Por la negativa

Por la negativa

La columna de Andrés Danza

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Nº 2265 - 22 al 28 de Febrero de 2024

Mediaba 2014. Hace casi 10 años. La sorpresa de ese período electoral, que además estaba en pleno apogeo, era Luis Lacalle Pou. Todos hablaban de él. Políticos, analistas, periodistas… Para bien o para mal, todos tenían algo para decir. Había empezado con un porcentaje ínfimo de intención de voto y en poco tiempo dio vuelta la tortilla. Le ganó las elecciones internas del Partido Nacional a Jorge Larrañaga e iba a gran velocidad hacia la meta final: la presidencia de la República. “Somos hoy, somos ahora, somos marea que sube rebelde y conquistadora”, sonaba una y otra vez como su leitmotiv. El espíritu triunfalista se respiraba en cada uno de los movimientos del entonces candidato opositor.

Recuerdo que mantuve varias conversaciones en esos momentos con personas conocedoras de la realidad política uruguaya. Muchas de ellas eran referentes de las empresas de opinión pública de entonces que aseguraban que las encuestas mostraban un final abierto para la segunda vuelta, con cierto favoritismo para Lacalle Pou sobre el postulante del oficialismo Tabaré Vázquez.

Pero en especial retengo una charla con un referente herrerista de la vieja época, exjerarca del gobierno de Luis Lacalle Herrera. Fue lapidario. “Lacalle Pou no va a ganar”, sentenció. Y su explicación fue muy concreta. “En Uruguay es imposible que alguien gane usando como eslogan de campaña ‘Por la positiva’”. Respondí que lo que había ocurrido en las elecciones internas podía ser una muestra de lo contrario, que muchos votantes estaban cansados de las peleas entre los políticos.

“Muchos, no. Pocos, poquísimos”, me replicó. “Para ganarle a un gobierno hay que criticarlo, exponerlo en sus puntos débiles”, agregó. Su pensamiento era compartido por varios de los dirigentes políticos más veteranos pero Lacalle Pou se mantuvo firme en su estrategia. Y perdió. Prácticamente en la primera vuelta, donde ni siquiera pudo arrebatarle al Frente Amplio la mayoría parlamentaria.

La historia posterior es conocida. La siguiente campaña de Lacalle Pou ya no fue tan “por la positiva” y ganó las elecciones. Es cierto que fue en otro momento, con un Frente Amplio desgastado y un mal segundo gobierno de Vázquez, pero aquello de dejar en un segundo plano las críticas quedó como un recuerdo.

Hoy otra vez el año se viste de los colores de los partidos políticos. La campaña electoral ya está instalada y es por la negativa. Al menos hasta ahora todas, absolutamente todas, las discusiones públicas refieren a recriminaciones cruzadas. Parece ser una competencia de quién hizo la macana más grande o un concurso de casos de supuestas irregularidades o directamente de corrupción. La motivación principal hasta ahora no es construir, es destruir.

Un ejemplo claro al respecto es lo ocurrido en torno al caso Pluna durante los últimos días. El Estado uruguayo fue condenado internacionalmente a pagar US$ 30 millones más intereses a una de las firmas perjudicadas por el cierre de la empresa aeronáutica local durante el gobierno de José Mujica, según informó El País la semana pasada. Una pésima noticia para todos, con una responsabilidad clara del mal manejo de las empresas estatales y de los recursos públicos.

Así las cosas, debería haber funcionado como una llamada de alerta, con el pedido de disculpas correspondiente de los responsables y un compromiso político generalizado de revertir esas situaciones que tanto perjudican a todos sus conciudadanos. Sin embargo, se cuentan con los dedos de una mano los que optaron por ese camino y, además, los que lo hicieron también incluyeron las recriminaciones hacia los demás. Ninguno se hizo 100% cargo y todos hablaron de otros.

Por supuesto que la responsabilidad no es la misma para todo el mundo y que el juicio internacional se inicia por el cierre un tanto caótico de Pluna. Pero Pluna es como la esencia del manejo arbitrario y caprichoso que han tenido varios gobiernos con el Estado y algunas de sus empresas deficitarias. La voluntad siempre fue salvar a Pluna como si fuera una vaca sagrada cuando todos los números mostraban que era inviable. Una vez cerrada, sus funcionarios se mantuvieron por años con sueldos pagados por todos y el problema demoró mucho tiempo en diluirse. Pero ahora la discusión es quién hizo las cosas peor en lugar de por qué nadie hizo antes lo que había que hacer.

También del lado del oficialismo recordaron en los últimos días los negocios deficitarios que concretó la empresa estatal Ancap, con Raúl Sendic a la cabeza, durante los gobiernos del Frente Amplio. En respuesta, algunos legisladores opositores recurrieron a los episodios relacionados con el exjefe de la custodia presidencial Alejandro Astesiano, que se encuentra preso luego de que se comprobaran varios delitos protagonizados por él cuando se desempeñaba en su cargo.

Después revivió la discusión de lo que está ocurriendo en Venezuela y de si es o no una dictadura, un clásico de las últimas campañas electorales. Pese a las evidencias de todo tipo que hay sobre el autoritarismo ejercido por Nicolás Maduro desde hace años, varios dirigentes del Frente Amplio se resisten a criticarlo, a diferencia de lo que está ocurriendo con otra parte de la izquierda regional, como la chilena. En lugar de asumir con sensatez y sentido común el tema, algunos responden con China y los países árabes, en donde tampoco hay gobiernos democráticos. El problema es que esto no debería ser una competencia, otra vez, por la negativa. Este es uno de los puntos donde debería haber unanimidades.

Pero no. Entonces ocurre que de un lado dicen que van a juntar firmas para condenar al gobierno de Venezuela y del otro responden que las firmas las van a juntar para impedir que los próximos gobiernos otorguen pasaportes a narcotraficantes presos en el exterior, en referencia a lo ocurrido con el caso de Sebastián Marset. Y atrás, como contraataque, viene el recuerdo de las denuncias de la excanciller Carolina Ache, y atrás el uso de la tarjeta corporativa por Raúl Sendic en Ancap, y así sucesivamente.

En eso se está resumiendo la campaña electoral. No en una competencia para ver quién realiza las propuestas más interesantes y lleva sobre su espalda la mejor gestión como para mostrar. La regla parece ser quién es el menos malo en un formato más parecido a la guerra que al debate de ideas. Y el problema es que Uruguay está dividido en dos mitades desde hace ya más de dos décadas. Desde las elecciones de 2004 que eso no cambia y no parece que vaya a cambiar, al menos por un tiempo. Entonces, es imposible que el país esté completo y que pueda avanzar en serio y más rápido si la competencia principal es cómo se sustituye una mitad por otra, sin más.

Eso solo nos lleva a seguir siendo un país mediocre. Porque así ocurre con los países que no apuestan a la excelencia sino a la caída del oponente para poder ocupar su espacio. Y de eso tienen responsabilidad los políticos pero también los ciudadanos, que alimentamos esa campaña por la negativa, asumiendo al supuesto otro bando como enemigo, como decía Fernando Santullo en su última columna.

Ojalá me equivoque, pero capaz que de tanta mediocridad ni siquiera logramos darnos cuenta de eso. Es algo de lo que está por verse.