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    Nadie sabe

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2262 - 1 al 7 de Febrero de 2024

    Pensemos en un niño de nueve años. Despierta cada mañana, sale en hora, limpio y peinado a la escuela, toma el ómnibus, lleva sus deberes, es buen alumno y sonríe. Vuelve a su casa, saluda a los vecinos. Hace todo lo que se espera que haga un niño de su edad. Un día se descubre que hace dos años que está solo en el apartamento, que pasa largos períodos alimentándose con lo que encuentra, muchas veces sin electricidad, sin agua caliente. Es una historia real que acaba de descubrirse en Nersac, un municipio de 2.400 habitantes en el centro oeste de Francia. La madre fue llevada ante la justicia y negó todo, dijo que vivía con su hijo, pero su teléfono (oh, el teléfono, nuestro Gran Hermano) desmintió lo que ella afirmaba. Resulta que la mujer estaba con una amiga en otra ciudad, había empezado otra vida y solo lo visitaba de vez en cuando. Cuando iba le llevaba algunas latas o pizza congelada o bizcochos secos. Durante todo ese tiempo los educadores y autoridades no vieron nada raro. Fue en el barrio que acabaron por sospechar y un vecino, después de ver que la madre no estaba y que el chico robaba comida para alimentarse, llamó a la policía para consultar si era posible dejarlo solo a esa edad. Las autoridades entraron a la casa a comprobar la situación, encontraron una heladera vacía y ningún indicio de que allí viviera un adulto, ropa ni efectos personales. La alcaldesa de Nersac, Barbara Couturier, hoy se cubre las espaldas y dice a los medios franceses: “Siempre sonreía, era muy buen alumno, estaba limpio y era muy educado”. Todos signos que, según la alcaldesa, hicieron que “no hubiera nada que demostrara que vivía solo”. Parece que sonreír y estar limpio bastan para alejar el fantasma de las sospechas en las autoridades.

    La situación me hizo acordar a una de las películas más tristes que vi en mi vida, Nadie sabe, del japonés Hirokazu Koreeda, basada en un hecho real conocido como “el suceso de los cuatro niños abandonados de Nishi-Sugamo”. Nunca habían ido a la escuela, no salían de la casa y ni siquiera existían legalmente porque la madre no había registrado el nacimiento de sus hijos. Después de que los abandonó vivieron solos seis meses, hasta que la muerte de la más chica puso un fin trágico a la aventura. Dicen las crónicas que lo más extraño fue que ninguno de los vecinos del inmueble sabía de la existencia de los niños: nadie los había visto, nadie los había oído. Nadie sabe, la película, toma esa terrible historia y lo hace difuminando las fronteras entre la ficción y el documental. Muestra a la madre despidiéndose como si fuera a volver, dejándoles algo de dinero e instrucciones, alejándose calle abajo con una valijita. Con ritmo pausado el film va construyendo un delicado rompecabezas emocional, piezas se unen para un final conmocionante y, contrariamente a lo que podríamos imaginar, la narración no se inclina por lo dramático, se limita a mostrar escenas de sus vidas, tristes pero también alegres, divertidas, y a exhibir casi con frialdad el lento y fatal descenso a la desesperación.

    Elche, España, enero de 2024. Dos hermanos, de seis y ocho años, aparecen deambulando solos de noche por una carretera de doble sentido mal iluminada, peligrosa. Los niños han sido abandonados por su madre al borde de la ruta “como castigo por haberse portado mal”. ¿Pensaba acaso volver a recogerlos, iba a dejarlos librados a su suerte? Las noticias no aclaran mucho, solo el hecho de que caminaron un kilómetro antes de que los detectara la policía y que, hechos los análisis, dieron positivo en cocaína. Seis y ocho años, dije.

    Estas historias suceden en el mundo rico, en Francia o Japón o España, en la vereda donde calienta el sol. Qué no pasará del otro lado.

    En las calles de Melilla (la España que es Europa pero no mucho, porque está en África), escondidos entre los pliegues y vericuetos de una inmigración que nadie quiere mirar de frente, malviven cientos de niños. Suelen ser marroquíes, fueron abandonados en su país y así, solitos, se colaron por la frontera de Beni Enzar. Sus madres los expulsaron de la casa, su país no los quiere de vuelta. La figura se llama “menores no acompañados” y en Madrid o Barcelona saltarían las alarmas, pero estamos en Melilla, un territorio de 12,3 kilómetros cuadrados y 83.000 habitantes, en el que la población lleva tres décadas conviviendo con esta realidad. Los menores viven en la indigencia, roban a vecinos y turistas, aspiran pegamento y disolvente. Veo documentales, como Los niños olvidados de Melilla, hablan de varones de 9 o 10 años que se prostituyen en la zona portuaria para comer o recargar el teléfono. El sueño es colarse en uno de los ferrys que zarpan hacia la Península, hacia la Europa de verdad.

    Se calcula que unos 1.000 millones de niños de entre 2 y 17 años en todo el mundo, o sea, la mitad de la población infantil, fueron víctimas de abandono (entre otras formas de abuso) en un año, según datos de la Organización Mundial de la Salud publicados en su web en noviembre de 2022.

    Adicciones, inmadurez de los padres, muchas veces la miseria como telón de fondo: las causas del abandono pueden ser muchas, tanto en el primero como en el tercer mundo. No tengo una reflexión para aportar sobre este tema tan doloroso, solo apuntes desordenados sobre situaciones de desamparo en la infancia, mi percepción de que será una herida perdurable. Y la pregunta de qué sucedió en estos casos, dónde estuvo el robusto Estado de bienestar francés, dónde la España de la que forma parte Melilla. Pero sobre todo dónde estamos nosotros cuando esto sucede, dónde la sociedad, la comunidad, vecinos y educadores, los compañeros de clase y sus padres. Algunos chicos de Narsac habían comentado que su compañero estaba siempre solo, que no salía de la casa, que no se comunicaba. ¿No se encendió ninguna luz de alarma?, ¿en dos años? ¿Nadie se enteró, nadie sospechó? ¿Nadie supo? No es casual, la cinta de Koreeda también se llama así: Nadie sabe.

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