Nº 2268 - 14 al 20 de Marzo de 2024
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCorría el año 2020 y la fiesta buenista del auto eléctrico brillaba con luces de colores y brindis de champagne francés entre empresas y gobiernos. La obscenidad del marketing, tan irresponsable como poco visionario, fogoneó la danza de gobernantes, vendedores, publicistas, figurones de redes y de medios que, sin el menor pudor, repetían las bonanzas de un porvenir de aire limpio, prados verdes y familias disfrutando en una naturaleza limpia. Por supuesto, gracias a la nueva tecnología de los nuevos coches.
Pero nada era tan inocuo.
Resulta que a finales de 2021 Toyota, el mayor fabricante de autos del mundo, lanzó su primer vehículo 100% movido a electricidad que, meses después, resultó ser un quebradero de cabeza para la propia empresa. Desde problemas mecánicos hasta contratiempos en su autonomía, que no era la que la propia empresa había anunciado con bombos y platillos.
Y la frutilla de la torta: las ventas no aumentan de acuerdo a lo previsto; se mantienen muy por debajo de las previsiones. La industria en general, que viene de invertir fortunas en la dichosa y esperanzadora reconversión tecnológica, empieza a ponerse nerviosa hasta que los temores y sospechas se transforman en realidades. Una de las primeras señales de alarma la dan los accidentes menores, fácilmente reparables en vehículos convencionales, que generan costos astronómicos: porque los talleres no están formados para repararlos, porque el precio de los repuestos, porque las baterías de litio, porque blablablá.
Los vehículos siniestrados terminan en desguace. Y qué haremos entonces con toda esa basura, las baterías tan contaminantes y ya inútiles, nos preguntamos todos. Al día de hoy nadie lo sabe con certeza, no existe un plan global, aunque no sería difícil que África pague la factura de la transición energética del norte global.
En todo caso el mercado empieza a rehuir pasarse a una tecnología de efectos tan sorprendentes como inesperados. Estábamos convencidos de que la tecnología de emisiones nulas, la que hacía que la huella de carbono fuera tanto menor a la de los coches de combustión, era una panacea. Pero no habíamos reparado en la fabricación y la disposición final de las baterías, ni el impacto del peso de esos coches en las carreteras, ni en el costo de los arreglos, ni nos habíamos detenido a pensar en las redes que los alimentarían. ¿Porque qué sucede si se cargan con electricidad fruto de la quema de combustibles fósiles? Un ejemplo: las emisiones generadas para la producción de electricidad de un coche eléctrico en España son muy inferiores a las de países como China, donde, dicho sea de paso, está el 70% de los eléctricos del mundo, alimentados por una electricidad producida en usinas térmicas.
Por otra parte, el litio, elemento clave en la producción de baterías, es inflamable y explosivo cuando se expone al aire y al agua y no se encuentra en estado libre en la naturaleza sino disperso en rocas, arcilla y una mezcla de agua y sales. Su extracción es lenta, consume mucha energía y requiere grandes cantidades de agua, un recurso cada vez más escaso. Todo el proceso de la fabricación tiene un peso importante en la huella de carbono que deja el auto eléctrico y que produce en torno al 25% de las emisiones de CO2 producidas a lo largo de su vida útil, según un informe de la Federación Europea de Transporte y Medio Ambiente (Transport & Environment en inglés, abreviado como T&E).
Esos son los hechos: los vehículos a electricidad usan en la actualidad una tecnología que no proporciona las ventajas de la que pretenden sustituir. Y en los ciclos tecnológicos rara vez se logra reemplazar un producto por otro que no es superior al ya existente. Salvo que lo apuntalen grandes inversiones, claro.
Sí, resulta que el auto eléctrico llegaba para ser la salvación del planeta ante la crisis climática, o poco menos, y ahora caemos en la cuenta de que nos equivocamos otra vez, o que no era para tanto porque, ¡oh, decepción!, también estos autos son contaminantes, aunque lo sean de otra manera y en otros plazos.
¿Vendrá el hidrógeno? Vendrá. ¿Es útil el coche híbrido enchufable? Lo es. Eso, siempre y cuando se conecte a la red, haga tramos cortos y utilice energías limpias. Esta tecnología puede ser complementaria, pero es utópico y todavía lejano forzarla a un uso igual al que damos a los vehículos tradicionales. Dicho en buen romance, sería como tener un coche de combustión interna tradicional, pero muy costoso y con 300 kilos de más.
Entonces, a pesar de todo el gasto en marketing, a pesar del optimismo y de todos los buenos propósitos de empresas automovilísticas y gobiernos de turno, seguiremos sufriendo la contaminación y la consiguiente emergencia climática sin milagros a la vista. ¿El cambio está en marcha? Sí, es inevitable e imprescindible que suceda, pero antes debemos salir del berenjenal de mitos y verdades a medias sobre el auto movido a electricidad. Difícil despertar de la narrativa optimista que nos cautivó con su canto de sirena, y mientras tanto la fiesta la seguirá pagando el planeta.