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    No da para ser muy optimista

    N° 2019 - 09 al 15 de Mayo de 2019

    Esta semana se conoció la encuesta de expectativas empresariales de la consultora Deloitte de abril, que mostró que se mantienen en general las tendencias de pesimismo de los empresarios respecto a la evolución de la economía en el próximo año. Al mismo tiempo, el 51% manifestó una pérdida de rentabilidad y la desaprobación de la gestión del gobierno alcanzó un nuevo máximo de 77%.

    En materia de empleo, solo el 8% de los empresarios prevé aumentar la contratación de personal en el correr del próximo año, mientras que 36% estima que va a reducir la cantidad de puestos de trabajo, lo que augura la continuación de una situación cada vez más difícil en el mercado laboral.

    Lamentablemente, sobran las razones para el generalizado pesimismo de los empresarios, tanto por motivos externos como locales.

    Comenzando por el exterior, es claro que la situación argentina es cada vez más caótica y sin perspectivas de mejoras sustanciales incluso para el 2020, independientemente del resultado de las próximas elecciones. Brasil no logra despegar en materia de crecimiento ante las dificultades políticas que está teniendo el presidente Jair Bolsonaro para impulsar su agenda de reformas. El precio del petróleo sube y el de la soja baja. El tema de la “guerra comercial” entre Estados Unidos y China genera un elevado nivel de incertidumbre. Y el dólar sigue relativamente fuerte, a pesar de la declarada “pausa” de la Reserva Federal estadounidense en el proceso de suba de las tasas de interés.

    En el frente doméstico, es claro que el gobierno se mantiene en “piloto automático” en este año electoral, sin tomar ninguna medida que vaya en el sentido de facilitar el ajuste del sector privado ante el deteriorado contexto externo. Al tolerar un aumento incesante del déficit fiscal financiado con mayor endeudamiento; al intervenir en el mercado cambiario para evitar mayores subas del dólar a pesar del fuerte deterioro que ha tenido la competitividad tanto frente a la región como frente al resto del mundo; y al mantener inalterado el esquema de relaciones laborales —a pesar del cada vez más evidente deterioro del mercado laboral y la necesidad de una mayor flexibilidad a todo nivel para minimizar la pérdida de puestos—, el gobierno no hace mucho para generar optimismo entre los empresarios, sino más bien todo lo contrario.

    Tampoco hay mucho optimismo entre los empresarios respecto a que esta situación pueda cambiar radicalmente luego de las elecciones, ya que casi que la única “certeza” que tienen (90% de los entrevistados por Deloitte) es que habrá un ajuste fiscal el año que viene. Y salvo que haya un recorte muy significativo del gasto del Estado, ello implicará mayores impuestos y el mantenimiento de elevados niveles de tarifas públicas.

    A esta altura ya debería ser muy claro, tanto para los empresarios como para la población en general, que estamos en una situación muy precaria e insostenible en el tiempo, salvo que tengamos una mejora sustancial de los precios de exportación y en general de los términos de intercambio que nos vuelva a dar como país el nivel de ingreso que ahora no tenemos y que estamos cubriendo con un creciente endeudamiento externo, básicamente del sector público. Como la vuelta al contexto que tuvimos entre 2004 y 2011-2013 es virtualmente imposible, la situación será crecientemente complicada, forzando al sector privado a un ajuste recesivo en los próximos trimestres, que a la larga forzará también a un ajuste del sector público ante la caída en la recaudación impositiva. Es una dinámica de la que no se podrá salir, salvo que vuelva a llover “maná del cielo” como en la época de los altos precios de las materias primas.

    Para salir de la actual dinámica perversa, lo lógico sería generar una baja sustancial del gasto público a todo nivel de manera permanente y destinar el ahorro en parte a bajar el déficit fiscal, pero sobre todo a ayudar a los sectores productivos con rebajas de impuestos y de tarifas públicas. Pero la probabilidad de que ello efectivamente vaya a ocurrir es muy baja, y eso seguramente es un motivo básico del pesimismo del empresariado respecto al futuro cercano.

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