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    Netaniahu y la difícil misión de gobernar Israel

    Nº 2117 - 8 al 14 de Abril de 2021

    La cuarta elección nacional en dos años, en la única nación democrática del Cercano Oriente, impuso a Israel la imperiosa necesidad de formar una coalición estable. El Parlamento unicameral de 120 miembros (Kneset), electo por todos los ciudadanos —judíos, cristianos, musulmanes y drusos—, se integra por representación proporcional, pero todo partido debe superar el 3,25% de los votos para ingresar. Formar gobierno implica pues lograr el respaldo de al menos 61 legisladores. El martes 6 el presidente Reuven Rivlin, con funciones protocolares, entregó el mandato al actual premier para intentarlo, aclarando que no ve nada probable que logre su objetivo. Tiene un plazo máximo de 42 días.

    Búsqueda (Nº 2.104) publicó una nota a fines de diciembre en la que se analizan las diversas ideologías de los partidos que componen el colorido mosaico político hebreo, donde conviven laicos y religiosos, pacifistas y halcones, así como partidos musulmanes. Vale recordar que el sionismo, es decir, la ideología que defiende la independencia israelí y el derecho de todo judío a ser ciudadano si se radica en el país, es el común denominador de prácticamente todo el espectro político.

    El partido Likud, del premier Biniamín Bibi Netaniahu, logró 30 escaños, cinco menos que la elección anterior. Shas y Iahadut HaTorá, ambos ultraortodoxos, llamados jaredim, nueve y siete respectivamente, y el Sionismo Nacional obtuvo seis. Estos partidos, aliados declarados del Likud para formar gobierno, sumaron pues 52 bancas.

    Los partidos opositores obtuvieron: Yesh Atid (centro, liderado por Yair Lapid), 17; Kajol Labán, ocho; Avodá (laborismo, con una candidata feminista, Merav Micaeli), siete; Israel Beiteinu, siete; Tikvá (conservador), seis, y Meretz (socialistas), seis; sumando así 51 diputados. La Lista Árabe Unida, también con seis bancas, no es considerada para integrar ninguna coalición por su posición extremista, lo cual condujo a su división.

    En concreto ninguna de las coaliciones obtuvo por sí misma los 61 votos necesarios para gobernar. Y así lograron un protagonismo decisivo dos partidos: Iemina (derecha), con siete bancas, y el partido musulmán Raam, con cuatro. Sin el apoyo de ambos nadie puede formar gobierno y se iría a quinta elección, algo que la ciudadanía rechaza totalmente.

    Si vemos el resultado desde un punto de vista ideológico, los partidos de centro y derecha —más allá del valor relativo de estos términos— sumaron 74 diputados. Los jaredim alcanzaron en total 16 y los árabes israelíes, 10 legisladores. La primera impresión sería pues que existe una mayoría suficiente para formar un gobierno estable. Nada más lejos de la realidad. ¿Por qué? Simplemente porque, más allá de afinidades ideológicas, los líderes opositores están enfrentados personalmente con Bibi por el incumplimiento permanente de sus compromisos y no quieren aliarse con él bajo ningún concepto. Lo culpan de priorizar sus intereses personales sobre los nacionales y del fracaso de la última coalición formada hace menos de un año. El factor clave en este laberinto político es la falta total de confianza en el premier. Demasiadas jugadas y promesas incumplidas han desgastado su imagen. Si bien se le reconocen logros importantes —vacunación récord, acuerdos de paz con cuatro estados árabes, avances tecnológicos— el ciclo ha sido demasiado largo y ha tomado decisiones peligrosas para la democracia. Enfrenta además varios juicios por acusaciones de soborno y abuso de poder.

    Netaniahu pidió públicamente a Gideon Saar (Tikvá) y Naftalí Bennet (Iemina) que se unan bajo su liderazgo. “Vuelvan a casa y formemos un gobierno estable, olvidemos los enojos del pasado”, les propuso en conferencia de prensa. Saar, quien para las recientes elecciones abandonó el Likud y fundó su propio partido, respondió con un rechazo tajante: “Cumpliré mi compromiso con el electorado, no me uniré ni apoyaré un gobierno dirigido por Netaniahu (…); debemos utilizar todos los medios para lograr un cambio. Hay que sacar los egos de la ecuación”. Con esto se refería a lograr un acuerdo que implique la rotación en el cargo de primer ministro entre Naftalí Benet y Yair Lapid.

