N° 1658 - 19 al 25 de Abril de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn cierta no muy lejana provincia de nuestro pasado debemos haber sido simples, homogéneos, armónicos; de otra manera no se explica por qué toda vez que nos encontramos con la sencillez, con enunciados directos y transparentes, sentimos una suerte de reparador alivio. Alguna atávica nostalgia de instancias más puras, menos tortuosas, nos llama toda vez que nos enfrentamos a un discurso que reduce la caótica agregación de los hechos del mundo
La Grammaire Générale et Raisonnée (Broché, Allia, París, 2010, 160 páginas), de Claude Lancelot y Antoine Arnauld, maestros excelentes e inspiradores de las escuelas de Port-Royal, constituye un ejemplo de este solaz. El trabajo es un manual que explica las bases y los usos del lenguaje y de la escritura. Pero además es una reflexión acerca de la naturaleza del hombre, de ese animal simbólico del que más tarde hablará Cassirer recogiendo en parte el eco de este texto central para la buena historia de la educación. Lo interesante es justamente la aristotélica precisión con se atrapa la complejidad arbitraria del lenguaje, que como toda actividad vital no siempre es dueña de sí misma sino que es fatalmente empujada por la necesidad o también, lo que no es raro, manejada indecorosamente por los poderes.
Lancelot y Arnauld dividen su trabajo en dos grandes partes. La primera, notoriamente sugerida por los métodos de las escuelas de la antigua Grecia, se ocupa de identificar las unidades en su evolución, a saber: el sonido de las vocales y de las consonantes, la formación de sílabas, de palabras y, he aquí un detalle ya muy diferencial, la relación que existe entre los sonidos simples y asociados y los caracteres que los representan. Para los maestros de Port-Royal el lenguaje es, en su zona más inmediata, sonido; una vez que lo fijan y lo hacen comprensible en su singularidad, dejan entrar los caracteres escritos que los expresan de un modo universal. Pretenden estos autores que asumir de esta manera el lenguaje permitiría a cualquier estudiante aprender sin esfuerzo cualquier lengua extraña, pues, bajo la influencia de Descartes, consideran que tan determinados principios del lenguaje son universales como los axiomas y postulados de la geometría.
La segunda parte es, con todo, mucho más interesante, habida cuenta de que trata de las operaciones intelectuales que son inherentes al lenguaje. Es aquí donde rinde el saber filosófico de los pensadores y lo que, en rigor, constituye la franja más duradera de esta pequeña obra maestra del racionalismo. Aquí, en efecto, se habla de “los principios generales sobre los que se apoyan las diversas formas de la significación de las palabras”, motivo por el que se sostiene, ya con fuerte autoridad, que “el conocimiento de aquello que ocurre en nuestro espíritu es necesario para comprender los fundamentos de la gramática”. Se trata, entonces, de un salto cualitativo: vamos de la morfología pura a la teoría del conocimiento, casi al borde de la epistemología.
Los autores se explican al respecto con matinal luminosidad: “Hasta aquí hemos considerado en la palabra lo que tiene de material, algo que es común, al menos por el sonido, a los hombres y a los loros. Nos queda por examinar lo que hay de espiritual en ese proceso, aquello que constituye una de las más grandes ventajas del hombre frente a los animales, y que es también una de las más grandes pruebas de la razón: es el uso que hacemos para significar nuestros pensamientos, y esta invención maravillosa de componer a partir de veinticinco o treinta sonidos la variedad infinita de las palabras que, no teniendo nada parecido a lo que realmente ocurre en nuestro espíritu, no dejan a los demás descubrir el secreto en su totalidad, pero sí los hacen oír aquello que no pueden penetrar, esto es, todo lo que concebimos y todos los diversos movimientos de nuestra alma”.
La verbalización es un acto del espíritu. Palabra y pensamiento son, así, las bases que para los llamados “Messieurs de Port-Royal” van a terminar explicando el saber gramatical; que es, en verdad, uno de los caminos excelentes de apropiación del mundo. Se sabe lo que se ha pensado, se ha pensado aquello que puede construirse en una relación lógica de substancia y accidentes, de sujetos y predicados, de oraciones, de preposiciones.
Antes que Heidegger, Port-Royal nos dice que la palabra, pálido reflejo de nuestro espíritu, hace posible el mundo para nuestra conciencia.