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    Pétain

    Columnista de Búsqueda

    N° 1719 - 27 de Junio al 03 de Julio de 2013

    La anécdota fue recogida por un testigo privilegiado. Nos cuenta que el mariscal Pétain, embajador del gobierno de entonación socialista de Francia ante la triunfante España presidida por Francisco Franco, recibió un telegrama del jefe de gobierno de su país convocándolo ante la grave situación derivada de la invasión alemana. Estamos a mediados de mayo de 1940 y el avance de los acorazados sobre suelo francés es irresistible. Reina por doquier una gran confusión, no solamente en esos desconcertados de profesión que son los políticos, sino también en el timorato alto mando militar, estupefacto por la audacia táctica de los generales alemanes.

    Francia se encuentra al borde del desastre y el Consejo de Ministros en pleno reclama la presencia del mítico héroe de Verdún, que a la sazón cuenta 84 años, para que se entienda con los alemanes en ese aprieto; le ruegan que acuda inmediatamente a París y empiece negociaciones con el propósito obtener un armisticio al menor costo posible. En ocasión del fatídico telegrama oficial, el embajador comparece ante Franco y le da cuenta de la dramática situación. La lúcida respuesta de Franco debió ser providencial; le dijo: “Señor Mariscal, no vaya, no se presente; no preste su nombre a lo que otros perdieron”. El anciano vencedor de 1918 tomó las manos de su amistoso interlocutor y le replicó: “Tiene razón general, pero mi patria me llama y me debo a ella. Es tal vez el último servicio que puedo rendirle”.

    Ese fue el principio del fin de la merecida gloria ganada en el campo de la batalla, en la academia y en el gabinete por el mariscal Henri Philippe Pétain; hombre de referencia y de consulta del Estado, símbolo vivo de la grandeza de la nación. Apenas desembarcó en París advirtió que no le habían obsequiado ningún honor, sino que los políticos lo esperaban ansiosamente para depositar sobre sus manos el resultado de una larga cadena de fracasos. Se le pedía que se hiciera cargo de la totalidad de la situación, que asumiera como propia la frustración nacional, que rubricara la derrota con su nombre y que, por encima de todo, pusiera a salvo de la destructividad alemana aquello que la impericia del gobierno socialista, por falta de tiempo aún no había conseguido desfigurar o desalentar del todo.

    Así, y tras integrarlo como ministro, en pocas semanas se le transfiere el gobierno. Los representantes del pueblo, no pudiendo permanecer más en París, declarada ciudad abierta para que no la bombardearan, se refugian en Bordeaux, donde mantienen la ficción de su legitimidad. Pétain, como miembro del gabinete, reclama serenidad y coherencia en las decisiones. Dice que el camino al armisticio debe encontrar a la nación encolumnada detrás de algunos valores que en todo punto son innegociables. Pero las intrigas en ese ambiente funambulesco pueden más que todas las patrióticas apelaciones y más, también, que la necesidad moral de ser consecuentes con la desesperación de los habitantes, que cada día entienden menos las características de una derrota para la que no se les preparó y sobre la que llevan la peor parte.

    Por esos días Winston Churchill se reúne con el jefe del gobierno francés y en especial con Pétain con el objeto de determinar de qué forma podría instrumentarse la rendición francesa. La esperanza de una ayuda británica a esa altura no existía y se temía que Inglaterra pudiera correr una suerte análoga, de modo que se trataba de desbrozar el horizonte para bajar al mínimo el precio de un posible acuerdo con la Alemania vencedora. Un par de días más tarde al pleno del gobierno francés se le ocurre la simpática idea de abandonar suelo francés, refugiarse en las posesiones africanas y desde allí seguir resistiendo. Es en esa ocasión donde emerge el alma de este antiguo militar, para quien tanto la victoria como la derrota no deben ser sino expresiones de la entrega absoluta al bien de la patria. En una proclama que emite urbi et orbi afirma que ningún miembro de los poderes de Francia tiene derecho a abandonar el territorio y librar al pueblo a entendérselas solo con el enemigo.

    Esas palabras le costarían caro años más tarde; cuando lo someten a juicio criminal por traición a la patria y lo acusan, entre otras cosas gravísimas que sin duda nunca tendrán perdón, de despreciar las decisiones del gobierno legítimo de Francia. Estoy leyendo el excelente libro de Marc Ferro, Pétain (Editorial Fayard, París, 1987) donde se intenta reconstruir con minuciosa asistencia documental la vida de esta interesante y polémica personalidad de la historia moderna.

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