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    Columnista de Búsqueda

    N° 1996 - 22 al 28 de Noviembre de 2018

    El pensamiento de Friedrich Hayek debe inscribirse con justo título entre los aportes que definen la condición de la libertad. Sus investigaciones en el campo de la economía, lo que consiguió determinar como fallas y salidas en los procesos complejos de las sociedades, lo ha llevado a ingresar sin más en la filosofía, esto es, en la pregunta y en la aproximación reflexiva acerca de la naturaleza de los conceptos. Uno de ellos tiene que ver precisamente con su encuadre de la libertad y con la confusión que acompaña al término según se transita por la variada bibliografía que la celebra o la analiza desde antiguo. Hayek es conciso en la premisa. En su libro Los fundamentos de la libertad (Unión Editorial, España, 2008) propone entender el tema desde su más detallada realidad; dice que hay libertad cuando se habita en el encuadre de un “Estado en que un hombre no se halla sujeto a coacción derivada de la voluntad arbitraria de otro o de otros”.

    Bajo esta clara premisa el autor nos propone aventurarnos en el proceso de disipar una de las más socorridas confusiones que han interferido la reflexión política desde antiguo, a saber: la asimilación de los conceptos “libertad política” y “libertad”, en el sentido de ausencia de coacción sobre el individuo. Ambas especies no pertenecen a la misma especie, aun cuando tengan puntos de intersección, aun cuando participen, en combate o diálogo, en la misma arena. Su aclaración es importante siempre, pero especialmente en momentos en que el furor por estos temas desvela más de la cuenta a las sociedades. “El primer significado de ‘libertad’ con el que debemos contrastar nuestro uso de dicho término —expresa— es uno cuya precisión está generalmente reconocida. Se trata de lo que comúnmente se denomina ‘libertad política’, o sea la participación de los hombres en la elección de su propio gobierno, en el proceso de la legislación y en el control de la administración. Dicha idea deriva de la aplicación de nuestro concepto a grupos de hombres tomados en conjunto a los que se otorga una especie de libertad colectiva. Sin embargo, en este específico sentido un pueblo libre no es necesariamente un pueblo de hombres libres; nadie necesita participar de dicha libertad colectiva para ser libre como individuo. Difícilmente puede sostenerse que los habitantes del distrito de Columbia o los extranjeros residentes en los Estados Unidos o las personas demasiado jóvenes para ejercer el derecho de voto no disfrutan de completa libertad personal porque no participan de la libertad política”.

    En las sociedades donde la política tiene más relieve que el trabajo y el estudio, donde la industria, el comercio, la cultura y la felicidad son valores simplificados a la condición de meras derivaciones de la política y de la supuesta lucidez de los políticos, el cambio de perspectiva que establece Hayek desacraliza y quita del centro lo que en realidad es y debería ser siempre un elemento lateral. La creencia en que la política resuelve la vida de las personas es la mayor emisión de moneda falsa de la que tenemos noticia; y lo más más grave es que, con frecuencia, la gente ama, odia, sufre, goza, mata y se hace matar por obtener algunos de esos billetes viles. La vida libre se construye al margen de la política, y no con su bendición. La política es un marco, no más que eso. Lo manifiesta claramente Hayek cuando escribe: “El peligro de confusión radica en que se tiende a oscurecer el hecho de que una persona pueda consentir su esclavitud y de esta forma renunciar a la libertad en el sentido originario de la misma. Sería difícil mantener que un hombre que voluntaria, pero irrevocablemente, hubiera vendido sus servicios por un largo período de años a una organización militar como la Legión Extranjera, en virtud de tal acto continuase libre en el sentido que nosotros damos a la libertad, o que un jesuita que vive de acuerdo con los ideales del fundador de su orden y se considera a sí mismo ‘como un cadáver sin inteligencia ni voluntad’ pudiera también ser descrito como libre. Quizá el hecho de haber visto a millones de seres votar a favor de su completa subordinación a un tirano haya hecho comprender a nuestra generación que la elección del propio gobierno no asegura necesariamente la libertad. Por añadidura, parecería obtuso discutir el valor de la libertad si cualquier régimen aprobado por el pueblo fuera por definición un régimen de libertad”.

    El desencanto, como se ve, está agazapado; acechante.

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