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    No es malo conservar lo bueno

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2109 - 4 al 10 de Febrero de 2021

    La idea de que un conservador es alguien que complica la llegada del progreso está bastante extendida. Como también está bastante extendida la idea de que todo cambio es bueno per se. Y, en general, no son incorrectas: hay un montón de cosas del pasado que no conviene conservar y los cambios han sido el motor que nos ha permitido salir de la caverna y llegar hasta aquí. Sin embargo, que la mayoría de las veces algo sea de determinada manera, no debería hacernos caer en la trampa de pensar que siempre y de manera necesaria debe ser así.

    Supongamos que en determinado sitio existe una tradición cultural que obliga a las mujeres a hacer determinadas cosas. A la ablación de clítoris, por ejemplo. El conservador podría decir que, dado que es una tradición cultural y la cultura es algo a preservar, dicha práctica puede y debe ser mantenida en nombre de la diversidad de las culturas en un mundo cada vez más globalizado y uniforme. Supongamos que existe otro conservador que quiere que determinadas cosas de su presente sean conservadas. La separación de poderes en una democracia, por ejemplo. Ese conservador no quiere de ninguna manera vivir en una sociedad en donde la policía puede patearle la puerta de madrugada y sin la orden de un juez. Quiere conservar lo que ya tiene.

    Supongamos, una vez más, que unos intelectuales de otro sitio y otro tiempo, pongamos Europa en la década del treinta del siglo XX, creen que todo cambio es siempre bueno y aplauden los ataques que se le hacen al capitalismo desde trincheras que, si bien no son particularmente democráticas, implican un cambio. Uno bien radical y que todos sabemos cómo terminó. O que otros señores, del presente esta vez, creen que el Estado debería colocar un policía en la puerta de cada ciudadano para ver si este cumple o no con los protocolos sanitarios establecidos en una pandemia. Y que ese Estado debería estar dispuesto a detener y meter preso a quien incumpla esa norma. Otro cambio.

    Lo que trato de señalar con estos ejemplos más bien aleatorios es que las cosas no siempre son evidentes ni las categorías que usamos eternas y absolutas. No siempre es claro que el conservador deba ser una especie en extinción ni que quien está a favor del cambio siempre la clave al ángulo con su deseo. Dependerá de qué se quiera cambiar y qué se quiera conservar. En qué momento y en qué contexto. A quién beneficie y a quién perjudique dicho cambo o dicha permanencia. Todo esto viene al cuento porque hace un par de días me encontré en la red una entrevista al filosofo español Fernando Savater, alguien que para muchos (no para mí) es un conservador y que, sin embargo, destila sentido común cuando explica que es aquello que le parece importante conservar en este instante.

    En esa entrevista Savater abunda en algunas de las ideas que han regido su pensamiento en los últimos tiempos. Entre ellas, la de que no todo cambio es necesariamente progreso ni que todo conservadurismo es necesariamente negativo. “Cuando la gente se empeña en decir cómo será el nuevo mundo, yo quiero tener el mundo de antes. La epidemia no va a mejorarnos, no va a traernos la luz, no va a acabar con el capitalismo”, dice. Y continúa: “El capitalismo es como llaman a la sociedad los que no saben en qué consiste la sociedad. Para los ingenuos, el mundo cruel es el capitalismo”. Es decir, cuando alguien dice que X cosa horrible se debe al capitalismo, lo dice obviando cuál era el estado de esa horrible cosa X antes del capitalismo. La situación de la mujer en el feudalismo, por ejemplo. O en el esclavismo. O en el neolítico.

    El filósofo donostiarra recuerda que la idea de que se vive en el peor de los tiempos posibles no es nueva ni reciente: “Todos creemos que los demás han tenido más suerte y que en el pasado o en el futuro se vivía o se vivirá mejor, mientras que nosotros hemos tenido la mala suerte de nacer en un momento en el que hay violencia, avaricia, egoísmo, epidemias. Pero esa misma convicción la han tenido todos los seres humanos en todas las épocas”. Por eso su preocupación en esta pandemia tiene más que ver con cómo hacemos para volver al mundo previo, es decir, cómo hacemos para conservar ese mundo que teníamos, antes que con rezar por algún cambio más o menos mágico resultante de la misma.

    ¿Por qué le interesa a Savater conservar el mundo anterior a la pandemia? Obviamente no porque esté de acuerdo con todo lo que estaba y está mal de ese mundo y que convendría cambiar. A Savater lo que le preocupa es que con el agua sucia se vaya el niño. Esto es, que con la coartada de la pandemia se vayan algunas de las cosas buenas que teníamos antes. Cosas como la calidad de nuestras democracias. Y no parece andar tan errado cuando estos días se escuchan cada vez más voces que reclaman más presencia y control estatal, en vez de apostar por una ciudadanía informada (empoderada, dirán algunos), que sea capaz de hacerse cargo. Es verdad que a veces esas mismas voces son capaces de decir justo lo contrario a los dos minutos y quejarse del control que acaban de reclamar. Pero las voces están ahí y suenan no solo en Uruguay. China, una dictadura de partido único, empieza a ser señalada como el gran ejemplo de gestión de una pandemia que se extendió, en buena medida, gracias a su secretismo totalitario.

    ¿Por qué es importante que no empeore la calidad de nuestras democracias? Porque de su calidad depende la posibilidad misma de nuestra libertad. “En otras épocas la seguridad estaba garantizada por un poder omnímodo en las manos de un rey o de un dictador, que administraba la seguridad. En ese caso, el único libre era el que garantizaba la seguridad de los demás. En la democracia, nos arriesgamos a ser todos libres y a compartir la tarea de asegurarnos unos a otros. Por eso en la democracia, el guardián de la seguridad de los demás es cada uno de nosotros. No podemos ocuparnos de nuestra libertad desdeñando la de los otros. Ese es el juego democrático”, apunta el filósofo. Es decir, no somos realmente libres si no somos capaces de cuidar la libertad de todos. Especialmente en una pandemia, en donde esa responsabilidad con la comunidad adquiere una importancia crítica.

    Quizá lo que mejor resume el conservadurismo (yo le pondría unas comillas muy grandes) de Savater es esta idea sobre qué hacer en la pandemia: “El pesimismo inactivo y el optimismo que dice que ya se resolverán las cosas solas, son formas de pereza. Yo recomiendo, sea pesimismo u optimismo, que sea activo. No se pregunten qué va a pasar sino qué vamos a hacer”. Lo de Savater es una suerte de llamada a la acción o, al menos, a la atención ciudadana. Un llamado a la persistencia de la racionalidad democrática y de sus resultados más tangibles. En tiempos de incertidumbre y libertad frágil, no parece mala idea querer conservar la razón, aunque eso lo convierta a uno en un conservador.

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