Nº 2178 - 16 al 22 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCon una mezcla de sentimientos de alegría, filosofía y moral el debate estalló el bar de un club deportivo el mismo día en que Newsweek informó que el presidente ruso Vladímir Putin había sido tratado por un cáncer avanzado. La revista se basó en fuentes del servicio de inteligencia de Estados Unidos. El gobierno aclaró que no existen informes oficiales, pero no dijo que la información fuera falsa. Casi al mismo tiempo el diario británico Daily Mirror, apoyado por la información de fuentes del FSB (el antiguo KGB), dijo que al presidente ruso le quedan entre dos y tres años de vida.
Esas noticias podrán o no confirmarse. Solo el tiempo tiene la respuesta, pero de lo que no hay duda es que generaron en el mundo reacciones similares a las de los seis participantes de la reunión en el bar. La mayoría dio por buena la información y expresó alegría por la muerte de Putin. Más aún, uno de los polemistas deseó que muera antes. “Vivo aumentarán los miles de muertos y heridos militares y civiles, continuará la emigración y la crisis económica y alimentaria tendrá efectos universales”. Casi todos lo respaldaron, pero otro manifestó con energía su discrepancia, “ética, moral y religiosa”, porque “desear la muerte o alegrarse porque ocurra eso sagrado va en contra del sentido humanitario y es de bárbaros”.
Ese último razonamiento tiene puntos de contacto con argumentos del Tribunal Constitucional de España, que el año pasado multó a una exconcejala de Valencia por atribuirle a un torero ser “asesino” de animales. El torero había muerto corneado y la exconcejala también expresó su alegría por esa circunstancia. Además de multarla con 7.000 euros que cobrará la viuda del torero, los jueces desarrollaron argumentos ajenos al derecho. Sus expresiones “violentan y perturban el dolor de los familiares y la memoria del difunto, especialmente por el momento en que se profirieron y por el tono vejatorio empleado. Entre los usos sociales de una sociedad civilizada se encuentra, como exigencia mínima de humanidad, el respeto al dolor de los familiares ante la muerte de un ser querido, que se ve agravado cuando públicamente se veja al fallecido”, dijeron los jueces.
Los usos sociales, la costumbre, el temor a ser cuestionado o la fe religiosa pautan esa “exigencia mínima de humanidad” y de “respeto al dolor” que dice la sentencia. También frenan a muchos para celebrar la muerte de quienes fueron autores de vejaciones y muertes sin humanidad ni respeto por el dolor. La mayoría no celebra públicamente para evitar reproches o por el peso negativo de lo que se considera políticamente incorrecto.
A algunos les puede chocar que alguien se alegre por una muerte, pero es más habitual de lo que parece. Como ejemplos históricos vale citar los de Adolf Hitler, Benito Mussolini, Bin Laden, Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla o Francisco Franco. ¿Cuántos lamentaron sus muertes? Salvo seguidores fanáticos, casi nadie. El resto sentimos euforia por la desaparición de esos depredadores.
Ese sentimiento también alcanza a gobernantes democráticos. En 2013 cuando murió la primera ministra británica Margaret Thatcher el cineasta Ken Loach rompió el fuego ironizando con sus políticas de gobierno: “Privaticemos su funeral. Saquémoslo a concurso público y aceptemos la oferta más barata. Es lo que ella habría querido”. Otros se manifestaron con pancartas. La canción de El Mago de Oz Ding Dong, la bruja ha muerto alcanzó en ese momento el número 2 de las ventas del Reino Unido.
En 2017 en Estados Unidos tras la muerte del psicópata asesino Charles Manson, un canal de televisión hizo una encuesta callejera. “¡Desde ayer no paro de llorar… de alegría!”, ironizó sonriendo una mujer mientras otros la aplaudían. Un hombre admitió: “Algunos descorcharon botellas para festejar. Yo lo hice”.
El temor a críticas o la prudencia callan a los uruguayos mientras aumentan los homicidios. En mayo: fueron 41, más del doble comparados con el mismo período de 2021. Si los homicidas resultaran abatidos por las fuerzas de seguridad, muchos festejarían sus muertes. Ocurrió por ejemplo con las del homicida y narcotraficante Marcelo el Pelado Roldán, que en 2018 fue decapitado por otro recluso. Lo mismo ocurrió ese año cuando se ahorcó en el Comcar Williams Pintos, asesino de la niña de 12 años Brissa González. La lista es tan grande como las alegrías, pero los festejos públicos pocos.
¿Alguien puede negar que los familiares de torturados o asesinados durante la dictadura no se alegraron por las muertes de procesados por delitos de lesa humanidad, entre otros, José Nino Gavazzo, Gilberto Vázquez y Pedro Barneix? He escuchado expresiones de satisfacción, pero ninguna de pesar, salvo las de algunos compañeros de armas y las comprensibles de familiares directos.
Hay quienes consideran que alegrarse por una muerte es inmoral. A diferencia de la alegría la moral no es un sentimiento espontáneo. “La alegría es un sentimiento grato que se manifiesta con signos exteriores. Se trata de un sentimiento de bienestar o placer cuando se ha colmado un deseo o cubierto una necesidad. Simplemente se siente, aflora espontáneamente”, me comentó un psicólogo.
En Uruguay diversas encuestadoras informan periódicamente sobre la preferencia de los ciudadanos por partidos o gobernantes, perspectivas electorales, inseguridad, salud o empleo, entre otros temas. Pero ninguna ha recabado la opinión de los uruguayos sobre sus sentimientos ante la muerte de criminales que hayan castigado a la sociedad. Sería bueno saber qué opinan los ciudadanos sin el peso público de condicionamientos. Nos llevaríamos una sorpresa.