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    Por la negativa

    Nº 2239 - 24 al 30 de Agosto de 2023

    Parece que Argentina no va a ser la excepción. Una lectura bastante evidente de los resultados de las elecciones PASO del 13 de agosto es que en diciembre habrá cambio de signo político en el gobierno de ese país. La oposición actual sumada se acerca al 60%. Sus representantes, Patricia Bullrich y Javier Milei, quedaron con las mejores chances de ser presidentes y resulta muy improbable que el oficialista Sergio Massa lo sea. Tendría que lograr atravesar una montaña que en este momento se parece mucho al monte Everest. Nunca se puede dar por muerto al peronismo pero hoy parece herido de gravedad.

    La sorpresa fue Milei. Gane o pierda en los comicios nacionales igual ya generó un sacudón inesperado. Su discurso antisistema pegó fuerte en determinados sectores de la población argentina cansados de la política tradicional. No parecen ser sus ideas las que lograron sumar más de 7 millones de votos sino sus críticas a la “casta política” y su promesa de terminar de una buena vez por todas con los privilegios y los acomodos de las personas más cercanas al poder público, que tanto hartazgo causan en una parte importante de los argentinos.

    Eso ya está dicho, escrito y analizado de sobra. Por eso, con el paso de los días, parece importante ponerlo en el contexto regional y continental y no solo en el de los outsiders que llegan a presidentes con un discurso combativo o antisistema. Los parecidos que puede haber entre lo que está pasando con Milei y lo que antes ocurrió con Jair Bolsonaro en Brasil, Donald Trump en Estados Unidos y Nayib Bukele en El Salvador son varios y muy significativos pero ya fueron puestos bajo la lupa.

    Hay otro tema que quedó como relegado y en el que vale la pena detenerse. No el de los malos y rebeldes, sean de derecha o de izquierda, que eligen el camino de lo políticamente incorrecto y que así logran ganar las elecciones. Es más amplio que esos fenómenos que empezaron como puntuales y ahora no lo son tanto. Está relacionado con el humor de los votantes latinoamericanos al terminar el primer cuarto del siglo XXI.

    Si se analiza al detalle lo que ocurrió en el último quinquenio en las elecciones de los distintos países de América Latina, lo que salta a la vista no son solo los outsiders empoderados. La constante es el voto anti, por la negativa. En la inmensa mayoría de los casos el triunfo final recae en los opositores, sean o no antisistema. La constante es el cambio de signo político en el poder. Así ha ocurrido en los últimos tiempos en más de 10 países, pese a que sus sistemas electorales son muy distintos. El que gana es el que está en el llano y el gobierno rara vez logra repetir. La reelección parece ser algo que quedó en el siglo XX.

    Claro que hay excepciones. Pero también son muy significativas. Porque los lugares donde siempre ganan los mismos son en la Nicaragua de Daniel Ortega, o la Venezuela de Nicolás Maduro o la Cuba que sostiene el mismo régimen comunista desde hace más de medio siglo. En Paraguay, por ejemplo, ganó el mismo partido político pero a través de un líder y una corriente muy distinta a la que estaba en el poder.

    A las pruebas concretas. En los países referentes de América Latina la rotación en el poder es en un lapso mucho menor que antes, lo que parece reflejar una protesta manifestada a través del voto. Pasó en Brasil, en Chile, en Colombia, en Perú, en Bolivia y ahora parece que ocurrirá en Argentina. La realidad muestra que el péndulo no se está corriendo para la derecha ni para la izquierda, sino para los opositores.

    A fines de diciembre del año pasado, el periodista Gerardo Lissardy realizó un muy interesante informe para BBC Mundo en el que constató que “en las últimas 14 elecciones presidenciales libres que se completaron en la región desde 2019, el voto fue por cambiar al partido en el gobierno”. En el artículo incluyó un listado de todos los países mencionados anteriormente más otros de Centroamérica. En 2023 la tendencia sigue.

    ¿Y Uruguay? Uruguay es visto como una isla, desde afuera y también desde adentro. Tenemos incorporado el concepto de distintos, de descontaminados de una región que suele estar muy convulsionada. Sin embargo, en el plano electoral solemos acompañar los cambios externos, aunque de forma gradual.

    Porque la penillanura levemente ondulada no es terreno fértil para sacudones muy bruscos. La tibieza ha avanzado en casi todo y en especial en la política. Además, mucho de lo que ocurre afuera suele llegar con retraso y amortiguado por una sociedad acostumbrada a no hacer olas. Esa es una constatación histórica que no parece haber sufrido cambios últimamente.

    Si se mantiene, se verá en breve, porque la campaña electoral ya empezó y el año que viene será de definiciones. La gran pregunta que tendrán los uruguayos por delante será: ¿es hora de cambiar o todavía no es el momento? Las opiniones están muy divididas en mitades casi iguales y una vez más parece que la disputa se definirá por el centro.

    De todas formas, tomar nota de ese fastidio creciente del electorado con el poder de turno en toda América Latina es importante para todos los postulantes en carrera, de un lado y del otro. Asumirlo primero e incorporarlo después ayuda como para poder canalizarlo de la mejor manera, sea desde el oficialismo o la oposición.

    El centro de la cuestión en Uruguay parece ser otro. El asunto de fondo es que el recambio siga siendo por el camino del centro, sin líderes mesiánicos ni outsiders con espíritu refundacional. Porque, en los hechos, ya hubo un cambio importante en 2019, que se incluye dentro de la estadística hecha por la BBC, y no hubo sobresaltos de ningún tipo.

    Así parece que ocurrirá también en 2024. Sea para un lado o para el otro. Una buena cosa, que habría que cuidar. Porque es ahí donde está la diferencia.