Nº 2193 - 29 de Setiembre al 5 de Octubre de 2022
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUruguay no deja de perder trenes que pasan por nuestra puerta con oportunidades. Así, dejamos pasar un tratado de libre comercio con Estados Unidos, no aprovechamos la crisis del 2002 para achicar el Estado ni la bonanza de los gobiernos frenteamplistas para hacer reformas estructurales bien financiadas. Por eso hoy nos vemos nuevamente rascando el fondo de la olla para superar la crisis de la pandemia o ver cómo financiar la quebrada seguridad social.
Con la gigantesca industria del cannabis estamos perdiendo nuevas oportunidades. Fuimos el primer país del mundo en regular el consumo del cannabis psicoactivo, una muy buena iniciativa del gobierno de José Mujica, aunque bastante mal implementada por el exceso de burocracia que creó y por la falta de experiencia.
Pero hoy, a casi 10 años de tal suceso, Uruguay sigue estancado en la reglamentación del uso de cientos de productos a base de cannabis que generan ingresos millonarios para los países y las arcas de sus Estados, ya sea en el uso de aceites paliativos del dolor (fibromialgias, epilepsia, cáncer, Parkinson, etc.), complementos alimenticios (proteína y semillas de cáñamo) o en bebidas y alimentos (barras nutricionales, caramelos, galletas, etc.).
Mientras tanto, Paraguay, con una legislación aprobada hace menos de cinco años, está avanzando a pasos agigantados. Publica Info Negocios: “Abre Life Green en Ciudad del Este, el primer dispensario de cannabis no psicoactivo de Paraguay y Sudamérica. El rubro del cannabis no psicoactivo se expande en el país, es así que ya abrieron la primera tienda con productos a base de este componente. Al mismo tiempo, el rubro creció 500% en la elaboración de artículos terminados”.
Marcelo Demp, presidente de la Cámara del Cáñamo Industrial del Paraguay (CCIP), indicó que durante la presentación estuvieron presentes empresarios brasileños interesados en potenciar este espacio como un hub turístico en la región, donde uno podrá encontrar todo lo relacionado al cannabis no psicoactivo. “El dispensario básicamente es una casa cannábica donde se vende exclusivamente productos terminados con alguna materia prima derivada del cannabis para diferentes sectores o categorías de productos para uso medicinal, suplementación, alimentos saludables”.
Tuve la oportunidad de reunirme con Marcelo Demp en sus oficinas, un empresario del rubro alimenticio que cuenta con siete plantas de procesamiento en Paraguay (el fuerte de ellos es la semilla de chía) y lograron que nada menos que la Food & Drug Administration (FDA) de Estados Unidos (EE.UU.) les habilitara una planta para el procesamiento de productos que usen cannabis y puedan exportarse a EE.UU.
Además, están reconvirtiendo a pequeños productores de la zona de Pedro Juan Caballero (en trabajo conjunto con el gobierno) para que dejen de plantar cannabis para los grupos narcos y lo hagan en forma legal. Este es el camino.
Mientras tanto en Uruguay casi todo sigue trancado, salvo para algunos grandes inversores. Aquí todavía no están decretados los procesos para hacer extracciones y poder fabricar aceites de buena calidad y a bajo costo, en especial para las asociaciones de pacientes que sufren de diferentes enfermedades y no pueden costear los dos productos importados que se venden en farmacias, cuyo costo es altísimo.
Además, los proyectos de reglamentación van por el lado de habilitar recetas magistrales en farmacias de las mutualistas o, tal vez también, en farmacias comunes, pero esto no logrará abaratar los costos de los productos finales ni desarrollar una industria de pequeños productores, que es el espíritu de la Ley 19.847, cuyo artículo primero reza: “Declárase de interés público las acciones tendientes a proteger, promover y mejorar la salud pública mediante productos de calidad controlada y accesibles, en base a cannabis o cannabinoides, así como el asesoramiento médico e información sobre beneficios y riesgos de su uso”. Esto es letra muerta.
Tampoco han hecho casi nada para desarrollar productos destinados a mascotas a base de cannabis, con los que se obtienen resultados excepcionales en perros con cáncer, problemas óseos y otras enfermedades varias, según estudios realizados a escala mundial y también por nuestra Facultad de Veterinaria.
Y ni hablemos de la parte de complementos alimentarios, donde tampoco hay nada claro sobre cómo las empresas alimenticias uruguayas podrían fabricar —al igual que lo está haciendo Paraguay— productos con semillas o proteína de cáñamo, e incluso que incluya THC con menos del 1%, que es lo que marca nuestra legislación para no considerar el producto como una droga, cremas relajantes, cosmética, etc.
En un momento donde el país necesita inversiones, mano de obra y cobrar impuestos, que perfectamente podrían ir a cofinanciar el sistema de seguridad social o la educación como sucede en el estado de Colorado de EE.UU., seguimos perdiendo el tiempo y viendo cómo pasan los trenes sin subirnos a ninguno.
Es hora de dejar de ver el cannabis como un enemigo maligno y verlo como lo que es: un paliativo y complemento terapéutico, un complemento nutricional y un consumo responsable recreativo bastante menos dañino o adictivo como lo son el tabaco y el alcohol y ni hablar de la pasta basa u otras drogas.
Los trenes pasan, pero las estaciones viejas y vetustas quedan. Y con ellas nos quedaremos una vez más.