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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Pertenezco al club de los ‘optimistas’ porque ‘no se gana nada no siéndolo’”.
No debe ser mala opción cuando la NASA, que selecciona a sus candidatos a astronautas con exquisita delicadeza, incluye entre las cinco habilidades más apreciadas el talante optimista del aspirante. Los beneficios del optimismo se producen en todos los ámbitos: en la salud, en las relaciones personales, en el trabajo, en el deporte y en la política, donde diversos estudios empíricos han contrastado la relación entre la disposición optimista o pesimista de los candidatos a presidente de Estados Unidos entre 1900 y 1984. El resultado de las elecciones concluye que el electorado prefirió en el 82% de los comicios al aspirante más optimista en sus discursos.
Más allá de las diferencias que pueden existir entre el electorado nacional y de EE.UU., este es un buen dato que deben recoger los aspirantes a la primera magistratura para las próximas elecciones: “Crear un relato optimista para ganar”.
El optimismo es rentable. El optimista es perseverante, lo intenta más veces y eso hace que llegue más lejos. El pesimista, ante las dificultades, abandona pronto, cumpliéndose sus pronósticos más derrotistas; o dicho con palabras de Isaac Singer: “Si continúas diciendo que las cosas van a ir mal, tienes buenas probabilidades de convertirte en un profeta”.
El optimismo incide en la enfermedad y el dolor; el inmenso poder reparador del pensamiento positivo; el afán de esperanza que abunda entre las personas; hipótesis refrendadas por la ciencia y avaladas con mayor precisión tras los atentados terroristas contra las torres gemelas del World Trade Center el 11 de setiembre de 2001.
El mayor enemigo del hombre es la depresión, que anula toda posibilidad de esperanza, y una vida sin esperanza carece de sentido y está amortizada anticipadamente.
El nivel de satisfacción con la vida en general, del uno al 10, debe rondar el ocho, ya que “está demostrado que la mayoría de las personas asegura sentirse satisfecha. No puede ser de otra forma, sino la humanidad no habría podido sobrevivir”. Caso contrario es Uruguay, donde “la tasa de suicidio duplica el promedio mundial y es la más alta de las Américas”.
“Es un problema social que Uruguay arrastra desde tiempos históricos”. Afecta a todas las clases sociales y profesiones; en el año 2019 se ubicó en 20,55 casos cada 100.000 habitantes, prácticamente el doble del promedio mundial, que se ubica en 10,5.
Mantener el optimismo requiere diversificar las fuentes de bienestar entre diversos ámbitos y diferentes personas. Se recomienda “hablar mucho” debido a su alto poder terapéutico, ya que disminuye la presión arterial y fortalece el sistema inmunológico: “La confesión existía mucho antes de que la Iglesia católica usara ese rito tan saludable del desahogo para trasladar los problemas a otros. Tiene un gran componente saludable”.
Se asume la falta de empatía para hablarnos y mitigar la tasa de suicidios.
1. ¿Qué entendemos por optimismo y pesimismo? Es una forma de percibir y ver la vida, una actitud hacia las cosas. El optimista, ante una situación, evalúa tanto lo positivo como lo negativo, pero dándole más importancia a lo primero. No es que sea incapaz de percibir lo negativo, sino que se detiene más en lo bueno que en lo malo. Tiene su mirada educada para descubrir lo mejor de cada alternativa. El pesimista, en cambio, evalúa solo lo negativo y deja de lado lo positivo. Ve solo las amenazas y no las oportunidades.
El optimismo se refleja en cómo vemos el futuro, el pasado y el presente. En cuanto al futuro, que es lo que llamamos esperanza, es la sensación que experimentamos de alcanzar algo, y está muy relacionada con la confianza que tenemos en nosotros mismos, en nuestra fuerza de voluntad.
El optimismo también se refleja en cómo vemos el pasado, nuestra autobiografía. Hay gente que mira hacia atrás y no se perdona, no es condescendiente con el error y tampoco se da segundas oportunidades.
El optimismo se refleja en cómo vemos el presente. La persona optimista ante una situación de crisis o adversidad tiende a pensar que no va a durar eternamente y que él no es el responsable exclusivo de esa situación.
