N° 1749 - 23 al 29 de Enero de 2014
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“La erudición es el conocimiento de lo que no es por lo general conocido de los demás, y que solo de segunda mano podemos adquirir en los libros u otras fuentes artificiales. El conocimiento de lo que tenemos delante o alrededor de nosotros, que atañe a nuestra experiencia, pasiones y propósitos, a los sentimientos e intereses de los hombres, no es erudición. Erudición es el conocimiento de aquello que solo los eruditos conocen; es ver con los ojos de los demás, oír con sus oídos y empeñar nuestra fe bajo su palabra”, indica William Hazlitt (1778-1830), y se equivoca al condenar al erudito por lo vicario de su placer, pues esa clase de disfrute interpósita persona es el mecanismo que está en la base de la división del trabajo en que, orondas, descansan las sociedades complejas de los primeros hombres y mujeres que acumularon excedentes de víveres en adelante. El plano de lo simbólico (el símbolo surge, precisamente, para suplir la ausencia de la cosa que representa) es el que hace posible que surjan instituciones como la diplomacia, la democracia representativa, las religiones monoteístas, las guías telefónicas o la ciencia: este bendito invento permite delegar en otro la conquista y la tutela de ciertos valores y objetivos cuyo ejercicio directo impediría un curso de vida que incorporara la persecución de otros fines.
Lo que Hazlitt condena, desde luego, no es el principio de la producción simbólica sino el de un saber desconectado de la experiencia, que de tan específico resultaría inútil; Hazlitt es un jugador sucio de la retórica, y sus eruditos son realmente caricaturas: “El erudito se enorgullece del conocimiento de los nombres y las fechas, no de los hombres y las cosas. A duras penas reconocerá la calle de al lado, pero conoce exactamente las distancias y el plano de Constantinopla y de Pekín. No sabe si su amigo más antiguo es un pícaro o un necio, pero podrá darnos todo un curso sobre las grandes figuras de la Historia”. Este absurdo epistemológico que Hazlitt endilga a sus imaginarios eruditos paralizados es en cierto modo el reclamo de que cada vez haya que descubrirlo todo, como si las calles no tuvieran carteles o transeúntes, como si las grandes figuras de la Historia no fueran más dignas de detenido análisis que los amigos de uno, que invariablemente se comportarán como necios o pícaros en el curso de una vida.
Este mecanismo de delegar en otro, de transcurrir una temporada de la vigilia en la ribera simbólica de la vida, de imaginar cosas netamente inexistentes es, además de un modo formidable de ahorrar tiempo y revelaciones tardías, la única manera de vivir pacíficamente con otras personas. Especular, fantasear con el dolor y la miseria de nuestros oponentes es lo que nos preserva de infligir ese dolor, de contemplar esa miseria, y el propio Hazlitt lo reconoce: “¡Cuánto tiempo no fueron la Inquisición, los Borbones, una bendición para el pueblo inglés, cuya bilis ayudaban a desahogar en motes y dicterios! (...) Los protestantes y los papistas no se queman ya unos a otros en la hoguera; pero nos suscribimos a nuevas ediciones del Libro de los Mártires, de Foxe, y el secreto del éxito de las novelas escocesas es más o menos el mismo: (...) alternativamente, sentimos con todos ellos la fuerza incontrastable del odio. Leyéndolas, dejamos a un lado las trabas de la civilización, el velo inconsistente del altruismo”.
Claro que en este punto hay que advertir las leyes de la extensión y el grado, y que los simulacros frecuentemente se acercan demasiado a la realidad, para cristalizar en lo que conocemos como fanatismo, que es apenas una variación de la locura, esto es: la suspensión de la capacidad de distinguir entre objeto y símbolo, realidad y fantasía, el imperio de una fantasía privada sobre la realidad colectiva: “Los caníbales queman a sus enemigos y se los comen en perfecta camaradería; los mansos teólogos arrojan a quienes disienten de ellos aunque solo sea en el grosor de un cabello, cuerpo y alma en las llamas del Infierno. Menos mal que el poder de tales seres no corresponde a su voluntad”.
Y así es que volvemos a la patria bendita de Aristóteles, de la que nunca debiéramos habernos apartado: una buena sociedad, una buena democracia, depende de buenas y variadas fantasías que puedan liberarnos de los nefastos excesos de pena y terror que podrían, en un acceso de confusión, llevar a delegar en los propensos a las más macabras posibilidades de la imaginación un poder equivalente a sus delirios.