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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáA propósito de una polémica entablada recientemente sobre la ubicación del campamento de Artigas denominado Purificación, y sin participar en ella, quizás pudiera contribuir a su ubicación el fragmento de un relato realizado por José Pedro Varela en 1867 cuando, habiendo viajado a Buenos Aires por unos días, resolvió disfrutar de un paseo por nuestro litoral, navegando hacia el norte por el río Uruguay en un vaporcito que partía de Buenos Aires y terminaba su crucero en Salto. Tenía entonces el futuro reformador de nuestra educación, 22 años de edad.
Mientras viajaba, redactó un diario personal (copia en mi poder, por gentileza de la ex nieta del reformador, Carmen Varela de Sáenz de Zumarán), en el que iba registrando no solo las características geográficas y del paisaje urbanístico, sino también sagaces observaciones sobre las costumbres sociales de los habitantes de cada centro poblado que visitaba.
En la anotación correspondiente al 21 de agosto, luce lo que sigue:
“(…) A las 11 y 20 pasamos la célebre mesa (sic) de Artigas. Es un promontorio que se levanta sobre la costa formando una especie de mesa redonda.
Para el que conoce algo la historia oriental, parece al pasar que se viera vagar sobre la escarpada cuchilla la figura sombría del tremendo caudillo.
A las 12 llegamos al Hervidero. La casa está próxima a la costa. Un bote atracó al vapor que se detuvo un instante para recibir un pasajero y dejar cartas. El paisaje es bonito. Próximo a la casa un arroyo bastante ancho desemboca al Uruguay”.
Cabe aquí formular dos observaciones. La primera, relativa a las ideas juveniles de Varela sobre Artigas.
El padre y los tíos de José Pedro pertenecían a la tendencia unitaria argentina, que miraba con desconfianza visceral todos los reclamos provenientes de las masas rurales. Los caudillos y líderes de la campaña quedaban, de ese modo, cualquiera fuese la legitimidad de su prestigio, automáticamente descalificados.
No es de extrañarse, entonces, que el intelectual argentino Florencio Varela —tío de José Pedro exiliado en Montevideo— hubiera publicado en uno de los volúmenes de su biblioteca del Comercio del Plata, sin contradecirlos, los juicios del Ensayo Histórico de Rengger y Longchamp (París, 1827), donde, siguiendo a Cavia, se pintaba a Artigas con caracteres siniestros. Seguramente esta es la fuente directa donde se informó José Pedro Varela, quien además de no manejar documentación histórica (que más tarde iluminaría la concepción artiguista de su cuñado Eduardo Acevedo, de Carlos María Ramírez y de Francisco Bauzá), nunca conoció a Artigas y, obviamente, Artigas tampoco pudo conocerlo.
Di a publicidad esta documentación en 1989, pero sobre otras expresiones similares, conocidas con anterioridad, ha habido un prudente silencio.
La segunda observación refiere al valor de los precisos datos que aporta en 1867 sobre lo que vio desde la ribera del Uruguay.
a- Entre la Meseta y el Hervidero transcurren 40 minutos de viaje en vapor.
b- A la altura del Hervidero, hay una edificación que opera como posta de correos y embarque de pasajeros. ¿Pudiera haber sido esa (unos 50 años antes) la tan mentada casa de Artigas?
c- Se trata de una casa (no un casco de estancia) que está ubicada sobre la costa del río Uruguay y no sobre tierra adentro.
d- Esa casa no solo está “próxima” (usa este adjetivo las dos veces) a la costa sino también a un arroyo bastante ancho que desemboca en el río Uruguay.
Hasta aquí lo que puedo aportar. Si estos datos sirvieran de algo, bien. Y si no, haré en adelante como aconsejaba Marco Aurelio: hablar solo cuando sea necesario y callar cuando sea oportuno.
Prof. Agapo Luis Palomeque
CI 3.002.618-9
Canelones