La genética explica el optimismo. Esto se observa nítidamente en los mellizos. Hay tres estudios científicos que así lo corroboran. El primero, llevado a cabo por el profesor de Psicología de la Universidad de Minnesota, David Lykken, utilizó 4.000 parejas de mellizos para estudiar la propensión de las personas a gozar de las cosas buenas de la vida o descorazonarse ante las adversidades. El segundo, realizado por el psicólogo experimental del King’s College de Londres, Robert Plomin, analiza la perspectiva optimista y pesimista de casi 300 parejas de gemelos. Y el tercero, dirigido por Peter Schulman, psicólogo de la Universidad de Pensilvania, comparó en parejas de mellizos el estilo optimista o pesimista de explicar las adversidades de la vida.
Los resultados conjuntos de estas investigaciones concluyen que los gemelos monocigóticos se parecen estadísticamente en su disposición optimista o pesimista, de tal modo que incluso entre gemelos que son adoptados por familias diferentes y que crecen y viven separados desde su nacimiento y no tienen contacto entre sí se parecen más entre ellos en la forma de ver la vida que a la de sus hermanos adoptivos. Las investigaciones señalan que aproximadamente un tercio de nuestra actitud ante la vida tiene su explicación en la herencia genética.
Existe un segundo aspecto relevante, que es la personalidad, nuestra forma de ser, que depende de nuestra educación, vivencias y experiencias.
El profesor de Dinámica de las Organizaciones de la Universidad de Michigan, Karl Weick, cuenta relatos verídicos y muestra con ellos la importancia del entusiasmo y la confianza a la hora de hacer frente a la adversidad. Los ejemplos confirman que, para mejorar la calidad de vida, la clave está en fomentar el optimismo que reducir el pesimismo. Se ha demostrado que en lugar de pretender desprendernos de nuestros pensamientos pesimistas la fórmula reside en potenciar aquellos aspectos optimistas con los que todos contamos.
La metodología consiste, primero, en hablar de lo que a uno le gusta. Sabemos que la forma de pensar y de sentir van de la mano: según como siento, pienso. Si lo estás pasando bien y te pregunto qué piensas no me vas a decir cosas negativas. Cuando nos sentimos bien, los pensamientos son siempre positivos. La parte del cerebro que regula las emociones influye en los pensamientos, de forma que si potenciamos las situaciones de nuestra vida que nos resultan agradables tendremos más pensamientos positivos.
Segundo, hay que revisar y eliminar ese conjunto de pensamientos negativos automáticos que nos invaden a menudo y que no están fundamentados, como, por ejemplo, “la felicidad no existe”; “esta vida no merece la pena”; o “solo hay malas personas”. Viniendo a Uruguay, una señora en el avión me dice: “Uruguay está fatal”. Y yo le pregunto: “Pero por qué está fatal”. Y ella me contesta: “Estamos rodeados de corruptos y maltratadores”. Entonces le vuelvo a preguntar: “¿Cuántos hay en su familia o entorno cercano?”. Me reconoció que ninguno. Cada vez que salta un pensamiento automático negativo, hay que cuestionarlo, parar a la otra persona y decirle: “Espera, apunta lo que estás diciendo y dime si tiene lógica”. En la mayor parte de las ocasiones ellos mismos son los que reconocen su error.
Hay culturas donde se le da más importancia al optimismo. En Uruguay, decir que eres optimista está mal visto, mientras que en Estados Unidos es todo lo contrario, si no dices que eres optimista, no consigues ningún trabajo.
La “empresa optimista” es aquella en la que el empleado cree que su aportación es determinante al resultado. Son organizaciones en las que las personas sienten que lo que hacen sirven para algo. La “empresa optimista” fomenta también la comunicación entre sus empleados, incluso en momentos de crisis.
Para contar con una “empresa optimista” es muy importante la selección de personal, aunque también se puede fomentar el optimismo posteriormente. El entusiasmo que transmiten los líderes es determinante y cuanto más comunique y menos espacio deje a los rumores y chismes mejor. Los rumores son síntoma de falta de liderazgo y de seguridad. En una empresa en la que hay buen nivel de comunicación hay pocos chismes.
