N° 2067 - 16 al 22 de Abril de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos uruguayos estamos padeciendo varias angustias: la pandemia del virus chino, el aislamiento social, la baja en los ingresos y la incertidumbre laboral. Ahora se agrega una desazón más: el darnos cuenta de que los exgobernantes nos han mentido descarada y continuamente.
Bastaron 15 días de inactividad para que el relato frenteamplista quedara al descubierto: 170.000 desocupados, 400.000 trabajadores informales, 200.000 niños que tienen que comer en la escuela, 220.000 personas viviendo en asentamientos, el Estado que no tiene un centavo ahorrado, sobran empleados públicos y estamos lejos de ser “un país de primera”.
El gobierno, que recién asume en medio del temporal, no quiere pasarle la factura a su antecesor, pero debe hacerlo. Y más aún cuando los exgobernantes —ahora en la oposición— no le han dado un solo día de tregua: caceroleos del PIT-CNT, insultos al presidente, propuestas de cuarentena obligatoria “para la tribuna”, propuestas de renta básica universal (sin decir cómo financiarla), reclamos de más impuestos “al gran capital” (cuando en tres gobiernos no lo tocaron) o las críticas por alojar indigentes en un hotel céntrico, pagando mucho menos de lo que solían pagar.
El relato incluyó la mentira de que Pluna nos daba “soberanía” y “conectividad”. Detrás de esa falsa idea se fueron 300 millones de dólares en pérdidas y el deshonor del falso remate adjudicado al “caballero de la derecha” y su “aval perfecto”.
Mintieron con Ancap y su famoso “plan estratégico”, que terminó con la empresa quebrada y deudas de unos 2.000 millones de dólares, que tan bien nos vendrían en estos momentos de zozobra.
Las velas que el Fondes le prendió al socialismo terminaron provocando un incendio. Envidrio, Alas-U, CTC (ex Metzen & Sena), la ex-Pressur y tantas otras dejaron en evidencia que la actividad empresarial es para empresarios, esa raza tan denostada y tan necesaria a la hora de crear empleos genuinos.
La pandemia dejó al descubierto que los izquierdistas suelen ser muy solidarios con dinero ajeno, pero poco con el propio. Pusieron el grito en el cielo cuando se les tocó el bolsillo a los empleados públicos privilegiados y no hubo una sola muestra de solidaridad por parte de los miembros de la “izquierda caviar”.
Ahora muchos se están dando cuenta de que las tan mentadas inversiones en empresas y obras públicas no fueron tales, sino unos gastos faraónicos para promover candidaturas, hacer clientelismo o favorecer a empresas compañeras.
A Wilson Netto, presidente de la Anep, lo designaron “el José Pedro Varela del siglo XXI”, pero ahora nos enteramos de que el 80% de los jóvenes de tercer año de liceo no son capaces de comprender un texto básico. Y que el “héroe de la salud” dejó apenas 100 kits para test de coronavirus, mientras su ministro del ramo (en febrero) nos decía que el dengue era más peligroso que el Covid-19. Tal vez por eso mandaron destruir elementos de protección donados por el Rotary de Canadá y regalaron equipamiento sanitario a China.
La crisis de Uruguay no tiene 20 días, sino décadas. Hace 20 años, en agosto del 2000, Jorge Batlle invitó a Uruguay a Ruth Richardson, exministro de finanzas de Nueva Zelanda, para que contara cómo habían realizado los cambios en aquel país, pasando de ser una economía estancada por el socialismo a una nación próspera abierta al libre mercado.
Durante su exposición, Richardson presentó dos slides: uno con un diagnóstico de la situación y el otro con sugerencias para cambiar. El primero decía:
Obstáculos de Uruguay
Monopolios, regulación y proteccionismo, hacen que los negocios (privados) no sean competitivos.
El Estado es muy grande, muy intervencionista y muy ineficiente.
—Peligrosos niveles de deuda y déficit públicos.
El sistema educativo y el mercado de trabajo no funcionan demasiado bien.
Pasaron 20 años y no dimos un solo paso en dirección a Nueva Zelanda, pero dimos muchos pasos en dirección a Argentina, Cuba o Venezuela. Nos mintieron. Ese no era el camino.
Ahora hay que cambiar el rumbo. Y debemos hacerlo con ese “sentido de urgencia”, donde “todos los actores acepten su responsabilidad” y “trasladen el discurso a la acción”, como nos recomendara Ruth Richardson en su segundo slide.
¡Es ahora! Y si no es ahora, ¿cuándo lo será?, ¿dentro de 20 años?