son las realidades físicas y fisiológicas; estos aspectos solo forman los desafíos que el ser humano tiene que afrontar en la acción pero no aportan el contenido del pensamiento. Con esa evidencia a cuestas bien podemos concluir que solamente recelo debemos tener cuando tratamos con la vasta legión de esperanzas insolventes que se expresan abiertamente en las determinaciones historicistas. Dice Mises que no debemos darle crédito a la filosofía de la historia porque es radicalmente incoherente desde la base; hay puntos que no puede resolver: primero, debe poder nombrar el fin de la historia y, segundo, señalar los medios por los cuales se conduce a las personas a alcanzarlo. La meta no puede determinarse sino por la intuición del filósofo. Es un postulado subjetivo, arbitrario.
Con esto, el filósofo debe reclamar la autoridad absoluta de su liderazgo místico. Y para la elección de los medios hay dos soluciones concebibles: una, seguir al líder carismático que es el único poseedor de la sabiduría última, pero como hay diferentes líderes que compiten entre sí y la verdad solo puede estar en uno la lógica de esta mentalidad es que están en un antagonismo irreconciliable entre sí, empeñados en eliminarse unos a otros. La otra respuesta radica en el significado de la expresión “truco de la providencia” (Hegel): las personas son de algún modo conducidas por alguna fuerza oscura a actuar según la providencia. Pero incluso este supuesto hecho debe a su vez ser reconocido por la intuición. Ambas soluciones no son susceptibles de ninguna aclaración racional. Terminan en una postulación arbitraria. Por eso, dirá literalmente, los estados construidos sobre la base de ideologías histórico-filosóficas tienden necesariamente al totalitarismo.
En contraste a este punto tenemos lo que Mises llama la ilustración liberal, que introdujo la comprensión de que las personas que persiguen sus propios intereses egoístas promueven, en última instancia, los intereses de la sociedad. La elocuente metáfora de la “mano invisible” fundada por Mandeville explica lo inexplicable para los nudos de las ideologías: ciertas acciones que vistas aisladamente y con miras al individuo actuante eran consideradas inútiles o éticamente reprobables podrían resultar beneficiosas para la sociedad en su conjunto, esto es, el amor propio del individuo promueve el bien común, aunque solo persiga los propios intereses. Hume y principalmente Smith recogerán el dato, inmortalizándolo.