N° 1972 - 07 al 13 de Junio de 2018
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa biografía de Schopenhauer compuesta por su amigo de los últimos años, Wilhelm Gwinner (Arthur Schopenhauer presentado desde el trato personal, Hermida Editores, que distribuye Gussi), tiene el gran defecto de ser anticuada, untuosa, previsiblemente discreta; sin embargo, se agradece por todo lo que se filtra por entre las grietas de esas debilidades. El autor fue un abogado que conoció al filósofo cuando este ya era mayor y tuvo la fortuna de recibir las graduales confesiones de un hombre que hizo de la soledad, de la lectura y de la tranquila meditación su propio paraíso en este mundo; alguien que, es cierto, viajó bastante en su juventud, pero ya mayor prefirió el reclusorio de su cómodo hogar burgués antes que el ruido y el temblor de las tabernas, de los clubes, de las vanas conversaciones domésticas.
Su libro, en este sentido, a priori es interesante. Pero no pasa de ese estricto límite; y me atrevo a subrayar que todo el mérito de ese interés descansa en lo que ponemos quienes admiramos y conocemos la obra de Schopenhauer y no en el estilo o en la selección de acontecimientos que trabaja el improvisado biógrafo. El filósofo, en efecto, tuvo la precaución de facilitarnos a sus lectores muchos rasgos directos o laterales de su vida o de su tránsito por esta parte visible de la tierra, de modo que no nos cuesta mucho reconocerlo en las minucias las más de las veces insustanciales que cuenta Gwinner. Me explico: cualquier lector de Schopenhauer está familiarizado con su mundo y preferencias y odios y motivos de regocijo; si algo tuvo este pensador fue relacionar siempre la inmediatez de su existencia con las ideas que trataba. De modo que podemos decir que el libro aporta poco como novedad; no obstante, ese poco contribuye a recrear con gran cercanía, y con afecto, al estoico caballero que no parecía buscar nunca el aplauso o siquiera la aprobación de nadie.
Con todas estas prevenciones igualmente es fecunda la lectura; aparecen detalles que ilustran la calidad del personaje. Uno de estos rasgos lo encontré en la página 124 y siguientes, donde se refiere la participación de Schopenhauer en un homenaje a la memoria de Goethe, figura a la que el filósofo respetó, que estuvo muy vinculado a su madre y a su hermana menor, que le rindió respeto y que supo estimularlo desde muy joven. La anécdota ilustra perfectamente la certera intimidad del filósofo con el sentido de cualquier tributo al más grande escritor que diera la cultura alemana.
“En el año 1837 se creó un comité en la ciudad natal de Goethe para erigirle un monumento al poeta más grande de la nación. Schopenhauer quiso participar en este asunto con el propósito de que se tomase la resolución más acertada, e hizo llegar a la comisión un informe privado en el que se exponía que todas las figuras —estatuae equestres et pedestres— de los monumentos públicos que busquen causar efecto mediante su nobleza y sencillez solo son adecuados exclusivamente para aquellas personas que con su personalidad entera, con cabeza y corazón e incluso muy a menudo con brazos y piernas, hicieron algo por la humanidad; es decir, estadistas, oradores, religiosos, reformadores y santos; y que, por el contrario, a los hombres de genio, es decir, poetas, filósofos, artistas y eruditos, todos aquellos que solo hayan servido a la humanidad con el intelecto, les conviene sencillamente un busto, la representación de la cabeza, porque ellos no se avienen con ninguna postura heroica; cualquier otra manera de representarlos servirá de blanco a la chufla por alguna parte. Schopenhauer se remitía en esto al ejemplo de los antiguos, de preclara inteligencia, los cuales siguieron esta misma regla; las escasas excepciones, tales como las figuras enteras sentadas de Menandro y Filemón en el Vaticano, y aparte de estos, el dudoso Aristóteles en el palacio Spada, difícilmente hubieran podido oficiar como monumentos públicos. En cambio, las diversas extravagancias de los escultores modernos no entraban en consideración. Al pie del busto iría la inscripción en latín y en alemán: ‘Al poeta de los alemanes, su ciudad, 1838”.
Un rasgo, apenas eso vemos en esta anécdota; pero alcanza para insinuar la silueta del filósofo que hizo de la voluntad la desesperante causa del mundo y el sentido último de la libertad del hombre.