N° 1914 - 20 al 26 de Abril de 2017
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl lector que imaginó Pascal para su escrito más famoso, que de haberlo terminado se hubiera llamado Apología de la religión cristiana, era el libertino a la moda, un personaje tomado por el humanismo pluralista y laxo de Montaigne en su acepción más risueña, o atrapado sin remedio en las redes de un sombrío escepticismo que nada quería saber con la redención o la esperanza de un trasmundo donde los méritos de la vida serían recompensados. Frente a ambas hipótesis Pascal, hombre de fe pero también de ciencia, propone la razón como recurso excelente para desmontar recelos o escepticismos, y desde las evidencias que aporta la originalidad argumental hacerle espacio en la conciencia; dicho con las palabras del autor: “Los hombres desprecian la religión; tienen odio y miedo de que sea verdad. Para curar esto es preciso comenzar por probar que la religión no es nada contraria a la razón; venerable, hacerla respetar; volverla enseguida amable, hacer desear a los buenos que fuese verdadera, y después demostrar que es verdadera”.
De no mediar la certeza de que Port-Royal, abadía con la que se identificó fuertemente Pascal, entre las varias cosas que resultó ser también fue una transversal plataforma cartesiana, podría llamar la atención que el contenido y la forma de este enunciado sea decididamente un calco exacto de la exposición que realiza Descartes ante los decanos y doctores de la facultad de teología de París para defender el proyecto de sus Meditaciones metafísicas precedidas de algunas aprensiones: “Siempre he creído que las cuestiones relativas a Dios y al alma son las que exigen una demostración más bien filosófica que teológica. A nosotros, los fieles a la Iglesia, nos basta creer por la fe que existe un Dios y que el alma no muere con el cuerpo, porque es inmortal; pero es imposible que los infieles lleguen a persuadirse de la verdad de una religión y de las virtudes que contiene si por la razón natural no se les convence”.
En consonancia con la declaración de este propósito, Pascal va a plantear guarecerse del exceso de considerar solamente a la razón y también del exceso de excluir temerariamente a la razón. Dice: “Si se somete todo a la razón, nuestra religión no tendrá nada de sobrenatural. Si se choca contra los principios de la razón, nuestra religión será absurda y ridícula”. Por ello ordenaba, o intentaba ordenar su discurso cuando la muerte lo reclamó, de acuerdo a un criterio de progresión de la conciencia, que es análogo al despliegue de la identidad y de la libertad. Al principio tratará “la miseria del hombre”, que es la situación del hombre sin Dios o distraído de Dios, o sin diálogo con Dios; luego se propone analizar la felicidad del hombre con Dios, en el habla con Dios. En el primer caso es el hombre lidiando y cediendo ante las fuerzas de la naturaleza; en el segundo es el hombre salvado por las Escrituras. En ambos la apelación racional que incluye la dimensión emotiva, la luz interior, la franja de realidad que conocemos genéricamente con la expresión “las cosas del querer”, el centro de la voluntad, de la afectividad, del llamado.
La fuente de miseria en el hombre, al igual que para Descartes, tiene su patria en los sentidos; timadores por definición. Por eso su salvación, en la acepción secamente agustiniana, no depende de él: “El hombre no es más que un sujeto lleno de error natural e indeleble, sin la Gracia. Nada le muestra la verdad. Todo lo engaña. Estos dos principios de verdades, la razón y los sentidos, además de que carece cada uno de ellos de sinceridad, se engañan a sí mismos”. Y siguiendo la teoría del conocimiento de Aristóteles, que depositaba en los sentidos la tarea necesaria de la elaboración de imágenes, Pascal va a explicar que el hombre está tan atado a su dimensión corporal y a los falsos datos que recibe de la inmediatez de su ilusoria experiencia, que su vida se convierte en una prisión de errores y acaba por despreciar la auténtica oportunidad de salida hacia la preciosa realidad que le fue deparada: “Nuestra imaginación nos agranda tanto el tiempo presente a fuerza de hacer sobre él reflexiones continuas, y aminora de tal modo la eternidad, a falta de reflexionar sobre ella, que hacemos de la eternidad una nada, y de la nada una eternidad; y todo esto tiene sus raíces tan vivas en nosotros, que nuestra razón no puede defendernos de ellas”.
Recomiendo, encarezco este libro, que es como un monumento de la razón y la fe del Gran Siglo de Francia.