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    Mujica-Topolansky, la libertad primero

    N° 1890 - 27 de Octubre al 02 de Noviembre de 2016

    Que el pintor haya cometido un delito es una hipótesis ridícula alimentada solo por razones políticas. Cuando Julio de Sosa esbozó el cuadro con desnudos del ex presidente José Mujica y la senadora Lucía Topolansky no pretendía injuriarlos ni difamarlos. Por el contrario. Surge del contexto de la obra, titulada “Génesis Uruguay”.

    Menos aún pudo delinquir la galerista Diana Saravia: están desnudos “porque Mujica habla mucho de la austeridad y de que él no lleva y no tiene nada”. Sobre las ramas del timbó hay una comadreja que representa su pasado clandestino; una lechuza, que representa la claridad y sabiduría, y un hornero, obrero de la tierra como Mujica, explicó.

    Pero una denuncia anónima —si es que lo fue—, de algún imbécil militante y un pacato, llevó a que la policía informara a la jueza penal Blanca Riero, quien dio la orden de investigar. ¿No era suficiente que pidiera una foto del cuadro?

    Como si se tratara de barras bravas y urgiera, en horas de la noche De Sosa y Saravia fueron citados. Los interrogaron, les labraron actas y un comisario les exhortó a que retiraran el cuadro de la vista por “un pedido de arriba”. Saravia acató.

    Los métodos de la dictadura sobrevuelan y subyacen. Fue un abuso de funciones con la complicidad “de arriba” y nadie le hinca el diente tal vez porque los interesados en amedrentar son un ex presidente y una senadora, sostenes del ministro del Interior, Eduardo Bonomi. El “de arriba”, el jefe de los policías que los citó y que convencieron a la jueza Rieiro.

    Alguien sostuvo otro disparate: es un delito de exhibición pornográfica. Este se comete al presentar públicamente espectáculos públicos artísticos obscenos. Dicen los que saben que la pornografía es lo que ofende al pudor mediante una mezcla de genitales, acciones, posturas y expresiones de gozo sexual que provocan excitación y sensación de placer.

    Con las imágenes de Mujica y Topolansky en el cuadro sucede exactamente lo contrario. Nula excitación sexual y menos sensación de bienestar. Y eso que el pintor fue generoso: convirtó su pincel en un bisturí, los tubos de pintura en botox y les quitó años, arrugas y colgajos habituales y naturales a esa edad.

    Diferente es la cuestión civil sobre si el pintor debió pedirles autorización para usar sus imágenes en una obra con fines comerciales. Eso sí. Hay antigua jurisprudencia a favor. Pero, ¿qué pasa si el autor regala la obra o dona el precio de la venta a una institución benéfica? Habrá que probar el daño y la acción civil ilícita. ¡Lindo juicio oral y público!

    Acostumbrados al servilismo de los artistas que comen de las arcas del Estado, los gobernantes se ofendieron. Mujica cambia su pisada: “las cosas tienen un límite”. Como para recordar a Erasmo de Rotterdam cuando le escribió a Tomás Moro sorprendido por “la hipersensibilidad de algunos hombres a quienes ofende todo lo que no sean alabanzas”.

    El filósofo y teólogo sentenció: “Quien se ofende por haber sido herido está poniendo de manifiesto su conciencia culpable o al menos sus temores”.

    Durante el primer gobierno de la democracia la tapa del Nº 40 de la desaparecida revista “Guambia” publicó dibujos de Enrique Tarigo (vicepresidente), Julio Sanguinetti (presidente) y Jorge Batlle (senador) desnudos con el título: “El gobierno en ‘Nada Less’”. No se quejaron.

    La Suprema Corte de Justicia sin expedirse sobre el fondo —porque no hay nada jurídico que considerar— dijo ante una consulta que no hay impidimento en exponer el cuadro de De Sosa. En buen romance, la Policía se excedió.

    La memoria de Mujica es selectiva y perversa. En las últimas décadas sus puteadas y envíos a la mierda han sido reiterados y frecuentes. También insultos, como a los ex dirigentes de la FIFA: “Manga de viejos hijos de puta”, o a Cristina Kircher: “Esa vieja es peor que el tuerto”, o a Maduro, que “está loco como una cabra”, y el destrato a periodistas: “no sea nabo” a Néber Araujo en 2003 y lo mismo a Marcelo Galladro en 2011.

    Dejando de lado las consideraciones legales, la ofensa (no la cuestión civil) que el matrimonio aduce es una tomadura de pelo. Resulta insólito que quienes violaron la Constitución, atentaron contra la democracia y cometieron brutales asesinatos sin pizca de arrepentimiento, ahora se rasguen las vestiduras por una pinturita. Parafraseando a Mujica: parece joda.

    Uruguay registra una larga historia de pretensiones de censura. En 1968 por la presunta exhibición pornográfica en el ex cine Rex de “La mujer de mi padre” con Isabel Sarli; otra de 1972 contra el semanario del MLN “Mate Amargo” por publicar en la tapa una foto erótica de la película “El último tango en París”; en 1986 en una exposición de Oscar Larroca censurada por el intendente de Montevideo José Luis Elizalde, autorizada luego por la ministra de Educación, Adela Reta, y en 1995 Ricardo Lanzarino fue procesado por daños agravados por colgar mediante una intervención, huesos y un cartel en el monumento a Aparicio Saravia. Un tribunal lo revocó.

    Todas las denuncias terminaron en la papelera. Siempre primero la libertad de expresión, esa sobre la que Mujica y Topolansky pretenden tener la exclusividad.

    Vale recordar que tolerar (especialmente cuando se hacen gárgaras de respeto y pluralismo) es considerar las opiniones y las ideas ajenas y aceptar la diversidad. Como ocurrió con lo de “Guambia”. Sin tolerancia la paz está en peligro y este caso, aunque parezca menor, enciende otra luz roja.

    Mujica y Topolansky han sido abanderados en debilitar los valores, la educación y la estructura social del país. Ahora abogan por restringir la libertad.

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