N° 1708 - 11 al 17 de Abril de 2013
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay libros que sin ser exactamente clásicos de tanto en tanto se vuelven actuales en determinadas épocas. Ello informa que sus autores son visionarios o que la realidad a veces es visitada por el olvido o por la ignorancia y verdades que parecían aceptadas y debidamente contrastadas con los hechos, en un determinado momento se vuelven hipótesis bajo sospecha o aun diatribas que mejor conviene censurar que tolerar. Una de estas verdades es la que establece que las revoluciones políticas, lejos de ser causa o razón de una mayor libertad, fueron invariablemente motivos de opresión e instrumentos de horripilante tiranía. Lo dice Bertrand de Jouvenel en el capítulo XII de su nunca más leído libro Du Pouvoir. Histoire naturelle de sa croisssaance (Paris, Hachette, 1972).
Para De Jouvenel hay todavía un rizo más perverso, pues no solamente observa que las revoluciones entronizan tiranías, sino que además constata que los fines del régimen derrocado a veces se cumplen más enteramente con la irrupción revolucionaria. Dice que las revoluciones son decididamente reaccionarias, que terminan realizando propósitos largamente buscados por los odiados sistemas anteriores, pero que por debilidad o incapacidad no fueron alcanzados; los nuevos amos, en cambio, con un poder sin límites, producto de la entusiasta excepcionalidad de la que gozan, manejan la agenda con envidiada discrecionalidad y son capaces de hacer todo cuanto antes era tentativa o deseo o meras buenas intenciones.
No hay más que ver el caso de la tiranía parlamentaria que dio cuenta de las libertades inglesas; pocas dictaduras fueron tan tenebrosas, tan arbitrarias, tan abiertamente crueles como esta que en nombre de la representación popular impuso un orden fundando en la intolerancia, en la persecución y en el desprecio. Y lo más interesante: salvo la revolución Rusa, que consagró y fijó para siempre una casta inconmovible de amos del pueblo como mal lo habían hecho los zares, ninguna otra revolución política de entidad, ni siquiera la violentísima revolución de Francia, consiguió ratificar las estructuras y titularidades del poder, como la facinerosa intentona de Cromwell. Lo explica con claridad el autor: “La Revolución inglesa comenzó, en nombre del derecho de propiedad ultrajado, con la resistencia a un ligero impuesto territorial, el shipmoney. No tardó en gravar las tierras con un impuesto diez veces más pesado. Reprochaba a los Estuardos ciertas confiscaciones; pero los revolucionarios no sólo despojaron sistemáticamente a la Iglesia, sino que también se apoderaron, con todo tipo de pretextos políticos, de gran parte de las propiedades privadas. En Irlanda es todo un pueblo el que es desposeído. Escocia, que había tomado las armas para defender su propio estatuto y sus costumbres particulares, ve cómo se le arrebata todo lo que le era más querido. Así pertrechado, Cromwell pudo crearse un ejército, que fue lo que le faltó a Carlos y posibilitó su caída, y pudo también expulsar a los parlamentarios que el soberano había tenido que soportar. El dictador pudo crear la potencia naval que el desgraciado monarca había soñado para su país, y mantuvo en Europa unas guerras que Carlos no habría podido financiar”.
Lo que más destaca de Jouvenel es precisamente esa libertad de acción y esa destreza que define a las facciones revolucionarias, algo que generalmente los gobiernos constituidos, por más torcidos o torpes u obstinados que sean, nunca disponen con tanta frescura y, lo que es más grave, con tanta rozagante legitimidad. En Inglaterra tenemos que el Parlamento, en función del dictador bendecido por la esperanza de los incautos, instaló un poder infame que no hizo sino operar para el lobby que lo sostenía y del que era, eso sí, legítima expresión. “La revolución —dice nuestro autor— establece una tiranía tanto más completa cuanto mayor ha sido la liquidación de la aristocracia. Las confiscaciones de Cromwell fueron sin duda inmensas; pero la tierra no quedó reducida a polvo, sino que fue transferida en grandes lotes a otros propietarios, muchos de ellos enriquecidos ya en la Compañía de Indias. De este modo mantienen su poder los intereses sociales conservadores. Hacen fracasar a los ‘niveladores’, inspiran a Monk y, una vez liquidada la Commonwealth, se ponen a trabajar para limitar el Poder estatal; se necesitaron treinta años y un cambio de dinastía, pero su obra durará siglo y medio”.
Recomiendo la lectura de este casi inexistente libro.