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    Preguntas para coser un presente roto

    Nº 2236 - 3 al 9 de Agosto de 2023

    A veces, por razones de la vida, uno entra en contacto con situaciones sociales problemáticas que, según las distintas teorías en lidia en el espacio público, deberían solucionarse siguiendo tal o cual procedimiento. Situaciones que, se supone, al ser analizadas con buena voluntad desde el correspondiente ámbito político, serían resueltas de manera más o menos directa en un plazo más o menos acotado. Lo cierto es que esas razones de la vida a veces nos dicen otra cosa.

    Por ejemplo, que esos problemas responden a dinámicas mucho más amplias que la foto que habitualmente saca la política al encarar esos asuntos. Por ejemplo, yendo un poco más a lo concreto, que determinados problemas que en apariencia corresponden al ámbito educativo y su gobernanza, en realidad son parte de un puzle mucho más complejo y difícil de resolver que lo que el actual debate nos viene diciendo. Ojo, no estoy descubriendo el hilo negro, solo señalando que muchas veces es así: lo que parece arrancar en A no solo se enlaza con B y con C, sino que, al mismo tiempo, conecta con media docena de alfabetos que responden a distintas lógicas.

    Esas razones de la vida me han llevado desde hace un tiempo a estar en contacto con dos escuelas públicas de la ciudad de Montevideo. Una está ubicada en un barrio de alto poder adquisitivo, la otra en uno de clase media. Nada parecido a la marginalidad ni mucho menos, pero sí uno en donde la gente seguramente tiene menos recursos que en el primero. Pese a esto, ambas escuelas tienen mejores resultados que la media nacional y las familias de los dos barrios pertenecen al quintil superior. Esto es, las familias están en el nivel superior en términos económicos y socioculturales.

    De hecho, en términos de inclusión, retención y egreso, las dos escuelas presentan trayectorias similares. Sin embargo, mientras una consolida su equipo docente, la otra lucha por estabilizarlo. Mientras una puede hacer un uso más efectivo de los recursos, la otra se ve complicada en la tarea. La escuela del barrio más pudiente, por ejemplo, ha usado de manera veloz unos apoyos recibidos desde el exterior y ha mejorado parte de su equipamiento. La otra hizo lo mismo, pero a los dos días de hacer la compra, les fue robado parte de ese material y hoy lo tiene guardado bajo llave en un depósito por temor a nuevos robos.

    ¿Qué intento decir con estos ejemplos? Que los problemas que enfrentan esas dos escuelas van mucho más allá de la discusión sobre la gobernanza de sistema, que es básicamente lo que parece interesar a las autoridades y sindicatos. Por lo menos en el nivel de la charla pública, ese parece ser el centro de todo el entuerto. Y, sin embargo, si podemos dar cierto crédito al ejemplo, el asunto se extiende fuera de salones y de patios. Va más allá incluso de los indicadores tradicionales de nivel de ingreso y nivel sociocultural. Problemas que, al decir del sociólogo especializado en temas educativos Pablo Menese, deberían tratar de responder la pregunta ¿para qué se educa?

    “Nuestros valores vienen de un sentido republicano, que adquirimos cuando íbamos a la escuela. Durante todo el siglo XX funcionó a través de la educación moral y cívica, donde aprendías la ley, el ordenamiento general y alguna cosa más. Me pregunto si el sistema educativo, y en particular una reforma del sistema educativo que incluya la pregunta ¿educación para qué?, no debería pensar cuál sería el nuevo pacto social, uno que resulte más inclusivo. De ahí se desprenderá también cuál debe ser esa nueva educación moral y cívica del siglo XXI, una que, por ejemplo, no nos haga seguir bajando en los rankings de confianza en la democracia”, se cuestiona Menese.

    Si esto puede parecer demasiado abstracto al contrastarse con los casos de las escuelas, propongo las siguientes preguntas: ¿Por qué a similares condiciones sociales, económicas, etc., en una escuela es viable sostener un equipo y en la otra no? ¿Por qué una puede desarrollar sus actividades en relativa tranquilidad mientras la otra debe guardar insumos bajo llave so pena de robo? ¿No está operando allí esa ausencia de pacto social que menciona Menese? O, mejor dicho, ¿no tendrá que ver la distancia que existe entre uno y otro caso con las roturas profundas de ese tejido social al que antaño le bastaba con el republicanismo, ese que hoy ya no parece abarcar a todos en todo el país?

    Lo peor que le puede pasar a una comunidad es que coexistan distintos juegos de reglas, a veces contrapuestos, en su interior. Es la garantía de la parálisis, del no poder construir. Y algo de eso es lo que quienes estamos dentro del “sistema” (entre comillas, por lo indefinible que es el concepto) no siempre logramos entender: que las reglas que nos parecen de recibo y que, en general, nos esmeramos en respetar, hace mucho que ya no incluyen a toda la ciudadanía. ¿Hay algo más mezquino que robar una escuela pública? Yo creo que es difícil encontrar algo peor en el rubro. Pero esa idea, la que sostengo, es una construcción republicana también. Y es claro que no interpela a quienes robaron la escuela del ejemplo.

    Se trata de un problema que, para empezar, es de muy difícil enunciación, no hablemos ya de su resolución. A la vez, es claro que excede por completo la compartimentación que nuestra república tiene diseñada para intentar resolverlo: seguridad por un lado, educación por otro, economía un poco más allá, desarrollo social otro tanto. Sumemos que tras 40 años de intentos reformistas en la educación, no parecemos estar más cerca de lograr manejar de manera más efectiva estos problemas.

    Una obviedad: nuestras sociedades son cada vez más complejas, tanto para lo bueno como para lo malo. Para lo bueno nos congratulamos y para lo malo seguimos aplicando el recetario que más o menos funcionó en el siglo XX y que hace rato viene dejando gente por el camino. Gente que no ve como un problema robar una escuela pública y que, por supuesto, no tiene la menor noción del impacto que eso tiene en esa comunidad escolar en particular. Pensar que esa ruptura y su impacto se arreglan haciendo cárceles más grandes es seguir sin ver la foto aérea del asunto. Por otro lado, seguir discutiendo la educación como si ese asunto, el de la gente que vive dentro de la misma comunidad con un distinto set de reglas, excluida del set mayoritario, no es relevante, es como discutir sobre la instalación eléctrica de una casa que se va quedando sin paredes.

    “La gobernanza en la educación administra problemas que están mucho más adentro, en el deber ser. Si no nos preguntamos ¿educar para qué?, vamos a seguir peleando por la administración de algo que no incluye y que no genera consensos”, señala Menese. Si no cosemos de alguna forma el tejido roto, seguirá cayendo gente de la bolsa. Si no nos hacemos las preguntas de fondo quienes aún podemos hacérnoslas, nadie más las va a hacer. Y para eso hace falta pensar en los términos que nos impone el presente, no en los que heredamos del pasado.