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    Problemas con el ancho de banda

    Columnista de Búsqueda

    Nº 2164 - 3 al 9 de Marzo de 2022

    Hay días, semanas, períodos, en lo que se percibe cierta sensación de aceleración. Como si los procesos y eventos más o menos globales que envuelven nuestra vida se fueran volviendo más veloces, más cargados, más agotadores, más difíciles de capturar. Quizá sea por el final de las vacaciones de muchos, quizá por las distintas coyunturas que se vienen planteando, lo cierto es que por momentos resulta abrumador el número de cosas más o menos distantes que reclaman nuestra atención. Y eso sin entrar en el trabajo, los estudios y la familia, que son cosas mucho más concretas y cercanas que no solo demandan nuestra atención sino además nuestra acción.

    Hace unas semanas apenas estábamos todos pendientes del número de muertos por Covid y las redes estallaban frente a cada nueva cifra. Hoy nadie parece mostrar la menor preocupación por esos datos y todo parece indicar que abandonamos la epidemiología para convertirnos en expertos en geopolítica euroasiática. Ejemplos previos sobran: ante cada derrota de la selección uruguaya de fútbol, tres millones de expertos dictaminaban si el DT debía seguir o no; si se producía un asesinato especialmente cruento, los expertos abandonaban el fútbol para decidir si el ministro del Interior previo era mejor o peor. Y como esos ejemplos hay cientos.

    Ahora, lo cierto es que todos esos debates suelen plantearse sobre una simplificación bastante poco útil para el análisis: la respuesta está en A o en B. Sencillas, transparentes, autoevidentes, las soluciones a los problemas se encuentran de manera accesible si uno viaja presuroso hacia uno de los dos polos disponibles: pro o anti-Tabárez, pro o anti-Frente Amplio, pro o anti-LUC, pro o anti-Ucrania, pro o antivacunas, etc. En realidad alcanza con detenerse cinco minutos, esos que nadie parece tener en los períodos de aceleración mencionados, para darse cuenta de que en realidad esos procesos son mucho más complejos y por tanto irreducibles a las dicotomías bajo las que se nos presentan.

    No es tan sencillo entender, más allá de la brutal y evidente agresión rusa, la cantidad de poderes y factores implicados en la geopolítica de esa zona de mundo. Como tampoco lo es en la ya olvidada Siria, en donde media docena de intereses regionales se cruzan con media docena de poderes globales y dejan como resultado una matanza. Es mucho más fácil reducir esa abrumadora e inabarcable complejidad a una dicotomía manejable, sobre todo si no tenemos el tiempo o los recursos que se necesitan para intentar entenderla. El problema es que al hacerlo, perdemos la clave de su comprensión. El asunto está tan establecido en el “debate”, en la charla pública, que solo plantear el párrafo anterior siquiera como hipótesis de trabajo alcanza para ser colocado en algunos de los polos imaginados y recibir palos de inmediato. Cualquier intento por complejizar un tema está abocado a recibir la acusación de “operar” para cualquiera de los campos en lidia.

    En un trabajo publicado en 2016 titulado La vida psicológica de los pobres, Frank Schilbach, Heather Schofield y Sendhil Mullainathan argumentan que “todas las personas dependen de un conjunto fundamental de capacidades y funciones mentales, o ancho de banda, en sus vidas económicas y no económicas” y que “muchos factores asociados con la pobreza, como la desnutrición, el consumo de alcohol o la falta de sueño, pueden poner a prueba esta capacidad”.

    Schofield, que es profesora del Departamento de Ética Médica y Políticas Públicas en la Universidad de Pensilvania, y sus coautores Schilbach, economista del Instituto de Tecnología de Massachusetts, y Sendhil Mullainathan, economista de la Universidad de Harvard, sostienen que nuestro cerebro se maneja con base en un sistema dual: el sistema 1, que es intuitivo, automático, no requiere esfuerzo y es más propenso a cometer errores; y el sistema 2, que es más racional y suele producir resultados más precisos, aunque es más lento y requiere esfuerzo y reflexión. Si se dispone de un mayor ancho de banda (es decir, si se tiene el tiempo y los insumos fisiológicos para sostener esa capacidad), es más fácil usar el sistema 2 y no sobrecargar el sistema 1 con todo el peso de las decisiones cotidianas, reduciendo así margen de error de nuestros actos.

    Usando varios casos empíricos, el estudio muestra cómo, por ejemplo, una mayor ingesta de calorías mejora sustancialmente la toma de decisiones laborales y cotidianas. Como comentaba el politólogo español Roger Senserrich sobre un trabajo previo de Mullainathan: “Cuando una persona tiene pocos recursos, todo el ‘ancho de banda’ disponible en sus capacidades cognitivas básicamente se obsesiona con el corto plazo. Toda la energía, todos los esfuerzos se dedican exclusivamente a intentar solucionar el problema urgente que tiene ante sí, descartando cualquier decisión secundaria que no lo solucione de inmediato”.

    Tengo la impresión de que es la misma clase de mecanismo señalado por esas investigaciones el que opera ante nuestra necesidad de simplificar para abarcar y, eventualmente, perder por completo de vista la complejidad de los asuntos. Solo que aquí no se trata de que nuestro ancho de banda sea ocupado por la necesidad de resolver lo urgente sino que es arrasado por la abrumadora cantidad de información que se nos presenta cada día y sobre la que, se espera, tomemos alguna posición de inmediato. Todo nuestro ancho de banda está dedicado a lidiar con esa inmensidad y por eso, para que nos sea posible intentar capturarla, simplificamos cada uno de esos procesos que observamos. Gracias a la aceleración (y acumulación) de estos procesos en nuestra bandeja de entrada mental, terminamos usando solo el sistema 1 de nuestro cerebro, el que peor razona, el que menos reflexiona, el que nos hace asumir puntos de vista de manera automática y sin esfuerzo. De esa forma, no logramos jamás captar la complejidad de esos asuntos.

    En el estribillo de su canción Animate, los canadienses Rush cantan: “Complicame, elevame” y creo que justo por ahí va la cosa. Como ciudadanos, deberíamos intentar sostener nuestra capacidad de mirar lo complejo y resistir el embate de la demencial cantidad de información que vomita nuestra sociedad tecnológica cada día. Y hacerlo aunque eso implique no tener opinión sobre algunos asuntos. De lo contrario, estaremos condenados a leer la realidad que nos rodea a partir de dicotomías absurdas que no nos dicen nada sobre los problemas reales. Si no organizamos nuestro ancho de banda de manera que nos permita reflexionar, es probable que terminemos repitiendo de manera automática los errores y conflictos que nos trajeron hasta acá.

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