• Cotizaciones
    miércoles 08 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Nobles fatalidades

    Columnista de Búsqueda

    N° 2055 - 16 al 22 de Enero de 2020

    Vista en perspectiva la desventura que relata con detalle Madame Du Deffand (Lettres: 1742-1780, Mercure de France, 2018) es trivial; solamente está aburrida. Varias son las cartas en las que postula como un artículo de fe la necesidad de ser comprendida y contemplada en su hastío; ruega al mundo una piedad y una atención que en general se reserva a los perros abandonados, a los menesterosos, a los parias, a los niños expósitos. En realidad ella es consciente: se trata simplemente de una profunda soledad, se siente mal; con lucidez diagnostica en frases a veces muy elegantes no exentas de ingeniosa y amarga ironía lo que está padeciendo; pero se agota, desfallece en el diagnóstico. Su tragedia consiste en que no sabe hallarle remedio a tanto infortunio; se da cuenta de la inanidad de todos los rasgos de su vida, es consciente de que todo cuanto la precede y que constituye el timbre de su gloria ha sido nada más que un fuego de artificio. Desespera porque por más que porfiadamente lo intenta no puede descubrir de dónde procede ese mal.

    La situación de esta mujer que entró a la historia por el interés que despiertan sus confesiones para el estudio de la mentalidad de su época se encuentra repartida en muchas personas de la época, que lo sufren, lo proclaman, lo analizan pero no le encuentran salida. Por eso se habló apropiadamente del mal del siglo, forma sencilla de no decir nada acerca de una cierta paralizante inclinación melancólica que cobró relieve porque las generaciones siguientes —el romanticismo, el decadentismo posterior— supieron hacer caudal de sus ventajas poéticas, como bien lo testimonian las suficiente páginas que al respecto consagró Edgar Allan Poe.

    Algunas figuras resolvieron satisfactoriamente la ecuación, esa tensión inexplicable entre una vida complaciente, el aburrimiento y el nonsense. Tal es el caso de la influyente mademoiselle de Lespinasse, sobrina de la marquesa Du Deffand y anfitriona de uno de los salones más destacados de París al momento de la asunción de Luis XVI. Esta mujer tuvo un exquisito arte para la observación de las conductas, fue muy cauta pero a la vez muy exacta en sus juicios hacia sus famosos contemporáneos y pudo demostrar el tacto preciso como para ser merecedora de confesiones e intimidades por parte de personajes que ante el mundo parecían muy seguros de sí mismos y arrebatados por grandes causas, pero en sus rincones privados revelaban debilidades o miedos o ambiciones que distaban mucho de la imagen con la que eran aplaudidos o temidos en sociedad.

    Un delicioso y antiguo libro de cartas (Choix de lettres du XVIIIe siècle, Gustave Lanson, Hacehhet, París, 1909) me permitió entrar en contacto con los tesoros testimoniales de la Francia galante y culta de las dos o tres décadas previas a la Revolución; la obra recoge, entre muchos autores, varias cartas de esta excepcional mujer. En una de ellas trata precisamente de la medicina al mal du siècle; dice que la única solución a esa languidez “que no se soporta” es la pasión; conviene anotar que quien escribe ya es una mujer mayor que levanta un balance de su agitada existencia, de sus muchos triunfos y de la lacerante herida de la soledad. Lo que dice estremece: “No hay más que una sola cosa que resiste a todo y es la pasión, ya manifestada bajo la forma del amor, como bajo la forma de la avaricia, la ambición, el amor a la gloria; el amor siempre. Nada tiene sentido, nada tiene valor sin pasión. Míreme, amigo; así como me ve, yo solo vivo para las dulzuras del amor”.

    Es muy distinta esta postura respetable y complaciente si se la compara con la de la heroica Madame Roland, mártir de los girondinos y mujer dada más a la lectura que al amor y más que todo a la causa pública. Ella también, en la carta del 9 de mayo de 1774, admite haber sentido la angustia del vacío, pero enseguida le encontró cura; considera que el amor no es meramente un goce, sino una entrega, no la aceptación pasiva de un sentimiento, sino la construcción de un destino: “Pese a la oscuridad de mi nombre, nacimiento y estado, me siento inclinada hacia el bien general, mi adhesión por la Patria forma un lazo sensible en mi corazón, ninguna otra cosa me es indiferente, un caribe me interesa, la suerte de un cafre me emociona. Alejandro el Grande descubría mundos para conquistar, yo quiero un mundo para amar”.

    // Leer el objeto desde localStorage