N° 1763 - 08 al 14 de Mayo de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa semana pasada decidí visitar “Contrapunto”, sin duda la mejor novela de Aldous Huxley. Confieso que lo hice con cierta aprensión, temiendo que me defraudara, como me ocurrió hace un par de décadas cuando quise tratar otra vez con “Viejo muere el cisne”, que me pareció una obra cándida, previsible, por momentos apelmazada. Mejor suerte había tenido con “Los escándalos de Crome”, a la que sí disfruté en varias ocasiones tal vez por su abierta relación con “La educación sentimental”, de Flaubert.
En verdad, los recientes tres o cuatro días en que volví a tratar con “Contrapunto” me dieron ilimitada felicidad. Cormprobé que el texto de 1928 está vivo en los devaneos de sus personajes, en muchas de sus urgencias morales y filosóficas, en su ingeniosa naturalidad para exponer las instancias de réplica de estructuras, de conceptos y de emociones que definen el point counter point a que remite el título. Es cierto que las alusiones a la India y a la calurosa vida de las colonias, que la referencia a los fracs, al caviar servido en bandejas rutilantes, a las boquillas, a los guantes y a los zorros plateados en los cuellos, a las circunspecciones de salón, a los monóculos, a los incomprensibles snobismos de aquella década y a los zapatos de charol fueron devorados por otras idioteces (las nuestras), acaso menos elegantes, y hoy parecen muecas de cera o piezas de un museo cerrado al público. Pero hay que saber leer por detrás de la tramoya social y de las modas, pues allí está lo vívido, lo que no cambia en el hombre ni en el mundo; allí es donde tenemos el juego de las frustraciones, de los amores felices y de los no correspondidos, de la hipocresía, de la soledad, del olvido que duele, de la desesperación de las apariencias; en suma: el contrapunto, en el estricto sentido musical, de la aventura humana en el siempre desconocido terreno de una existencia que no sabe a qué a atenerse.
Una de las escenas más interesantes la encontramos en el concierto que celebró en su vasta mansión Lady Edward, donde se ejecuta nada menos que la más famosa suite de Bach. El fragmento que copio es un homenaje a la música, a Bach, al contrapunto como recurso de la escritura, a la intimidad absoluta entre la lógica, la verdad y los sentimientos. “Lady Edward le dio un aletazo con su abanico de avestruz. Entretanto, la música continuaba la Suite en si menor, de Bach, para cuerdas y flauta. El joven Tolley dirigía con su inimitable gracia habitual, doblegándose en ondulaciones de cisne y trazando ricos arabescos en el aire con sus brazos aleteantes, como si danzara al son de la música. Una docena de violinistas y violoncelistas rasgaba sus instrumentos según las instrucciones del director. Y el gran Pongileoni besaba pegajosamente su flauta (…) Cree uno haber hallado la verdad: clara, precisa, inequívoca, es anunciada por los violines; la tiene ya, se ha apoderado triunfalmente de ella. Pero he ahí que se le escapa de las manos para presentarse en un nuevo aspecto entre los violoncelos y, una vez más, en términos de la vibrante columna de aire de Pongileoni. Las partes viven su vida independientes: se tocan; sus caminos se cruzan: ellas se combinan por un momento para crear una armonía de apariencia decisiva y perfecta, tan solo para separarse nuevamente unas de otras. Cada parte se halla siempre sola, separada, individual. ‘Yo soy yo —afirma el violín—; el mundo gira a mi alrededor’. ‘A mi alrededor —reclama el violonchelo—. A mi alrededor —insiste la flauta’. Y todos tienen igualmente razón y dejan de tenerla, ninguno de ellos quiere oír a los otros. En la fuga humana existen mil ochocientos millones de partes. El ruido resultante podrá tener quizás alguna significación para el estadístico, pero ninguna para el artista. Sólo considerando una o dos partes a la vez podrá comprender algo el artista. He aquí, por ejemplo, una parte aislada, y Juan Sebastián pone el caso. Comienza el rondó, exquisita y simplemente melodioso, casi una canción popular. Es una joven cantando para sí misma, en soledad, un canto amoroso, tiernamente melancólico. Una joven cantando por las colinas, mientras que las nubes pasan sobre su cabeza. Pero, solitario como una de aquellas nubes, un poeta ha escuchado su canción. Los pensamientos que suscita en él forman la zarabanda que sigue al rondó. Es la suya una lenta y deleitosa meditación sobre la belleza (a pesar de la estupidez y de la suciedad), la verdad profunda (a pesar de todo el mal) y la unidad (a pesar de tanta diversidad aturdidora). Es una belleza, una bondad, una unidad que ninguna investigación intelectual puede descubrir, que el análisis destruye, pero de cuya realidad se convence el espíritu de vez en cuando brusca y abrumadoramente. Una joven cantando para sí bajo las nubes basta para crear esta certidumbre”.
Al terminar de leer este fragmento fui llamado perentoriamente por la música. Recomiendo la placa “Les suites pour orchestre”, La Petite Bande, Sigiswald Kuijken (Deutsche Harmonia Mundi). Es una grabación ya antigua (1982) y perfecta.