En un proyecto a finales de la década de los ochenta, Martín E.P. Selingman, profesor de la Universidad de Pensilvania, realizó dos pruebas a 15.000 aspirantes a vendedores de pólizas de seguros de la empresa Metropolitan Life: la de aptitud para vendedores y otra de personalidad que medía el grado de optimismo y pesimismo de los candidatos.
Dos años después, los directivos de Metropolitan Life comprobaron la productividad de los grupos. Los resultados revelaron que los más productivos habían sido los “comandos especiales”. Estos “superoptimistas” aventajaron en venta de pólizas al grupo de los pesimistas en un 27%. Al parecer, el éxito de los vendedores de talante optimista obedecía principalmente a su más alta persistencia en la labor y a su mayor resistencia a rendirse ante los rechazos de los posibles compradores. El optimista lo intenta más veces. Mientras un vendedor normal realiza 12 llamadas de teléfono el optimista insiste el doble de veces.
Hay muchos estudios que muestran las ventajas del optimismo sobre la salud, las relaciones sociales, la longevidad, el trabajo, el deporte o la política.
Existe una correlación destacable entre optimismo y salud. En un estudio dirigido por Lon Schneider, de la Universidad de Carolina del Sur, entre 728 pacientes mayores de 60 años y con cuadros depresivos, a la mitad de ellos se les dio un tratamiento con pastillas de un antidepresivo probado; a la otra mitad se les suministró un placebo de aspecto similar. A las ocho semanas habían mejorado el 45% de los enfermos en el grupo de tratamiento activo y el 35% de los pacientes que ingirieron placebo.
También el optimismo influye en nuestra longevidad. El psicólogo Christopher Peterson realizó un estudio entre más de 1.000 hombres y mujeres durante un período de casi 50 años. Los resultados, publicados en 1998, revelaron que los pesimistas morían prematuramente con más frecuencia que los optimistas, incluyendo accidentes y muertes violentas.
El deportista que cree que no va a ganar no se esfuerza. Y ante las adversidades, los optimistas lo intentan más veces que los pesimistas lo que al final se traduce en mejores resultados. En un experimento llevado a cabo en la Universidad de Berkeley, un grupo de nadadores fue informado por sus entrenadores después de una competición de que sus marcas habían sido peores de lo que realmente fueron. Ante este revés, los nadadores optimistas mejoraron su tiempo en la siguiente carrera, mientras que los pesimistas los empeoraron.
A la hora de comunicarnos con otra persona tendemos a hablar más de lo negativo que de lo positivo porque es una forma de desahogarnos. Si la pregunta es: “¿Cuál cree Ud. que es el nivel de satisfacción del mundo en general?”, todos damos menos nota a los demás que a nosotros mismos. Esto es universal, en cualquier parte del planeta. Pensamos que el resto está mal, pero cuando nos acercamos y les preguntamos sobre su nivel de satisfacción, ellos se valoran con una nota alta. Incluso en países pobres se dan notas altas, porque es una forma de sobrevivir. Tendemos a eliminar la disonancia. Si pensamos que la vida no merece la pena, ¿qué hago vivo?
El optimismo como sensación de control de la situación, que está en nuestras manos salir adelante, va en aumento porque forma parte de lo que los genes consideran útil a la hora de sobrevivir y prodigar nuestra especie. Según la fuerza de selección natural, que está probada en los humanos y en los animales, los genes van incorporando aquellas facetas que nos ayudan a sobrevivir. ? Si miramos hacia atrás y vemos lo que hemos avanzado, cualquier persona puede darse cuenta de los frutos del optimismo. Además, si hay un indicador de calidad de vida, es la esperanza de vida, porque si estamos muertos no hay forma de buscar la felicidad. Para empezar, hay que estar vivo. El vivir más es un dato de calidad de vida.
En tiempos de transformación educativa, ¿qué les parece aprender a cultivar el optimismo?
Formar líderes políticos que entusiasmen con propuestas de un país mejor, empresarios que demuestren que vale la pena colaborar con ellos para lograr mejores niveles de vida y trabajadores que amen sus tareas, pues además de ser su medio de ganarse la vida se harán felices desarrollándose profesionalmente.
A todos los jóvenes les aguarda el fantástico país que van a construir.
Rafael Rubio
CI 1.267.677-8