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    Pequeño mundo porno

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2093 - 15 al 21 de Octubre de 2020

    por Mercedes Rosende

    Aquella tarde llegué a mi casa a una hora inusual y entré en el dormitorio de mis hijos, un espacio con dos camas y un televisor. Las cortinas estaban bajas, el lugar en penumbras, ellos y algunos amigos sentados en las camas y en el suelo, todos en silencio, los ojos redondos y grandes, tan absortos que no me vieron ni me escucharon.

    ¿Qué miraban, qué los abstraía de esa forma?

    Era el año 2000 y tenían la edad en la que se empezaba a ver videos pornográficos, alrededor de 10 años, y fue justo ese momento el que los expertos —sexólogos, educadores, psicólogos— identifican como el del gran cambio: el mojón en el que la pornografía se convirtió en la “educación sexual del siglo XXI”.

    Veinte años después, según la organización Save the Children, siete de cada 10 adolescentes (el 68,2%) consume contenidos sexuales de forma frecuente. Casi el 10% de los consumidores de pornografía en Internet son menores de 10 años, al menos uno de cada cuatro varones ha comenzado a visualizar este tipo de material antes de los 13 y se observa que la edad en la que se comienza a consumir se adelanta progresivamente: en España se habla de ocho años. Según la compañía de seguridad informática Kaspersky Lab, el 39,9% de las búsquedas de los niños está relacionada con contenidos pornográficos.

    Para empezar, ¿cómo sucedió? El primer gran cambio fue tecnológico: el 4G trajo la nueva pornografía, la distribución rápida y gratuita de videos de sexo explícito. El segundo gran cambio fue cultural, y vino de la mano del acceso universal a los teléfonos inteligentes.

    ¿Y qué genera este consumo?

    “Sin una educación afectivo-sexual (…), la pornografía se ha convertido en profesora y consultorio de sexualidad para los adolescentes. El peligro no es que vean pornografía, sino que su deseo sexual se esté construyendo sobre unos cimientos irreales, violentos y desiguales, propios de la ficción”, señala Catalina Perazzo, directora de Políticas de Infancia y Sensibilización de Save the Children. Hoy habría una generación susceptible de pensar el sexo como la pornografía lo representa o, dicho de otra manera, de tenerla como único referente sexual.

    Según estudios de la citada organización, el consumo de porno de manera acrítica y periódica suele relacionarse a tres tipos de problemas: incremento de las actitudes machistas, desarrollo de prácticas de riesgo y consumo de videos vinculados a la explotación sexual de menores.

    Uno de los conflictos de mayor incidencia en la vida cotidiana de los adolescentes es la adopción de conductas machistas que dan un papel de dominación al varón, y en las que la mujer es relegada al rol de un mero objeto sexual que disfruta con la vejación. Se normalizan situaciones no habituales, lenguaje, conductas y prácticas propias del cine X y no de la vida real, con una carga de violencia y humillación hacia la mujer.

    Otro de los problemas que emerge del referido consumo es el relativo a las prácticas de riesgo, que son aquellas que pueden tener un impacto negativo sobre la salud: relaciones con violencia, sexo sin preservativo o con extraños, prácticas peligrosas como pueden ser los ahorcamientos.

    Finalmente, el consumo de videos vinculados a la explotación sexual en la infancia y adolescencia parece estar relacionado no tanto al sexo pagado como a la realización de videos propios o autoprotagonizados. Los investigadores hablan de un fenómeno inédito: el de la autoexplotación sexual. Se trata de situaciones en las que los menores comparten videos de sexo, sea por dinero, exhibicionismo, necesidad de atención u otras causas.

    En línea con esto, en el estudio International Guidelines on Sexuality Education: An Evidence Informed Approach to Effective Sex, Relationships and HIV/STI Education, de Unesco, se afirma que la educación sexual debería ser “tan importante como las matemáticas” en la enseñanza. Sin embargo, en la mayoría de los países la educación afectivo-sexual, la trasmisión de los conceptos y valores necesarios para ser capaces de detectar la violencia o el abuso, se mantiene en un limbo del que nadie quiere hacerse cargo: la familia porque ha perdido protagonismo y la enseñanza porque nunca lo tuvo.

    Si bien he tratado de averiguar cuál es el abordaje del problema del consumo de porno en la enseñanza uruguaya, no conseguí datos concretos. En líneas generales se identifica solamente con el que tiene como protagonista al menor y con su explotación, y parece haber un vacío frente al consumo y sus consecuencias. Tanto en primaria como en secundaria la educación sexual se aborda en general y desde los programas de biología o de sociología.

    Estamos frente a nuevos problemas para los que todavía no hay soluciones y, lo que es peor, que todavía no se investigan adecuadamente, que causan resistencia hasta para ser identificados. Estamos frente a nuevos problemas que ya están instalados, que provocan violencia, desigualdad, prejuicio, y lo mínimo sería aceptar que la nueva sexualidad de los menores requiere ser analizada en ámbitos especializados. Y reconocer, tanto padres como educadores, que la que conocieron como “edad de la inocencia” hace tiempo que ha terminado.

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