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    Paisaje de época

    Nº 2158 - 20 al 26 de Enero de 2022

    En la historia del tango suelen aparecer, entre los letristas menos considerados por historiadores y críticos, alguno que logra ciertos versos sencillos y emotivos, al borde de la perfección descriptiva, con una sola obra que, además, carga su propia peripecia llena de curiosidades.

    Es, por ejemplo, el caso de Julio Navarrine –nacido en Buenos Aires en 1889 y fallecido en la misma ciudad en 1966–, cantor, músico y poeta, y su obra Oro muerto, compuesta en colaboración con el cantor Juan Raggi y que muy poca gente recuerda. Corrían inicios de 1926 cuando este tema ganó el concurso de tangos y shimmys organizado por la Compañía Rioplatense de Revistas en el teatro 18 de Julio de Montevideo.

    Tal fue su éxito que, meses después, en uno de los últimos registros acústicos del sello Odeón, lo grabó Gardel con las guitarras de José Ricardo y Guillermo Barbieri. Suena raro, pero debieron pasar veinte años para que apareciera la segunda grabación de gran repercusión: en 1946 la hizo la orquesta de Alfredo De Angelis, con la voz de Julio Martel, y con el título de Jirón porteño; es que desde 1943 regía la censura de la dictadura argentina, levantada por Perón años más tarde, la que consideró que Oro negro era un lunfardismo innecesario y ofensivo. Hay que recordar que si algo pintó con fidelidad a esa censura fue la ignorancia.

    Tanto el sustantivo como el adjetivo que complementa el título original figuran en el diccionario oficial de nuestro idioma. Sin embargo, los letristas de tango entendían que la expresión completa –opinión muy subjetiva, sin mayor sustento– no era lunfardo pero sí un argentinismo ideado por los poetas populares con una acepción “descalificadora”: oro de color pálido.

    Con un indiscutible aire a Carriego y su poema El casamiento, Navarrine describió el paisaje de los conventillos cuando se engalanaban los jóvenes, en el patio lleno de guirnaldas y luces de colores, para formar un racimo de bailes y alegría en una velada donde se preparaban ollas con clericó con hielo, pucheros y ensaladas, y todo el barrio se transformaba en una fiesta:

    El conventillo luce su traje de etiqueta. / Las paicas van llegando, dispuestas a mostrar / que hay pilchas domingueras, que hay porte y hay silueta, / a los garabos reos deseosos de tanguear. / La orquesta mistonga musita un tango fulo, / los reos se desangran buscando en el montón, / la princesita rubia de ensortijado rulo / que espera a su Romeo como una bendición…

    Julio Navarrine, menos notorio que su hermano Alfredo, con quien formó un trío integrando a Raggi como vocalista, es autor de otros tangos que despertaron menor interés o su presentación en discos o escenarios se apagó pronto: Lechuza (con Alfredo), La piba de los jazmines (con Malerba y Smurra), ¿Por qué no has venido? (con Maffia), Trago amargo (con Iriarte), Desagradecida (con Dizeo), Qué quieren si soy así (con Rufino), A la luz del candil (con Geroni Flores) y Sos de Chiclana y Oiga amigo (otra vez con su hermano y Rafael Rossi): en todos bulle el común denominador de la viñeta arrabalera, el recuerdo, el destello de lo que se va yendo, las casas humildes, canciones colándose entre ladrillos detrás de las veredas de calles oscuras y –al decir de un conocido historiador– “una noche de conventillo que es como una fábula rosada despertando la melancolía de tantos inmigrantes que lo habitaron y, en la vejez, la ven reflejada en sus descendientes”.

    Y si de curiosidades sobre Oro muerto hablamos, queda una, relevante: en el final de la penúltima estrofa Navarrine había escrito: …mientras un gringo curda / maldice al Redentor. Una grosería absolutamente gratuita. Carlos Gardel, intuyendo que podría molestar a muchos creyentes, lo cambió para siempre por “…mientras un gringo alegre / las va de payador”.

    Y al cerrar, una referencia que, como tantas otras cosas escritas, es debatible. Hay consenso entre muchos investigadores del tango, que Oro muerto halla una suerte de reivindicación que debería justificar su relevancia, de todos modos diluida por el paso de los años, en su estrofa final:

    Una pebeta hermosa saca del corazón / un ramo de violetas, que pone en la solapa / del garabito guapo, dueño de su ilusión. / Termina la milonga, las minas retrecheras / salen con sus bacanes, henchidas de emoción, / llevando de esperanzas un cielo en sus ojeras / y un mundo de cariño dentro del corazón.

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