N° 1851 - 21 al 27 de Enero de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa vida no da tregua a los que se atreven. El alto precio que se paga por no condescender y encima buscar fama entre los pares y molestia entre los enemigos crea una suerte de sociedad secreta de la inteligencia y del fracaso. La melodía de las propias palabras a veces embelesa más de lo que convence y termina por condenar a lo externo realidades que podrían haber brillado en la noche oscura del alma, si el alma hubiera sido de la partida en torneos de esgrima verbal a los que se dio esa rubicunda generación que a la sombra de la enciclopedia que estaba del otro lado del Canal de la Mancha intentaba mostrar que se podía pensar sin perder la compostura y los arrebatos que permitían el triunfo en los salones. Voltaire, que vivió años felices en Inglaterra, tenía algo de esto.
Se buscó merecidamente su lugar entre los húmedos muros de la cárcel y de la mente de sus contemporáneos James Henry Leigh Hunt. Tal vez pensaba que sus dichos tenían el volumen de respaldo de los poderes suficiente como para que no se ahorrara ninguna dispensa, ninguna hospitalidad a su insolencia. Su amor a la libertad era sincero, pero no le alcanzaba; además tenía que amar la belleza, y en la belleza amar los gestos que la identifican. Jeremy Bentham, atrapado en las insustanciales rutinas del Bádminton, no es la única asociación inesperada que encontramos entre estas personas que hicieron la grandeza de Inglaterra contestando muchas de sus declinaciones. Hunt fue, sépase, un muy talentoso decorador de interiores. Gracias al testimonio de Charles Lamb, otro frecuente visitante de su celda, sabemos que disimulaba los barrotes de las ventanas con persianas, que empapeló las paredes con imágenes de rosas e hizo que el cielorraso exhibiera improbables nubes y estrellas que contemplaban Homero y John Milton desde retratos y estatuillas.
Y aunque dentro y fuera de la cárcel escribió importantes trabajos críticos y antológicos, la más importante obra que este buen hombre emprendería fue el descubrimiento y patrocinio de Keats, Tennyson y Shelley. De la misma manera que no podríamos hablar de modernismo en Inglaterra sin Ezra Pound, no es posible hablar de romanticismo en ese país sin considerar la entrega y convicción de Leigh Hunt, que siguió a Shelley y Byron, sus mecenas y los poetas en cuyo sentido estético confiaba, en su búsqueda de climas más cálidos. Para alcanzarlos hubo de tomarse un barco que transportaba azúcar y contrabandeaba pólvora, en que los objetos volaban por los aires sin mucha aprehensión (el mal clima que los atormentó fue, según parece, excepcionalmente malo), y que tomó la friolera de siete meses en llegar a Italia desde Inglaterra, cuando en la misma época el viaje hasta Bombay vía Cabo de Buena Esperanza llevaba seis meses. En su Autobiografía, el propio Leigh Hunt apunta algunas precisiones: “La continuidad y vehemencia del mal clima convirtió al invierno de 1821 en uno memorable para los anales de la navegación porque regó toda la costa noroeste de Europa con pedazos de naufragios. Fue el invierno en que estalló en llamas el monte Hekla, y que al Faro Dungeness lo partió un rayo. Al año siguiente hubo entre mil cuatrocientas y mil quinientas velas menos en los libros de Lloyd (lo que) sumó un total de dos millones en pérdidas monetarias. Estábamos destinados a tener un íntimo contacto con toda esta agitación”.
Es interesante lo que apunta, pero no deja de resultar un tanto consabido. Uno siente que el autor se esfuerza por parecer ingenioso, se obstina con determinados giros que lo comprometen en exceso y que para salir de sus nudos, descuelga algunas frases con cierto brío. Pero muy de tanto en tanto. La pasión por el dandismo y la inutilidad puede mucho más. Dicho con claridad: Leigh Hunt fue un escritor verdaderamente mediocre, y se sospecha que la traducción no es en lo absoluto halagüeña; los que justamente peregrinen hacia su importantísimo recuerdo, su importantísima huella, podrán encontrar algunos pasajes inspirados en su Autobiografía (muy admirada por Carlyle, y otros de su generación) y en los artículos recogidos en Ensayistas ingleses (Océano).