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    Moviendo las fichas

    N° 1877 - 28 de Julio al 03 de Agosto de 2016

    La persuasión, el diálogo y la negociación han sido desde siempre las mejores herramientas que tienen los seres humanos para progresar en sus vidas, para avanzar hacia estados superiores de civilización. Porque aun siendo el principal objetivo lograr entendimientos y formalizar compromisos para resolver problemas o conflictos, el diálogo y la negociación contribuyen también a acordar disensos cuando no es posible mayores avances. De eso se trata ese intercambio cuando sus participantes proceden con sinceridad y franqueza.

    La prepotencia y la imposición, la confrontación, el conflicto bélico, por sus consecuencias, constituyen la contracara del diálogo y la negociación y su aporte es negativo.

    Pero no siempre a través del diálogo y de la negociación se alcanzan los resultados buscados. En parte porque no todos los involucrados intervienen con la disposición y la apertura mental necesaria para escuchar propuestas, opiniones y experiencias de sus interlocutores. Porque quienes negocian lo hacen con objetivos ocultos, no reconocidos. O porque sienten que no podrían justificar la razón de su autoexclusión.

    Quien más, quien menos, sabe que la historia está plagada de diálogos y negociaciones concebidas o aceptadas y acompañadas sin un verdadero propósito de acordar. Se pretende neutralizar o engañar a las contrapartes. Se busca ganar tiempo para seguir adelante con proyectos y estrategias propias.

    Quizás, el mejor y más perverso ejemplo de ello fue el pacto de no agresión por diez años que suscribieron en agosto de 1939 la Alemania nazi y la URSS. El compromiso ocultaba los planes expansionistas que alentaban ambos regímenes, que documentó un protocolo secreto mediante el cual los firmantes se repartían Polonia y establecían “zonas de influencia” en sus confines. Hitler, que entretenía a Francia y Gran Bretaña en conversaciones de paz, cubría sus espaldas al este para resolver por la fuerza antiguos litigios fronterizos y ocupar parte del territorio francés. A Stalin el pacto le daba tiempo a recuperar a su nación del trauma de las masivas purgas efectuadas un par de años antes y preparar al ejército rojo para hacer frente a una temida ofensiva germana. El pacto precedió solo en algunas semanas al inicio de la II Guerra Mundial. Dos años después las tropas de asalto alemanas luchaban cuerpo a cuerpo con el ejército ruso a las afueras de Moscú.

    No todas las negociaciones se encaran con buena fe ni todos los participantes tienen la paciencia necesaria. Pero además no todos valoran por igual la marcha de la negociación ni sus resultados. En parte porque no quieren ni buscan lo mismo.

    Eso es lo que está pasando en las negociaciones referidas a seguridad y convivencia que desde hace tres meses abordan gobierno y oposición.

    El diálogo, cabe recordar, no fue propuesto por el gobierno, sino por el senador del Partido Independiente Pablo Mieres, iniciativa rápidamente aceptada por el presidente. Vázquez vio la oportunidad de contener los cuestionamientos a la gestión del ministro del Interior y de comprometer a la oposición en la articulación de soluciones en una problemática de enorme complejidad.

    De inicio Vázquez anunció que no cedería al reclamo del relevo de Bonomi, lo cual, mal o bien, fue aceptado por los representantes de la oposición. En estos tres meses se acordaron seis iniciativas sin que hasta ahora ninguna haya sido convertida en ley. Tres cuentan con media sanción del Senado.

    Varios planteos opositores fueron desestimados, algunos por las notorias diferencias al interior del Frente Amplio. Nada sorprendente a la luz de otras desavenencias conocidas sobre temas relevantes como educación, inserción internacional, economía.

    En las últimas semanas varios dirigentes del sector nacionalista que lidera el senador y ex candidato presidencial Lacalle Pou llegaron a la conclusión de que los acuerdos alcanzados son escasos, que lo que había para decir está dicho y que sin voluntad política en el oficialismo no es mucho más lo que se podrá avanzar. En su audición radial del miércoles 20 el senador dijo que las reuniones con el presidente “no dan para más” y propuso que los delegados partidarios dejen de asistir. Pese a que tampoco se siente satisfecho por los resultados de la negociación, el senador Jorge Larrañaga discrepó con su correligionario y el Directorio nacionalista optó por el camino del medio: proponer la suspensión de las reuniones en agosto para dar tiempo al Parlamento, en el que el Frente Amplio tiene mayoría en ambas cámaras, a sancionar los proyectos ya acordados.

    El emplazamiento nacionalista fue desestimado por Vázquez (“de ninguna manera el gobierno puede marcar los tiempos del Parlamento”, excusa formal a la que no se atiene cuando urge a su mayoría en el Senado y Diputados sancionar proyectos en los que tiene especial interés). El resto de la oposición tampoco compartió el planteo blanco porque considera, como el gobierno, que no se agotó la agenda de la negociación, pero también porque no quiere aparecer a la zaga de los blancos.

    Estos tire y aflojes, propios de la vida política, no podrían comprenderse si se ignoran las circunstancias en las que hace tres meses el presidente se apresuró a tomar el cabo que tiró Mieres.

    Tras 11 años de gobierno, durante los cuales desde su mayoría legislativa y su autoproclamada superioridad moral el Frente Amplio ninguneó a una oposición debilitada y sin mayor eco en la ciudadanía, el presidente se encontró con encuestas que registraban cambios en la opinión pública como consecuencia de casos de los que el gobierno no salió bien parado (Pluna, ASSE, Ancap, Fondes, el “título” de licenciado, el ADN de la educación, etc.). Encuestas que ya no eran favorables como en el pasado. Y advirtió, o se lo hicieron ver, que no podía gobernar desde la lejanía, que debía salir a correr la cancha. El planteo de Mieres le llegó muy a tiempo.

    El dilema de Vázquez es que, como lo demostró la elección interna del domingo, por haber cedido el Frente Amplio tanto terreno a las posiciones políticas y sindicales más izquierdistas, se debilitan o se pierden adhesiones por el centro. Una realidad que, inevitablemente, el presidente tendrá que contemplar. Amén de tratar de restablecer el principio de autoridad debilitado por los tironeos de la política partidaria.

     En esa dirección van las negativas de estos días de acceder a los planteos de legisladores del Frente Amplio que quieren modificaciones en la Rendición de Cuentas y al pedido de entrevista de la dirección del PIT-CNT, a cuyos dirigentes pasó la queja: no al diálogo “precedido de diatribas y amenazas”.

    La semana pasada le había hecho un guiño a la militancia frenteamplista cuando consultó a la Corte Electoral si podía votar en la interna. Una forma de instar a los frenteamplistas a votar y de ayudar a superar la frialdad y desmovilización preexistente. Consulta innecesaria con solo revisar la Constitución.

    En esta coyuntura habrá que acostumbrarse. Habrá mucho de esto en los próximos tiempos.