Nº 2096 - 5 al 11 de Noviembre de 2020
Nº 2096 - 5 al 11 de Noviembre de 2020
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTengo a la vista, reunidos en un solo tomo, los cursos y seminarios que dictó Heidegger acerca del pensamiento de Nietzsche entre 1936 y 1941 (Nietzsche, editorial Ariel, distribuye Gussi). Junto a ese considerable volumen alineo el tercero de los tomos de los Cuadernos negros (Editorial Trotta, que también distribuye Gussi) donde bajo la forma de apuntes misceláneos dedica intermitentemente algunas páginas por demás interesantes a la significación de Nietzsche en la historia de la cultura y en especial a la resonancia errática de su pensamiento en los años en que Alemania da inicio a la II Guerra Mundial.
Las reflexiones de los Cuadernos, ya lo dije en los últimos tres años cuando fue presentado en esta columna cada uno de los tomos, parecen soltadas al acaso. Heidegger escribe de manera privada para ordenar su pensamiento, para fijar ideas, para identificar las nociones principales que luego desarrollará en sus cursos y conferencias; sus palabras aquí tienen un carácter muy personal, pero no por ello menos sistemático en lo que se refiere a la unidad de preocupación sobre la que edificará sus indagaciones. El hecho de que Nietzsche aparezca y reaparezca en varias ocasiones en numerosos parágrafos de los Cuadernos, si lo relaciono con la base de lo que enseñó en los mencionados cursos específicos, me lleva a conjeturar que su diálogo con el autor del Zaratustra le resulta necesario para entender y explicar lo que observa como problema en la sociedad contemporánea, en el estado del mundo, en el estado del pensamiento de su época. Explícitamente, además, es un reconocimiento del acierto de las grandes intuiciones de Nietzsche sobre el desastre que ya avizoraba en los corroídos pasadizos sobre los que se iba perdiendo la civilización occidental.
Nietzsche había advertido, y Heidegger lo comprueba con estupor, que el advenimiento de la técnica “como técnica en sí misma” pudiendo resolverlo todo en sustitución del conocimiento y de la búsqueda del conocimiento, era el problema de base que nos empujaría por la pendiente. Heidegger cree comprobarlo; su reproche es que la técnica es un instrumento para llegar a algo, pero no se piensa en el algo, por eso caracteriza trágicamente a su tiempo y entorno como la época del olvido de ser. Este punto es importante para ubicarnos respecto de lo que a Heidegger le resulta digno de dramatización: el filósofo ve que hay un temblor profundo y generalizado, una suerte de acomodamiento de las placas tectónicas de la civilización occidental. Se puede entender su percepción: los años que van de la I a la II Guerra en varios aspectos son conmovedores; hoy lo podemos apreciar con un sentido de distancia, más paisajístico y no nos cuesta concluir que en efecto Heidegger tiene razón al reclamar una pausa de intimidad para pensar tantas transformaciones, tantos desvíos, tantas expectativas y temores muertos, tantos nuevos y ominosos horizontes.
Heidegger ve en el bolchevismo, en lo que llama el economicismo americano y en lo que sugiere (y no se atreve a nombrar por temor a que sus papeles caigan en manos peligrosas) como el nacionalsocialismo triunfante y pronto a marchar sobre Europa, formas de dominio que alejan la posibilidad del destino construido desde la raíz más originaria de la civilización, es decir, desde la pregunta que busca correr el velo y descubrir lo que insiste en fugarse, desde esa realidad esquiva siempre que es el ser o, para marcarlo con mayor claridad, desde la condición de posibilidad para la búsqueda del sentido. Dice que la técnica nos desplaza del sitio de la urgencia por la pregunta, nos distancia de la raíz, nos deja inermes frente al poder con el que nos domina. A ese proceso lo caracteriza como manipulación, derrota, pérdida o, dicho con palabras de Nietzsche que cita con frecuencia, “crecimiento del desierto”.
Cuando la sociedad es uniformizada y se la pone en fila para marchar al compás de frenéticos pasos que aturden y acaban por enervar el espíritu, cuando los gritos y las consignas ocupan el lugar de las palabras que crean puentes, Heidegger trata de entender y darle significación a ese proceso; quiere discernir filosóficamente qué está pasando, se pregunta qué es esto de la inminencia de la guerra, y la propaganda de la guerra, y si es cierto, como temía Nietzsche, que nada ingente derivará si nos construimos bajo los impulsos de la banalización, de la indiferencia, del colapso del pensamiento.