    Raam, el partido musulmán con la llave maestra

    En la elección anterior la comunidad árabe se presentó con una lista unida, priorizando posiciones radicales enfocadas más en el diferendo con los palestinos que en las necesidades de su electorado. La mayoría del público musulmán está harto de estas posiciones que lo alejan del poder. Alrededor de la mitad votan partidos israelíes sionistas, principalmente Meretz y Avodá. Este hecho clave lo comprendió Mansur Abbas, líder de Raam, cuyo partido surgió al quebrarse la Lista Árabe Unida. Hablando en conferencia de prensa en hebreo, afirmó que los árabes del país son israelíes —no palestinos— y que ya es tiempo de ocuparse en mejorar su situación como tales, dejando de lado los temas de política exterior. Abbas, fundamental para formar gobierno, se reunió tanto con Netaniahu como con Lapid, el líder opositor más votado. Presentó sus demandas: libertad de voto sobre temas LGBT, regularización de las aldeas beduinas en el desierto del Neguev, modificación de la Ley del Estado-Nación y un plan para combatir los delitos violentos dentro de la comunidad árabe. Destacó que no integra ningún bloque y no descarta trabajar con nadie.

    En su mensaje a la nación, el legislador árabe pidió la “cooperación entre las comunidades árabe y judía de Israel” y se manifestó agradecido a sus electores. “Extiendo una mano en mi nombre y en el nombre de los miembros del público árabe, que nos eligieron para crear una oportunidad de vida compartida (…); digo que ha llegado el momento de escuchar al otro, de reconocer la narrativa y buscar el denominador común”, afirmó. “No tenemos que estar de acuerdo en todo, ciertamente tendremos desacuerdos, pero nos debemos a nosotros mismos el derecho y la oportunidad de llegar a reconocernos”.

    El pequeño partido islámico surgió como “creador de reyes” después de las elecciones, ya que ningún bloque tiene suficientes legisladores para armar una coalición; pero Abbas dijo que no estaba “cegado” por su nuevo status y se negó a decir a qué bloque parlamentario apoyará. “No me ciego ni busco la aprobación de nadie. No quiero ser parte de ningún bloque de derecha o izquierda. Estoy aquí en un bloque diferente, el bloque que me eligió para servir a mi pueblo y me dio el mandato de convertir las demandas del público árabe-israelí en un plan real y tangible”. Abbas describió los problemas candentes que aquejan al sector árabe, como la infraestructura y las altas tasas de delincuencia, y describió otros problemas compartidos por la comunidad judía, como la escasez de camas de hospital.

    Yoav Kish, del Likud, dijo que Abbas representa una parte del sector árabe de Israel que desea vivir en paz con la mayoría judía del país. “Me alegró escuchar a Abbas”, señaló, “la ‘Lista Conjunta’ no representa a los ciudadanos árabes que quieren progresar en paz y armonía. Hoy, vemos que esta voz tiene una nueva representación en la Kneset”.

    La vacunación masiva y veloz contra la pandemia, así como la igualdad absoluta en la aplicación de vacunas a todos los ciudadanos sin distinción, fue un factor valorado positivamente por la comunidad árabe. Es que en las crisis la gente se une y se acerca. Un comentario sobre la vacunación: se difundió en el semanario Brecha una nota llena de odio firmada con el seudónimo María Landi; no vale la pena desmentir las falsedades ridículas que sostiene, pero vale aclarar que la vacunación en los territorios de la Autonomía Palestina, según los acuerdos firmados con Israel, es responsabilidad del gobierno —autoritario— con sede en Ramallah, no del Estado hebreo, que a pesar de ello les donó decenas de miles.

    En definitiva, el hecho de la progresiva integración de los árabes israelíes al estado hebreo, hecho ya consolidado entre cristianos y drusos, es prometedor para el futuro de esta sociedad pluralista y democrática. Más allá de los desafíos políticos que enfrenta.

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