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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLa batalla psicopolítica: la gran victoria del Frente Amplio. Previo a las elecciones de fines de octubre pasado, la opinión pública reprobaba fuertemente la actuación del gobierno en áreas claves. La enseñanza en el nivel más paupérrimo de su historia; la inseguridad producto de erráticas e ineficientes políticas emanadas del Ejecutivo sumadas a una peor conducción en el terreno de parte de las autoridades policiales, tenía alarmada como nunca antes a la población. Todos los indicadores de todos los tipos de delito se dispararon exponencialmente; la salud pública, donde a la ineficiencia se le sumó un grado de corrupción inimaginable; y en varias áreas de servicios tan caros como ineficientes (transporte, combustibles, etc.).
No obstante, la mayoría de la población volvió a dar su voto mayoritariamente al Frente Amplio, otorgándole además la mayoría parlamentaria.
Las justificaciones y los “por qué” no se hicieron esperar. Los líderes de la oposición lo atribuyeron en gran parte al llamado “voto bolsillo”, una especie de agradecimiento por las facilidades de adquisición de bienes y créditos por parte de la población y a consecuencia exclusiva del “viento de cola” generado por la coyuntura internacional y no como exclusivo mérito del saliente gobierno.
También se atribuyó parte del triunfo a la política claramente asistencialista y demagoga del gobierno que “repartía” millones de dólares a decenas de miles de ciudadanos sin contraprestación alguna, en texto claro, a la compra de votos.
Los más críticos agregamos además a las causas de la derrota de los partidos fundacionales la falta de liderazgo de los candidatos que, desconociendo la idiosincrasia del uruguayo, no supieron llegarle y conquistarlo, y, por si fuera poco, las diferencias y discusiones internas a la hora de consolidar fórmulas sólo generaban desconfianza y desencanto.
Todo ello es cierto y contribuyó al resultado, pero no es la razón de fondo.
Algo similar está a punto de suceder con las elecciones municipales de mayo próximo en Montevideo. La población desaprueba absolutamente toda la gestión frenteamplista. La lista puede ser interminable: gestión de la basura, movilidad urbana (incluyendo el lamentable y multimillonario Corredor Garzón), la falta de inversiones recaudando casi 2 millones de dólares diarios a causa de pagar cerca del 60% en sueldos, la falta de autoridad de la intendenta y allegados, totalmente dominados por Adeom, y varias áreas más.
No obstante, el resultado será el mismo: un aplastante triunfo del Frente Amplio.
Acá no hay ni “voto bolsillo” ni “viento de cola” ni asistencialismo. Sí se mantiene la absoluta falta de liderazgo dentro de los partidos fundacionales y los intereses sectoriales a la hora de desperdiciar una herramienta válida como es la Concertación.
Pero, al igual que en el caso de las elecciones nacionales, hay otro elemento, otra razón que los partidos fundacionales, integrados por reconocidos e iluminados “pensadores” (libres unos y no tanto otros), no quieren o no tienen la capacidad de ver, reconocer y aceptar. Y es que vienen desde hace tiempo perdiendo una batalla que en realidad ni se dan cuenta de que se está librando y donde el Frente Amplio tiene verdaderos “mariscales de campo” que manejan la situación tal como proponía Sun Tzu 500 años A.C., “conociendo al oponente como a ti mismo” y “adaptándose al medio ambiente donde operan”, y además como verdaderos maestros de ajedrez, siempre 2 o 3 jugadas por adelantado: la batalla psicopolítica.
No debe asustar el término ni asociarlo a elucubraciones propias de la guerra fría o a gobiernos dictatoriales u autoritarios. Sería hacer la del avestruz y esconder la cabeza ante la peligrosa realidad.
La psicopolítica es un arte-técnica que consiste en cambiar los cauces del pensamiento y de los sentimientos (Psicopolítica, de Kenneth Goff).
La Psicopolitica es el arte y la ciencia de asegurar y mantener el dominio sobre las ideas y lealtades de los individuos. (Ron L. Hubbard, “Manual de lavado de cerebros”).
Durante el desarrollo de la batalla psicopolítica se busca, primero, destruir, o al menos cambiar radicalmente, todo lo que espiritualmente se opone o se puede oponer al estado final que se pretende alcanzar dentro de una sociedad, generando en las etapas iniciales las condiciones necesarias para que ello ocurra, y para estar finalmente en condiciones de ejecutar las acciones específicas necesarias devenidas de un exhaustivo y metódico estudio del comportamiento del “objetivo”, o sea el hombre individual y la sociedad en que se encuentra inmerso.
Se pretende amaestrar al hombre. La psicopolítica considera al hombre un animal, más evolucionado, pero animal al fin.
