N° 1873 - 30 de Junio al 06 de Julio de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa misma índole de personajes, el mismo ambiente y una angustia podría decirse análoga vinculan el cuento La escritura de Dios, de Jorge Luis Borges, con el cuento La noche boca arriba, de Julio Cortázar. Ambas piezas están escenificadas en el universo precolombino y como envueltas en la brutalidad de sus misterios. El texto de Cortázar es casi un homenaje y positivamente una paráfrasis de El Sur, de Borges, donde un hombre, en su agonía, sueña su propia muerte; La escritura de Dios, en cambio, es un juego sobre la cifra que define al universo y que su Creador acaso ha dejado entrever en los muchos escondites en los que reparte su existencia.
El vínculo entre esos dos cuentos, por fuera del mal disimulado tributo a El Sur, está en el espacio cultural elegido para desarrollarse. Borges nos habla de un antiguo sacerdote apresado y golpeado hasta lo indecible por los primeros españoles que vinieron en busca del oro, mientras que Cortázar nos refiere la parcial suerte de uno de esos brutales sacrificios que daban cuenta del corazón de las víctimas propiciatorias, que eran seres humanos. En los dos casos tenemos la violencia extrema, tenemos también una suerte de épica de la fatalidad y, como dominándolo todo, está la pirámide, el ara ritual, los astros, el jaguar mítico y las voces secretas que unen al cielo con la tierra.
Me interesa destacar la particular elección de Borges. Cualquier lector devoto hubiera pensado —es mi caso— que si buscaba presumir la escritura de Dios en el lomo de un tigre, el buen y honrado lector de Kipling habría elegido con alegría y legítimo orgullo un espléndido tigre de Bengala; ello hubiera determinado que el cuento se trasladara a los confines del océano Índico y que los héroes y villanos que se cruzarían en la historia serían indistintamente ingleses, hindúes y tal vez algunos perversos cazadores holandeses. Sin embargo, el listado sinuoso del magnífico ejemplar de Bengala cedió en favor de los puntos y requiebros aparentemente irregulares del temible jaguar americano. El temor y el temblor de las selvas y el curso furioso de algunos ríos no sería muy diferente en las respectivas orillas de uno y otro océano; como así tampoco, presumo, las crueldades celebradas: las torturas aplicadas por los civilizados soldados ingleses a los nativos rebeldes o simplemente raros y los sangrientos interrogatorios de los súbditos de Carlos V en busca de tesoros y glorias, eran muy parecidos en estilo, aunque quizá no tanto en método: la proverbial pasión española contrastaba en horror con la paciencia bien ordenada y la voluntad irreductible de los despiadados hijos de Inglaterra. ¿Por qué, entonces, la elección? ¿Por qué Borges, tan aficionado a la perfecta cultura del Imperio Inglés, toma el desvío centroamericano y hace hablar a un oscuro oficiante desde el pozo de un calabozo miserable, lóbrego y polvoriento? ¿Qué tiene el jaguar americano que le falta al tigre de la India? ¿Qué hay en los hombres de cobre y de maíz de la joven América que se echa de menos en el cielo regido por Visnú, en las noches que preside Shiva con sus dos pares de brazos? ¿Por qué una América tan distante de Buenos Aires y sus librerías y de Londres, y no la India que cantó para siempre Kipling, que resulta inseparable de los huérfanos Kim y Mowgli?
Tengo para mí que el sesgo de Borges hacia el oeste no depende de ninguno de estos factores; no son los mejores atormentadores, ni el mayor sufrimiento, ni los paisajes ni los dioses, ni la geografía; ni siquiera la suerte similar de esas civilizaciones que entraron en colisión con el Occidente abrupto de los conquistadores. Las pirámides truncas o los templos perfumados de sándalo no son mejores ni peores, ni más convenientes para acompañar la tesis del cuento. Creo que la opción de Borges está en el misterio: mientras que en la India la pregunta por la palabra de Dios hubiera sido perturbada por la vasta y honda literatura que felizmente ha conseguido salvarse —los Vedas menores y mayores, el Bhaghavd Ghita, los discursos atribuidos al Budha, las muchas leyendas que posteriormente se tejieron con dioses y semidioses—, en la América que se presenta ante la curiosidad y la codicia del español hay varios silencios, hay palabras que faltan, signos que no fueron totalmente desvelados, piedras que hablan de unas cosas solo para ocultar otras que distamos mucho de conocer. El misterio sigue siendo el reino de lo posible; y con eso juega, sueña, la literatura.