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    Pascal en Port-Royal

    Columnista de Búsqueda

    N° 1664 - 31 de Mayo al 06 de Junio de 2012

    Al principio del sexto capítulo del libro segundo de la tercera parte de “El Genio del Cristianismo”, René de Chateaubriand ostenta la perfección de su escritura con la siguiente semblanza: “Hubo un hombre que a los 12 años creó las matemáticas con barras y esferas; que a los 16 años compuso el más profundo tratado acerca de los cuerpos cónicos que se había visto desde la antigüedad; que a los 19 redujo a una máquina una ciencia que reside por entero en el entendimiento; que a los 23 demostró los fenómenos de la pesantez del aire, y destruyó uno de los grandes errores de la antigua física ; que en una edad en que los demás hombres apenas empiezan a nacer, habiendo acabado de recorrer el círculo de las ciencias humanas, echó de ver su nada y dirigió sus pensamientos a la Religión; que desde aquel momento hasta el de su muerte, acaecida a sus 39 años, siempre débil y valetudinario, fijó la lengua que hablaron Bossuet y Racine, ofreció el modelo, así, de la más perfecta jovialidad como del más severo raciocinio; y por último, que en sus breves intervalos de salud resolvió por abstracción uno de los más intrincados problemas de geometría: este portentoso talento se llamaba Blaise Pascal” (“El Genio del Cristianismo”, Imprenta Gaspar y Roig, Madrid, 1871, página 117).

    Quiero destacar un aspecto, sólo uno, de los muchos que menciona el escritor romántico. Tiene que ver con ese dirigirse a la religión tras advertir la poquedad de sí, que fue decisivo para ambas partes: a Pascal le dio luz, esperanza y consuelo en sus días; a la religión le confirió un remozamiento del discurso filosófico que por entonces quería desprenderse de ciertos extremos de la escolástica y buscaba por todos los medios (la obra la comenzó Descartes) favorecer su causa en conformidad al encuadre racionalista, que era en ese siglo XVII el marco teórico absorbente desde el que se debían tratar todos los asuntos, fueran tangibles y físicos, o divinos y metafísicos.

    Pero la casualidad, o como gustaban decir los jansenistas a ultranza de aquellos tiempos, la Gracia, quiso que el llamado a Pascal fuera precisamente para darse a los brazos de esa congregación, la que desde entonces quedó firmemente ligada a la gloria de su nombre. El vínculo perenne del alma de Pascal con el alma de Port-Royal hay que buscarlo en las servidumbres del cuerpo de su padre, que cierto día tuvo un accidente doméstico pero grave y que fue atendido por dos médicos que ejercían la cirugía como parte de su profesión de fe cristiana. Estos especialistas habían sucumbido a los persuasivos sermones de de San Cyran, pilar del jansenismo en Francia, y nunca dejaban de proclamar su adhesión; como forma de gratitud a los píos cirujanos, toda la familia Pascal –el padre, la hermana del filósofo y él mismo—comparecieron en sus aulas y sus templos poniendo a disposición de la institución partes considerables de su fortuna.

    Cuando tiene lugar el enojoso incidente que dejó fuera de la Sorbona a Antoine Arnauld, es Pascal y no otro quien asume su defensa en contestación a las acusaciones de la Compañía de Jesús, por entonces trabada en fuerte pleito con los fatalistas de Port-Royal por el problema de la libertad. La crítica que se le formulaba al jansenismo era, precisamente, que abolía la libertad humana depositando en la Gracia la fijación absoluta del destino personal, sofocando así cualquier posibilidad de redención por medio de las obras. De hecho, era cierto: el jansenismo, que insistía en su lealtad a la autoridad de Roma, se había deslizado hacia ciertas tesis del protestantismo. Ni Arnauld ni Pascal lo creyeron así, y eso dio por resultado la rebeldía de Arnauld y su consecuente exilio, y también las famosas “Cartas Provinciales” en las que el ya reconocido científico y filósofo trata de contestar lo que entiende son acusaciones infundadas y errores de lógica por parte de los jesuitas.

    Ese libro lo inspiró para trabajar más a fondo en el tema de la religión, y es por eso que esbozó su monumental trabajo “Sobre la Verdad de la Religión Cristiana”, del que nos queda el plan y algunos preciosos fragmentos. Pascal, sabiéndose condenado, convaleció en su casa, pero luego la donó a los menesterosos que podían darle más utilidad que él. Cerró sus jóvenes ojos, feliz y rodeado de afecto, en Port-Royal.

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