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    Redes sociales

    Sr. Director:

    Leyendo en redes sociales una publicación de Maria Eugenia Burgos Coronel, quien se caracteriza por su compromiso social y comunitario, vale decir utiliza las redes como una herramienta positiva y constructiva tanto en defensa de animales como de otras reivindicaciones justas, me encontré con algo que me sacudió en mi condición de padre pero sobre todo como ciudadano e integrante de una sociedad, lo que genera derechos y obligaciones (estas últimas muy poco recordadas, lamentablemente, sin generalizar).

    Concretamente y sin rodeos la publicación narraba y documentaba cómo una tía descubría involuntariamente que su sobrino de 11 años era víctima de un pedófilo que le exigía obtener sus datos personales, audios y fotos íntimas, ya que el sobrino se hacía pasar por una niña de 15 años (y las fotos enviadas por el menor para satisfacerlo eran de su hermana). El motivo que el sobrino contó a su tía era porque un youtuber sostenía que a las mujeres les regalaban skins, diamantes y cosas por el estilo, que si eras varón podías hacerte pasar por mujer así obtendrías todo eso más fácil. Así lo hizo”, d inaliza la descripción de la tía en su publicación.

    Esa tía cuenta que vio en el celular de su sobrino buscadores de todo tipo de pornografía diaria, mujeres narcotraficantes, cómo hacer drogas caseras, hombres de poder y diálogos con tres hombres mayores de edad. Si le contaba al padre del niño (hermano de ella) un violento y desinteresado padre, el castigo sería físico como solución al problema y el resto del entorno del menor era desalentador. Ella, desesperada, dialogó hasta las lágrimas de ambos con su sobrino e intentó desde su rol darle la mayor contención posible…

    Finalizado este caso que se repite en todo el país, en todo el mundo, todos los días y a cada minuto reflexiono en estas líneas: ¿Cómo nos compartamos como padres?, ¿cumplimos con nuestras responsabilidades de control, diálogo, educación, prevención, apoyo, respeto a la dignidad y autoestima de nuestros hijos?, sabedores de que no se puede negar la tecnología y las redes ¿cuidamos la integridad física y emocional de ellos?, sabedores de que es cómodo, fácil, práctico y egoísta dejarlos que naveguen en un mundo virtual para no tener que “ocuparnos” del mundo real, ¿ponemos límites a ese tiempo cibernético?, ¿tenemos el coraje y responsabilidad de saber qué contenido miran, buscan, navegan y consumen en las redes nuestros hijos?

    Sepamos diferenciar contextos socioeconómicos donde difícilmente podamos pedir a los progenitores alguna de estas acciones mencionadas, cuando lo que abunda es la necesidad de sobrevivir y eso a veces (salvo honrosas excepciones) conlleva a la promiscuidad, drogas, prostitución y otros malos hábitos.

    Pero quienes la vida (para mí la Providencia) nos ha premiado con una vida sin grandes necesidades y elegimos traer al mundo a un hijo ¿cumplimos con nuestras responsabilidades mínimas o básicas de cuidado hacia nuestros cachorros? La naturaleza, que es sabia, nos da ejemplos diarios en todas las especies animales de progenitores que cuidan a sus crías de los peligros del mundo (el mayor, lamentablemente, el propio ser humano), pero ¿cuánto hace que ya ni miramos hacia el costado por estar atentos al celular?, ¿cuánto hace que decimos a todo que como ovejas con los dedos en los teclados para no dejar de consumir lo nuevo, lo mejor, lo que “nos va a hacer feliz” sin cuidar lo esencial y olvidando de que existen los no?

    Me preguntaba con cierta nostalgia, yo, que perdí a mi viejo a los 11 años (en aquellos años no había redes), si un buen rezongo, una buena y real penitencia (sin violencia ni gritos) no tenía la ternura del padre que quiere lo mejor para su hijo Y encaminarlo para que no desacarrile.

    Me preguntaba si cuando mi madre que gracias a Dios la tengo bien cerca de mí, sana y lúcida, que me crio sola cuando partió el viejo, no me estaba dando lo más valioso que puede haber: su tiempo, para explicarme, para intentar hablarme, para educarme, para impregnarme de valores y hábitos de familia y de gente de bien. En mi caso, todo lo bueno se lo debo seguro a ellos, lo malo es exclusiva responsabilidad mía.

    ¿Cómo se gana un padre el respeto de un hijo? Yo tengo un hijo de siete años (Manuel) y otro de tres (Alfonso) y cada vez que mis ojos los tienen enfrente no pierdo oportunidad de abrazarlos, de besarlos, de hablarles. Busco todas las oportunidades posibles para tenerlos cerca y saber en qué andan, claro, son niños. Mi temor radica en que irán creciendo y los peligros y tentaciones serán mayores. ¿Qué pasará entonces? ¿Qué tendré que hacer? ¿Podré o estaré a la altura de las circunstancias? ¿Estaré junto a ellos viéndolos crecer o les tocará a ellos lo que me tocó a mí?

    ¿Saben algo?, estas líneas que parecen pesimistas o con una visión negativa de los nuevos tiempos y realidades, de algo estoy seguro y me llevo a escribir y compartir estas líneas.

    La tarea diaria y ardua de construir buenos cimientos en nuestros hijos no es fácil pero sí enriquecedora y que lo que hoy sembramos dará buena cosecha en el futuro. Que hay que estar y estar y estar, que hay que ponerle amor y dedicación, que por las razones de las falsas urgencias de estos tiempos de vorágines la calidad puede más que la cantidad, pero que menos minutos en nuestros celulares y de indiferencia son parte fundamental de nuestras obligaciones como padres haciendo primar lo principal de lo accesorio.

    Con más mañana que ayer, creyendo que vale la pena, que se puede, que no siempre ganan los malos, que las buenas acciones (a veces anónimas) tienen una recompensa superior, que la dignidad y el honor es el mejor legado que le podemos dejar a nuestros hijos y no campos, ni bienes, ni dinero (que claro que sirven, pero si esos dos conceptos están bien arraigados en la esencia de nuestros hijos), con todos esos ideales, serenos, con una sonrisa franca, con la frente en alto y sin jactancias, siempre seremos dignos sembradores de esperanza.

    Que así sea.

    Dr. Marcelo Maute Saravia