N° 2057 - 30 de Enero al 05 de Febrero de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSi políticos y sindicalistas están preocupados por la calidad de vida de los trabajadores, antes de andar proponiendo rebajar la jornada laboral a seis horas (que solo encarecerá el costo de vida y complicará a miles de emprendedores pyme), mejor empiecen por reducir la pesada carga tributaria y burocrática que el Estado ejerce sobre dichos trabajadores.
La propuesta de reducir la jornada laboral carga los costos solamente en el sector privado, en especial en los comerciantes pyme (que brindan más del 50% de los empleos) y no propone ningún esfuerzo del Estado. Por ejemplo: que a la empresa que baje la carga horaria pague menos impuesto a la renta, le cobren una menor contribución inmobiliaria o le reduzcan la tasa de interés del BROU.
Si el Estado fuera más eficiente; si cada litro de combustible no cargase con las deudas e ineficiencias de Ancap y cerca de un 50% de impuestos; si los vehículos no costasen el doble de su valor en origen; si la patente de rodados no fuera un abusivo impuesto al patrimonio; si no tuviéramos un 5% de déficit fiscal y una deuda pública creciente; si no hubiera exceso de empleados en los municipios y el IRPF no castigara a los que trabajan más; seguramente tendríamos una mejor calidad de vida, trabajando ocho o seis horas.
Sindicalistas y políticos populistas no entienden las tendencias que se están dando en el mundo laboral moderno, donde el viejo esquema de la fábrica con cientos de empleados agremiados luchando por “salario y puestos de trabajo” está despareciendo. Según datos de la oficina de empleo del gobierno de Estados Unidos (Bureau of Labour Statistics), más de la tercera parte de los trabajadores lo hacen como freelancers (en forma part o full time) y fuera del clásico horario de 9 a 17.
La flexibilidad con los horarios laborales es una tendencia cada vez mayor y no por una exigencia de los “empresarios explotadores”, sino de los propios empleados. ¿Para qué ir todos los días a la oficina a conectarme a una computadora y a un teléfono, cuando puedo hacer las mismas tareas desde mi casa?, se pregunta cualquier millennial. Así ahorrarían dos horas de viaje, boleto, comidas fuera del hogar, desgaste de ropa y cansancio extra. ¿No habría que empezar por aquí?
Además de la flexibilidad de horarios, habrá que pensar en flexibilizar las leyes de “orden público” (que no admiten negociación) y muchos de los llamados “derechos adquiridos”. No puede ser que —por ejemplo—, si una empresa paga un bonus extra durante tres años, eso quede incorporado al salario de por vida. Lo mismo si brindan otros beneficios no monetarios. Un enorme desestímulo a la generosidad.
Reducir la jornada laboral a seis horas (manteniendo el mismo nivel salarial no acompañado de productividad) implica un aumento del 33% en el costo de la mano de obra. Ese costo o bien lo trasladan a precios (y lo pagamos los consumidores) o lo pasan a pérdidas (y se funde la empresa), sumando más desocupados a los actuales 160.000.
Esta mala iniciativa tendría, además, un impacto serio en las futuras jubilaciones. Hoy se está pensando en extender la edad jubilatoria de 60 a 65 años, en aumentar de 30 a 35 los años de aportes, pero si se reducen las horas trabajadas (y sus respectivos aportes) tendremos que trabajar hasta la tumba.
Para poder trabajar menos horas debemos pensar en gestionar mejor nuestro tiempo, aprender a focalizarnos y eliminar distracciones, tener una actitud más proactiva, agregar valor en cada tarea y aprender a gestionar nuestras finanzas e inversiones. No son tareas sencillas como para andar proponiendo estas iniciativas a la ligera.