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    Mordidas en las canchas y en las empresas

    N° 1771 - 03 al 09 de Julio de 2014

    La mordida de Luis Suárez al defensa italiano Chiellini ha tenido más difusión que aquella que le propinó Mike Tyson a Evander Holyfield, cuando le sacó un pedazo de oreja en plena pelea por el título mundial de los pesos pesados. La gran diferencia fue que, mientras todos condenaban la conducta antideportiva de Tyson, aquí celebramos la de Suárez.

    Esto hace la diferencia entre los países de primera y los de cuarta. Mientras los primeros se arrepienten y hasta se avergüenzan de sacar ventajas con el uso de la “viveza criolla” (el caso de Robben que se tiró en el penal ante México o el de Thierry Henry cuando acomoda la pelota con la mano para clasificar a Francia al mundial 2010), los segundos lo celebran y hasta elevan a esos “pícaros” jugadores a la categoría de ídolos o de dioses (“la mano de Dios” de Maradona contra Inglaterra).

    En el mundo empresarial sucede algo similar. Están aquellas empresas dispuestas a hacer goles con la mano (coimeando, mintiendo a los consumidores o disfrazando sus balances) y están las que prefieren perder un partido pero ganar el campeonato en el largo plazo.

    ¿Pero de quién es la culpa? ¿Del chancho o de quien le rasca el lomo? Los escandalosos casos de las “grandes” firmas de Wall Street que hicieron desfalcos y pusieron en jaque a la principal economía del mundo fueron en parte impulsados por la ambición de sus directivos, pero también por la ambición de millones de ahorristas que querían ganar “dinero fácil”, y a pocos les importaba la forma en que lo conseguían.

    En Uruguay vivimos algo similar con el Banco Montevideo: todas las miradas apuntaron a los Peirano, pero pocos dicen que esos ahorristas que hoy se sienten “perjudicados” jamás se preguntaron cómo hacía el banco para pagarles un 10% de interés por sus depósitos, cuando el resto del sistema financiero pagaba apenas el 2%. Mientras gozaron de esos beneficios, se embolsaron los “morlacos” a sus bolsillos, pero cuando “se cayó la estantería”, salieron a recuperar sus dineros de los bolsillos ajenos, presionando al Estado para que nos cobrara más impuestos. Una actitud tan rioplatense como el tango.

    Y es justamente el Estado el otro gran culpable de las inconductas empresariales. Sus absurdas regulaciones y la inmensa burocracia que generan, crean el terreno fértil para que cualquier burócrata con poder utilice estos enredados procedimientos para sacar ventaja. ¿Alguien conoce otra manera de hacer negocios en México? ¿Recuerdan el famoso caso IBM y el Banco Nación Argentina? Y ya veremos cómo sigue nuestro vernáculo affaire Pluna.

    Por eso, los empresarios honestos, confiados en sus productos y en sus servicios, prefieren contar con un Estado pequeño o bien eficiente y bien transparente, ya que “muerto el perro” (el Estado ineficiente), “muerta la rabia” (las malas prácticas). Es lo que sucede en Nueva Zelanda, Finlandia, Dinamarca o Suecia.

    Los jugadores pícaros, como los empresarios pícaros, deberían ser los menos, totalmente desconocidos y jamás ser ídolos. Pero por estas latitudes sucede lo contrario. Aquí —y ya que estamos hablando de fútbol— bien sabemos quién es el empresario más famoso. Pero al Sr. Robin Henderson, dueño de la magnífica Tienda Inglesa, como no “muerde” nada ni a nadie, tampoco lo conoce nadie. Vamos bien.

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