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    Paradojas de los estoicos

    Columnista de Búsqueda

    N° 1668 - 28 de Junio al 04 de Julio de 2012

    Un par de años antes de los cuchillos que terminaron con la formidable máquina que se llamó César, a Marco Tulio Cicerón, que era su enemigo, se le ocurrió meditar acerca de la naturaleza del bien y de las vanidades de la fortuna. Para ello se valió de seis tesis que en su momento desesperaron a los filósofos del Pórtico.

    El trabajo, que en el prólogo admite no tener el carácter sistemático y sostenido que les asignó a otras obras, pretende ser una diversión intelectual y apenas un ejercicio de razón.

    No ha de demorar mucho el lector en comprender que esa voluntad en parte se cumple y en parte se defrauda, pues si bien hay una suerte de abusada delectación en el estilo y cierto sentido lúdico al hilar los razonamientos, también luce la profundidad de evidencias a la que llega merced al manejo diestro de los lo argumentos, de los ejemplos y de los acertados recursos de la expresión.

    La primera de las tesis de los estoicos dice que “solo es bueno lo que es honesto”. Para Cicerón se encierra aquí una verdad más importante de la que se ve. Observa, como Schopenhauer, que la sed de deseo en los hombres “nunca se harta ni se satisface”, y que por ello viven atormentados no solamente por la “codicia de aumentar aquellas cosas que tienen, sino también por el miedo a perderlas” .

    Considera también que el lenguaje produce trampas que inducen históricamente a error, denominando con una palabra de connotaciones casi sagradas realidades banales: “Nuestros antepasados, aquellos hombres de tanta moderación, pensaron que se debían llamar con el nombre de bienes estas partes del dinero flacas y variables, habiendo juzgado en la realidad y en sus hechos muy de otra manera. ¿Puede acaso el bien ser el mal de alguno? ¿O puede alguno no ser bueno en medio de la abundancia de bienes?”

    El centro de su argumento descansa en el juego de esta ambigüedad semántica; el que una palabra sirva para significar la decencia, la sinceridad, la búsqueda honesta de la verdad, el carácter rector de la piedad en la conducta, la entrega honorable a las causas superiores y a la vez se la use para designar lo que a menudo es causa de mortificaciones, de ansiedades lícitas y de las otras, de vanidades sin frontera, de transgresiones indecibles, de alegrías superficiales y dolores injustificados, le parece un tropiezo que todo varón recto bien debería evitar. Le indigna que el lenguaje equipare realidades que, además de ser de muy diferente índole, por lo común se enfrentan en un contencioso que tiene como campo de batalla y a la vez como trofeo nada menos que al alma y a la tranquila conciencia de los hombres.

    En este desierto de inopia, de sonriente corrupción oficial y privada y de glorificada indigencia moral en el que penamos, resulta más que estimulante el vehemente reclamo de Cicerón: pide que se hable con claridad, distinguiendo adecuadamente las palabras, toda vez que se quiera hablar de los bienes de una persona. La frase con la que cifra el llamado es, en muchos aspectos, antológica: “Aunque se burle el que quiera, con todo eso valdrá más para conmigo la recta razón que la opinión del vulgo: y no diré yo jamás que ha perdido sus bienes el que haya perdido su ganado o sus alhajas; ni dejaré de alabar a aquel sabio (Bías a lo que entiendo, que se cuenta entre los siete) que habiéndose apoderado el enemigo de su patria, Priene, y huyendo los otros ciudadanos cada uno con los más de sus bienes que podía, aconsejado por otro que hiciese él también lo mismo, le respondió: ‘Ya lo hago, porque todos mi bienes me llevo conmigo’. De modo que aun no tuvo por suyos estos juguetes de la fortuna que nosotros llamamos bienes”.

    El análisis de la tesis llega al final asistido por una interrogación retórica que resume el punto de vista del autor: “¿Hay alguna cosa buena que no haga mejor al que la posee?”

    Y se cierra con un eminente juicio que remite al punto de partida y que aun cuando no tiene por abierto propósito ofender a ciertos infames y no muy lejanos gobernantes actuales, decididamente, por contraste, los ataca y, con buenos fundamentos, los humilla: “No es otra cosa vivir una buena vida y feliz, que vivir recta y honestamente”. En la próxima semana seguiremos analizando este texto.

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