Nº 2176 - 2 al 8 de Junio de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáFue Samuel Pufendorf el primero de los filósofos que postuló los principios de la naturaleza como base del orden social; consideró, al igual que más tarde Locke y que los redactores de la declaración de independencia de las colonias americanas, que hay derechos que nacen con las personas, que son parte sustantiva de su configuración ontológica. En su obra más influyente, Le droit de la Nature et des Gens (Hachette, 2014), este pensador alemán sentó las bases de lo que luego sería un sistema abierto de relaciones sociales. Algunos liberales se empeñan en colocar las ideas de Pufendorf entre los lejanos antecedentes del liberalismo; confieso que me cuesta llegar a ese extremo. De todas maneras, hay algunas observaciones suyas que encuadran en esa dirección, aunque también hay una forja que pone al ciudadano en demasiada dependencia de sus semejantes, y eso es nocivo a priori.
Pufendorf sostiene que los encuentros entre personas no son automáticamente pacíficos ni tampoco están respaldados por la voluntad de ayudar; lo que en Hobbes es una desalmada y lúcida constatación, en este autor el dato es casi un estigma. Hijo de los desencantos que engendraron las guerras religiosas, dice que el estilo de vida del hombre no está impulsado por el pleno instinto como es el caso de los animales, que en su mayoría entienden de la autoconservación y de la reproducción sin ninguna mediación, pero tampoco tiene muchos elementos para manejarse en el horizonte de su condición de arrojado al mundo. Afirma, siguiendo a los antiguos estoicos romanos —a Cicerón, a Séneca—, que el hombre para sobrevivir y disfrutar de esa oportunidad de estar aquí y ahora debe aprender a encontrar el equilibrio adecuado en todo lo que hace.
Considera que la condición humana es un aprieto que no tiene fácil resolución; observa que los humanos, como bien lo consagró Hobbes, son especialmente dados a la codicia, a la fama, a la envidia, a la competencia, a la lucha por el reconocimiento, a la violencia. Y muestra que además son físicamente débiles en comparación con otros animales, lo que no les impide alcanzar una gran superioridad en todos los órdenes: la mano diestra, explica, y la enorme agilidad mental le facilitan al hombre instrumentos más que eficaces para matar a otro, que en su opinión es “el mayor de todos los males naturales”; y al respecto concluye: “Es por eso que cada encuentro entre dos personas crea inicialmente una situación incierta y requiere mucha precaución para que no se desarrolle nada malo en lugar de bueno”. Por mucho que cada persona necesite a la otra, Pufendorf también ve que cada encuentro interpersonal es siempre una tarea que requiere atento cuidado. Y la solución que encuentra le parece la única garantista de un cierto orden: “La coordinación y el control son parte fundamental de la vida humana”, lo que significa que el hombre “debe unirse con sus semejantes y comportarse con ellos de tal manera que ellos, a su vez, no pretendan hacerle daño, sino que estén dispuestos a proteger y también promover su ventaja. Las reglas de esta vida comunitaria, o las doctrinas de cómo cada uno debe comportarse para ser un miembro útil de la sociedad humana, se llaman derecho natural. De aquí se sigue la siguiente regla básica de derecho natural: todos deben proteger y promover a la comunidad en la medida de sus posibilidades. De acuerdo con el principio “Quien quiere un fin, su voluntad incluye necesariamente también los medios sin los cuales nunca puede alcanzarse el fin”, se sigue: “El mandato de la ley natural es todo lo que es necesario y útil para la vida en comunidad; lo que perturba y daña está prohibido”.
Pufendorf vio que al principio de todos los derechos humanos está el “deber humano general”, fundado en la naturaleza social de los seres humanos, consistente en contribuir al florecimiento de la comunidad universal. Según Pufendorf, la base del derecho son las exigencias del deber inherentes a la naturaleza social: las denomina deberes naturales del hombre hacia sus semejantes. Es solo a través de ellos que la ley se vuelve posible; sin este reconocimiento, dice, la sociedad resulta inconcebible.
Recomiendo la lectura de este libro como serio antecedente de la modernidad política. Pero quiero dejar en claro que mil veces prefiero la tesis del lobo y la hipótesis del superhombre como fuentes de la libertad viril de los seres humanos antes que la posibilidad de ese inverosímil paraíso laico y azucarado.