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    Monsieur Grandet

    Columnista de Búsqueda

    N° 1762 - 30 de Abril al 06 de Mayo de 2014

    En el cuarto círculo del Infierno, debajo de los golosos del círculo anterior que vanamente luchan contra el lodo que los cubre, están los avaros, especie extendida en todas las épocas, no solamente en aquel infausto tiempo que le tocó en suerte a Dante. La amistad sensual con los bienes materiales, esa inclinación libidinosa hacia todo lo que tiene valor externo y es susceptible de ser asumido como mercancía es causa de muchos males para las personas y aun para los pueblos. Nosotros, que estamos condenados a este círculo no imaginado por Dante que es el paraíso de la mediocridad y del dispendio, que es la celebración de la ignorancia y del desdén en cuotas iguales, sabemos muy bien los daños que produce la avaricia; alcanza con reparar en las viciosas demandas de los parásitos que sostiene el Estado para medir hasta qué punto es un mal social este mal que en general se atribuye a sórdidos personajes de fábula y a personajes históricos que el abuso de la imaginación popular ha convertido en leyenda.

    Por fuera de las disparatadas siluetas que concibieron Plauto, en su comedia de la Olla, o Jean-Baptiste Poquelin con su inmejorable Harpagón, tenemos en la propia Commedia algunos casos célebres de la política florentina que fueron responsables de sufrimiento sin mengüa para muchas personas. Dante los desprecia con un ardor poco cristiano, hay que reconocerlo; y en algún pasaje se conduele, se moritifca por alimentar semejantes sentimientos. No le ocurre así a Balzac, que notoriamente está un poco más liberado de la legítima culpa que toda persona piadosa ha de experimentar frente a las debilidades del prójimo; digamos que en verdad Balzac no abriga ninguna traza de misericordia cuando trata con el mal: lo denuncia, lo castiga, lo somete a escarnio, lo abomina, lo reduce a sus líneas esenciales.

    Quiero compartir hoy no la descripción del padre de Eugenie Grandet, insípida joven de provincia dominada por una mezcla de pureza e idiotez sin cura que vive sometida a la calculadora arbitrariedad de su padre, al que con buenos motivos teme y sin ninguna buena razón respeta, sino la causa que lo hizo ser tan célebre como avaro sin remedio. Es decir: quiero compartir el sentido astuto de oportunidad que tuvo para forjar los bienes de los que se enamoró como ningún hombre es capaz de enamorarse de las más encantadora de las mujeres: Dice Balzac de su criatura: “El señor Grandet, llamado por algunos el padre Grandet, y que pertenecía al número de los ancianos que disminuían ya insensiblemente, era, en 1789, un maestro tonelero que gozaba de una posición desahogada y que sabia leer, escribir y contar. Cuando la República francesa puso a la venta en el distrito de Saumur los bienes del clero, el tonelero, que contaba a la sazón cuarenta años, acababa de casarse con la hija de un rico comerciante en maderas. Grandet, provisto de su fortuna líquida y de la dote de su mujer, unos dos mil luises en oro, se fue a la capital del distrito, y allí, mediante doscientos dobles luises que ofreció su suegro al feroz republicano que vigilaba la venta de los bienes nacionales, obtuvo legalmente, aunque no legítimamente, por un pedazo de pan, los viñedos más hermosos de la comarca, una antigua abadía y algunas granjas. Los habitantes de Saumur eran poco revolucionarios, y el padre Grandet pasó por hombre atrevido, por republicano, por patriota, por hombre dado a las nuevas ideas (siendo así que a lo que era, en realidad, dado, era a las buenas viñas), y fue nombrado miembro de la administración del distrito de Saumur, donde dejó sentir política y comercialmente su pacifica influencia. Políticamente, protegió a los nobles e impidió con todo su poder la venta de bienes de los emigrados; comercialmente, proveyó a los ejércitos republicanos de un millar o dos de toneles de vino blanco que cobró entrando en posesión de unas soberbias praderas que dependían de un convento de monjas, y que entraban a formar parte del último lote. Cuando el Consulado, el honrado Grandet fue alcalde, administró honradamente y vendimió mejor; cuando el Imperio le llamaron señor Grandet. Napoleón no quería a los republicanos y reemplazó al señor Grandet, reputado de haber llevado el gorro frigio, por un gran propietario, un hombre cuyo apellido iba precedido de partícula, un futuro barón del Imperio. El señor Grandet dejó los honores municipales sin ninguna pena, porque ya había hecho hacer en interés de la villa excelentes caminos que conducían a sus propiedades. Su casa y sus bienes, ventajosamente empadronados, pagaban moderados impuestos. (…) Financieramente hablando, el señor Grandet tenía algo de tigre y de boa: sabía agazaparse, contemplar largo tiempo su presa, saltar encima de ella, abrir la boca de su bolsa, tragarse un montón de escudos y acostarse luego tranquilamente, como la serpiente impasible, fría y metódica que digiere. Nadie le veía pasar sin experimentar un sentimiento de admiración mezclado de respeto y terror. ¿No había sentido todo el mundo, poco o mucho, en Saumur, el cortés arañazo de sus garras de acero?”

    Recomiendo regresar a la lectura de Balzac; sigue siendo actual.

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