Sorprende leer la noticia de que el Museo Blanes (Intendencia de Montevideo) tiene 208 obras en préstamo ubicadas en despachos de directores municipales.
Sorprende leer la noticia de que el Museo Blanes (Intendencia de Montevideo) tiene 208 obras en préstamo ubicadas en despachos de directores municipales.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUn disparate, pues se encuentran sustraídas de la exhibición al público (al igual que la mayor parte del acervo del museo) y en varios despachos son fáciles de robar; basta un poco de ingenio, no mucho.
Pero esta tradición no es exclusiva del Museo Blanes, ni de la Intendencia de Montevideo, sino que es nacional. El Museo Nacional de Artes Visuales (el del Parque Rodó), tiene obras desperdigadas por dependencias públicas de igual modo.
Pero la situación es más compleja dentro del modelo que puede tipificarse de tradicional desorientación en el manejo de las obras de artes visuales dentro del acervo estatal. Bancos y empresas públicas tienen obras importantes conformando acervos propios. No es especificidad ni del Brou, BSE, ni Antel, entre otros, custodiar y administrar acervos. Tampoco entregar premios. Estos hechos son símbolo de prestigio y poder, que nutrieron tanto a quienes los iniciaron como a los que llegan contemporáneamente a los cargos de dirección y siguen reproduciendo esas prácticas.
El caso de la torre de Antel, promovida en la década del noventa por el entonces presidente de la República, Julio María Sanguinetti, es de los más patéticos por lo degradado de su manejo en relación al rendimiento cultural que puede llegar a alcanzar.
Los 28 murales del taller Torres García que fueron pintados en el edificio del pabellón Martiriné en el Hospital Saint Bois, en 1944, decoran —sí, decoran— la torre de Antel. No se puede decir que se encuentran en exhibición, pues el público los ve entre computadores, escritorios, además de tener que realizar “un recorrido que no existe para encontrarlos a todos”. Diferente sería el impacto si estuvieran todos juntos en una gran sala, con adecuada iluminación, con asientos, con una interpretación sobre su origen y contexto histórico y los perfiles de sus realizadores. De esta forma probablemente constituiría la exposición constructiva permanente más contundente del país (y atención: hay formas de evocar, no replicando, los murales de Joaquín Torres García que pertenecían al mismo colectivo y se fueron para siempre en el incendio de Río de Janeiro en la década de los 70).
Aprovechemos el lamentable hecho del robo de “Las lavanderas” del despacho del intendente/a de Montevideo, integrémoslo a una anomalía más general y salgamos a la búsqueda de un nuevo orden para los acervos de artes visuales de propiedad pública: municipal, nacional de empresas y demás.
Todo ello sin dejar de lado la ubicación del cuadro de Figari robado, así como sus responsables.
Una lavandera