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Hemos vuelto al siglo XIX. Y de esto hace ya rato. Tanto, cuanto que se dejó transitar casi libremente por las calles de Montevideo y por todos sus barrios, a carros tirados por caballos “conducidos” por lúmpenes que prefieren regocijarse dentro de la basura de los contenedores que tener una vida digna, propia de un ser humano, tratando de mejorar su condición. Y para peor, esos “conductores” son muchas veces menores de edad.
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Ahora hay un muerto. No hace mucho tiempo hubo un aviso: una niña de tierna edad había sido arrastrada por uno de esos repulsivos carros que pululan por este Montevideo del siglo XXI como si estuviéramos a fines del siglo XIX. No hubo reacción oficial, al menos que yo sepa. Cuando escribo estas líneas aún desconozco si la hay respecto de este caso. Y sigo viendo esos espantapájaros por las calles, siendo que la reacción es y debe ser una sola: prohibir esos esperpentos, inconcebibles en cualquier ciudad civilizada, independientemente de qué gobierno sea el de turno. Prohibir esa afrenta contra la ciudad, contra su gente, contra los pobres equinos muchas veces maltratados y desfallecientes en la vía pública —como lo he visto— de manera inmediata. ¿O van a hacer que los que “conducen” esos artefactos decimonónicos saquen algún tipo de licencia especial que los habilite para “conducirlos” con pericia entre la marea de autos, camiones, autobuses, motocicletas, peatones, etc.? ¿O quizás se haga una compleja reglamentación —imposible de controlar— acerca de quién debe manejarlos? Todo es posible en esta ex bella ciudad. Todo.
Ahora hay un muerto. ¿A quién le va a reclamar la familia? ¿Contra quién accionar, si los que usan esos carromatos son el último escalón de una sociedad que supuestamente nada en la abundancia económica?
Ahora hay muerto. Si creyera en la sensibilidad de los gobernantes municipales, diría que será el primero y el último. Pero no creo en esa sensibilidad. Se hablará y se hablará y lo más probable es que todo quede igual o parecido, al mejor estilo gatopardismo.