Gustave Le Bon, médico, psicólogo, sociólogo y físico francés, publicó en 1894 el libro Psicología de las masas, preocupado por el efecto de los incipientes procesos de manipulación psicológica con fines electorales y políticos. Afirmaba: “la masa es siempre intelectualmente inferior al hombre aislado. Pero, desde el punto de vista de los sentimientos y de los actos que los sentimientos provocan, puede, según las circunstancias, ser mejor o peor. Todo depende del modo en que sea sugestionada”.
Es decir, los seres humanos al relacionarse o integrar una masa o grupo social, pasan a ser parte de un alma colectiva, del “alma de la masa”, y sienten, piensan y actúan de forma totalmente diferente a la que sentirían, pensarían y actuarían de manera individual.
Los líderes o grupos políticos que persiguen determinados objetivos recurren a la psicología de masas, buscando su apoyo mediante la persuasión y el moldeamiento de los valores sociales.
Los psicopolíticos tienen bien claro que el mejor medio de condicionar el comportamiento de un individuo es el de manipular la dinámica del grupo en el que aquél está inscripto.
En el “diseño” de la batalla psicopolítica, se aplica lo que ciertos autores denominan “comportamentalismo”, que es una postura filosófica que se ocupa de comportamientos observables y medibles del sujeto, o sea, de las respuestas que da a estímulos externos.
En contraposición al “mentalismo” que estudia lo que las personas piensan y sienten, el “comportamentalismo” se ocupa de lo que las personas hacen; el comportamiento del entorno condiciona la elección de las respuestas propias.
En resumen: la psicopolítica asocia a la psicología con la sociología. Mediante la primera estudia y determina los estereotipos y mediante la segunda determina la calidad de la comunicación y la naturaleza de los mensajes dirigidos a las decisiones de los grupos.
Esto explica en parte lo que sucede en la sociedad uruguaya en general y montevideana en particular. El Frente Amplio ha sabido determinar a la perfección el estereotipo y la idiosincrasia del ciudadano individual, del comportamiento de las masas y diseñado los mensajes adecuados. No necesariamente los más profundos, ni los de mayor contenido; simplemente los adecuados, y ha generado metódicamente las condiciones para que estos mensajes lleguen a destino.
No es el objetivo ni el alcance de este artículo detallar las áreas específicas donde quien diseña la batalla psicopolítica genera condiciones y actúa (enseñanza, religión, familia, costumbres y hábitos, etc.). Tampoco específicamente cómo lo hace, pero queda claro que el diseño y conducción de la batalla psicopolítica que ha llevado al Frente Amplio al poder en todos los ámbitos es “de manual” y favorecida por la pasividad y el lirismo opositor.
Para finalizar, un ejemplo concreto de la aplicación de lo expresado anteriormente: la pasada campaña por la baja de la edad de imputabilidad.
Según Gustave Le Bon, cuando se quiere inculcar una idea en las mayorías debe utilizarse la cadena afirmación-repetición-contagio.
Cuando hablamos de afirmación nos referimos a una sentencia pura y simple, libre de toda justificación, razonamiento o prueba. Ejemplo: la frase “Ser menor no es Delito”. La afirmación es uno de los medios más seguros de hacer que una idea se abra paso en la mente de las masas. Mientras más concisa sea la afirmación, mayor peso tendrá.
Pero una afirmación no tiene influencia real a menos que sea constantemente repetida muchas veces y en los mismos términos. La frase en cuestión se transformó en “trending -topic”, usando la terminología de moda. Al cabo de cierto tiempo, los receptores, sin ofrecer mucha resistencia, terminan creyéndola, si no totalmente, al menos habrá sembrado la duda.
Cuando una afirmación ha sido suficientemente repetida y hay unanimidad en esta repetición, se forma lo que se llama una opinión establecida a través del poderoso mecanismo del contagio. Las ideas, los sentimientos, las emociones y las creencias poseen en las masas un intenso poder de contagio.
Mientras que los defensores del “Sí a la baja” buscaban afanosamente explicar las bondades del futuro Instituto de Rehabilitación, la campaña simple, contundente y reiterada del “No”, con una sola frase, un logotipo multicolor y una cara visible, logró la victoria.
Conclusión: la guerra psicopolítica busca la conquista sin armas y sin violencia, ganando mentes y voluntades. El Frente Amplio la ha diseñado y aplicado perfectamente. Los partidos fundacionales, si quieren revertir la actual situación en el mediano y largo plazo (en el corto es imposible), deben formar equipos que estudien sin preconceptos la psicopolítica y la psicología electoral de las masas.
No tienen otra opción.
C/N (r) Rubens Romanelli
C.I. 1.323.304-0