N° 1753 - 20 al 26 de Febrero de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Los ignorantes estudiantes de hoy serán los inútiles obreros del mañana”. Si esta frase la hubiera escrito hace diez años, el tiempo me hubiera dado la razón. Un reciente estudio realizó un seguimiento de los alumnos que participaron por primera vez de las pruebas PISA en 2003 y demostró que los que obtuvieron los peores resultados académicos cuando tenían 15 años, hoy tienen trabajos menos calificados y peores ingresos.
En nuestras antípodas, los alumnos de Shanghai (China) obtienen los mejores resultados en matemáticas y comprensión lectora, dos herramientas fundamentales para construir un futuro sólido. “No hay duda que las escuelas de China son mejores que cualquiera en el mundo”, sostiene Andreas Schleicher, director de PISA, resaltando que el éxito de los estudiantes chinos se obtuvo aun entre los sectores socioeconómicos con dificultades.
La mala calidad de los alumnos predice la mala calidad de los obreros. Es una lógica e inevitable relación causa-efecto. Un mal alumno no lo es solamente por no adquirir los conocimientos que le imparten en el aula, sino por no incorporar los hábitos necesarios para tener un desempeño aceptable en la vida: disciplina, respeto, deseo de superación, higiene personal, tolerancia, autoestima.
Un informe del BID del año 2012 resalta que el bajo rendimiento laboral por hábitos personales inadecuados y falta de contracción al trabajo han emergido como un serio problema adicional en la actividad económica del Uruguay, a lo que se agrega una mayor escasez de mano de obra calificada y baja productividad, según recogió “El Observador” del 15 de noviembre de 2012.
Es el propio sistema educativo construido sobre principios filosóficos “de izquierda” el principal responsable de amputarles a los jóvenes tales facultades. El “pase social” les enseña que ser vago, paga. La prolijidad y el aseo personal, un factor “burgués” a no tener en cuenta. Y la falta de respeto a la autoridad, un ejercicio de joven y sana rebeldía.
Si bien Uruguay está disfrutando de bajos niveles de desocupación, no hay quien no perciba el deterioro de la mano de obra y, sobre todo, la pésima actitud hacia el trabajo. Tan grotesca es esta situación que el propio Richard Reed lo hizo notar en su discurso del pasado 1º de Mayo: “No quiero al atorrante, al vago, al lumpen. No quiero eso en mi sindicato; quiero laburantes”.
¿Qué significa hoy la vieja consigna de “obreros y estudiantes, unidos y adelante”? Sería bueno pensar que un obrero se una a un estudiante para transmitirle al joven las experiencias de vida que no encontrará en los libros y, a su vez, que el estudiante anime al obrero a fortalecer sus neuronas, además de sus músculos.
Pero mientras se siga fomentando la cultura del mínimo esfuerzo, el rechazo a la competitividad, el querer “vivir de arriba”, el echarles la culpa a los demás o creerse un genio por hacer poco y nada, cada estudiante mal formado y cada obrero poco preparado se irán sintiendo pequeños, perderán el valor de sí mismos y terminarán abandonando el ideal de superación, que solo se consigue a través del estudio y del trabajo individual.
Podrán estar unidos, pero si siguen así, ¿qué esperan encontrar más “adelante”?