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    Reescribiendo la historia

    Nº 2131 - 15 al 21 de Julio de 2021

    por Amadeo Ottati

    Aclaración previa: no soy un historiador del fútbol, sino alguien que ha actuado durante varias décadas, como comentarista de ese deporte, en diversos medios periodísticos de nuestro país. Sin perjuicio, tengo el honor de integrar también (por la mera cortesía de sus fundadores) la AHIFU, una institución fundada en febrero del año 2019, que nuclea —de allí su sigla— a quienes efectivamente son los “historiadores e investigadores del fútbol uruguayo”. Ello no quita que conozcamos, muchos por haberlos vivido, algunos hitos importantes de la rica historia de ese deporte en el mundo entero.

    Aunque el fútbol (o algo parecido a él) ha aparecido en el mundo desde hace muchos siglos, su historia como deporte consolidado es considerada a partir de 1863, año de la fundación de la Football Association de Inglaterra. Aunque su preponderancia y expansión al resto del mundo se consolida con la fundación de la FIFA, en el año 1904. Y es desde entonces, más aún desde la Primera Copa del Mundo, disputada en Uruguay en 1930, que fueron consolidándose dos bloques dominantes en el mundo del fútbol, que son América del Sur y Europa. Y en cuyos respectivos ámbitos acaban de desarrollarse un par de eventos de histórica significación.

    Con apenas un día de diferencia, el pasado fin de semana culminó la disputa de las dos competencias más importantes de ambos continentes: la Copa América y la Eurocopa. O sea que, pandemia mediante (lo que retrasó un año su fecha de inicio), se dio la curiosa coincidencia de que ambos torneos se desarrollaran casi simultáneamente. Y que, además, entre muchas diferencias, se dieran ciertas circunstancias comunes entre ambas. Entre las primeras, hay una fundamental: en tanto la Eurocopa pudo sortear los escollos derivados del Covid-19, al punto que el torneo pudo finalmente desarrollarse en las 12 sedes designadas con anterioridad, para la Copa América debieron descartarse las inicialmente previstas (primero Colombia y luego Argentina) para recalar, casi encima de su inicio, en un Brasil fuertemente agobiado por la pandemia. Esos cambios, y la preocupante situación que los motivara, tuvieron varias consecuencias inevitables: los estadios en que debieron jugarse los partidos no tenían el acondicionamiento más adecuado (los campos de juego no lucían bien), y además —y esto fue sin duda lo más importante— por estrictas razones sanitarias, todos los partidos debieron jugarse sin la presencia de público en las tribunas, a excepción de la final en Maracaná, en la que se autorizó una concurrencia muy acotada. Todo lo cual, como es lógico, hizo que los ingresos económicos inicialmente previstos por diversos rubros, fueran muy menores a los que, en paralelo, se generaron en la Eurocopa, disputada en estadios llenos

    Pero, entre tantas disimilitudes, hubo algunos aspectos que fueron comunes a ambas competiciones. El primero es que quienes finalmente lograron el título, lo hicieron tras largos años de frustraciones. Veamos: la victoria de la selección de Argentina en la final ante Brasil puso fin a un ciclo de 28 años sin ganar el torneo continental (su último título databa de 1993 en Ecuador, habiendo perdido ante Chile las finales de 2015 y 2016). Para el vecino país esta conquista tiene asimismo un peso histórico considerable, pues igualó a Uruguay como máximo ganador del torneo, con 15 conquistas (cabe acotar que en ese largo período de sequía para el fútbol albiceleste, Brasil había ganado cinco Copas y Uruguay dos). Y ni que decir del merecido premio para su máxima estrella, Messi, en cuyo palmarés solo estaban el título de Campeón Mundial Sub-20 de 2005, en Holanda, y la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Eso sí: ¡“Maracanazo” hubo uno solo: el del 50, por un Mundial, y ante 200.000 personas hinchando por el local!

    Si miramos a la Eurocopa, Italia logró obtenerla por segunda vez en la historia, luego de la friolera de 53 años de su anterior conquista, en 1968. En tanto que los dueños de casa (aunque venían de una extensa racha de 15 partidos ganados de los últimos 17 jugados en Wembley), siguen sin conquistar ese torneo como local, algo que le ha resultado esquivo durante 55 años. Es que el último lauro en ese mítico (aunque remozado) estadio data del Campeonato Mundial de 1966, organizado precisamente por Inglaterra (la longeva reina Isabel II se ocupó de escribirle al actual técnico inglés Gareth Southgate, que en ese mismo escenario “Hace 55 años tuve la suerte de entregar la Copa del Mundo…”). Y resalta aún más el mérito del equipo dirigido por Roberto Mancini, el hecho de que estuvo en desventaja durante casi todo el partido y, luego del tardío empate (ante un estadio repleto de aficionados ingleses y solo con el aliento de unos pocos cientos de “tiffosis”) supo aguantar la igualdad hasta el final del tiempo reglamentario y en todo el complemento, para definirlo en su favor recién en la serie de penales (y un hecho curioso: los dos futbolistas de Inglaterra, que el técnico incluyó específicamente para la tanda de penales, marraron a su turno los que tuvieron que ejecutar).

    Si comparamos el nivel de juego entre una final y otra, nos quedamos con el de la Eurocopa. Tuvo mucho más ritmo, hubo mayores figuras de destaque y no se apeló en demasía al futbol de destrucción. Todo lo contrario a lo que ocurrió en el choque sudamericano, en el que si bien hubo destellos de calidad de varios futbolistas, fue particularmente notorio un uso desmedido de la fuerza, aplicada a las estrellas de cada equipo y aún más contra Neymar, al que sus marcadores se turnaron para golpearlo en forma escalonada y repartida, ante la inadmisible tolerancia del juez del partido, nuestro compatriota Ostojich, y de los ocasionales integrantes del VAR. Y algo que también nos quedó en claro: no pudimos apreciar un desnivel entre el fútbol desplegado por los dos finalistas del torneo sudamericano, y el que (con una superior dirección y administración de sus recursos futbolísticos) bien pudo haber exhibido la prematuramente eliminada escuadra celeste.

    Entre tanto (y en pocas líneas) ha proseguido nuestra actividad local, y a esta altura del Apertura, hay varios equipos chicos peleándole la punta a Nacional, y ubicados por encima de Peñarol. Claro que lo que a ambos equipos grandes más les preocupa son los dos clásicos casi seguidos por la Copa Sudamericana, a dirimirse a partir de esta misma noche. Y a los que —pese a que Nacional logró ganar el más reciente (en circunstancias muy peculiares)— ambos llegan con similares expectativas y con rendimientos tan irregulares que tornan casi imposible arriesgar algún pronóstico válido, de cuál tiene mayor chance para pasar a la siguiente ronda de dicho torneo. ¡Acaso lo sea aquel que encuentre en su mejor nivel a sus más bisoños y prometedores futbolistas!

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