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    Reinventarnos

    Nº 2117 - 8 al 14 de Abril de 2021

    Quizá el presidente uruguayo Luis Lacalle Pou no seleccionó las mejores palabras o no utilizó el tono más indicado para realizar su intervención en la última Cumbre del Mercosur. No necesariamente por lo que dijo, que es compartible, sino porque dio pie a un estilo patotero de su par argentino Alberto Fernández, similar al que ya hace tiempo han incorporado los líderes populistas en América Latina. El método de gritar y no escuchar a los demás se ha mantenido durante mucho tiempo y nos retrotrae a personajes como Hugo Chávez y varios de sus socios regionales. Repiten siempre la misma receta.

    Pero más allá del circo mediático que se armó con el desencuentro entre Lacalle Pou y Fernández y la ya famosa palabra “lastre”, la realidad es que en sus 30 años de existencia el supuesto mercado común del sur ha fracasado en cumplir cada uno los objetivos que adornaron su fundación.

    Si tomamos en cuenta lo ocurrido a escala regional en las últimas tres décadas, la mención al “lastre” tiene mucho sentido. El diagnóstico está clarísimo. Por eso quizá sea hora de empezar a mirar otras soluciones y no quedarse solo con lo discursivo.

    La historia muestra que los gobernantes de los cuatro países que firmaron el Tratado de Asunción soñaban con establecer una zona de libre comercio y luego un mercado común, mirando el ejemplo de Europa. Se dejaron llevar por una lógica teórica que prometía beneficios dirigidos por los estados y que el tiempo volvió a demostrar impracticable, algo que ya hemos sostenido más de una vez en esta página editorial. Lo que iba a ser un despegue se convirtió en un muro contra el que chocamos casi siempre.

    Al crecimiento intrarregional el Mercosur aportó poco. Tampoco resultó para la integración de procesos productivos o cadenas de valor amarradas por la protección del mercado regional. Y además tenemos que cargar con regulaciones que hacen casi imposibles las negociaciones bilaterales, que mejorarían sustancialmente el atractivo inversor de nuestro país.

    En general existe cierto miedo a que Uruguay se presente solo ante el comercio mundial, pero nuestro país, si bien tiene la contra de ser un pequeño mercado, se ha ingeniado para mostrar otras virtudes y así lograr ser apuesta de grandes inversores internacionales. Las pasteras y los proyectos industriales relativos al cannabis son un buen ejemplo. Esas virtudes se pierden en la compañía de nuestros vecinos. Por eso llegó la hora de mirar los números y dar pasos audaces. Los países emergentes que mejoraron en desarrollo humano en las últimas décadas lo hicieron acercándose al libre mercado.

    En un comentario realizado hace casi un año en el diario New York Times, el experto en integración regional de América Latina Nicolás Albertoni hacía referencia a que el bloque comercial del sur estaba en crisis. En aquel momento Argentina había anunciado que dejaría de participar en las negociaciones de los acuerdos comerciales en curso, decisión que luego revirtió. Albertoni sostenía en su análisis que la crisis económica y social que prometía ya en ese momento la pandemia, hoy a la vista, sería una oportunidad para que los países miembros consideraran seriamente una modernización del Mercosur, sobre la base de la teoría de que la mejor vía para enfrentar la situación es hacerlo de manera regional.

    La respuesta al experto está dada por la intempestiva reacción del presidente de los argentinos. No nos deja prácticamente ninguna esperanza de que esa modernización sugerida —que incluye la posibilidad de negociar nuevos acuerdos bilaterales— se produzca. La imagen idealizada que vemos en el mercado común europeo tiene que ver con la madurez de esos países y la riqueza generosa de alguno de ellos. La inmadurez histórica de esta región nos obliga a mirar más detenidamente nuestra realidad. Los buenos psicólogos suelen recomendar a sus pacientes que ante una situación personal estancada, que no va hacia ningún lado, es necesario reinventarse. Eso es lo que hace falta en el Mercosur: reinventarnos. No hagamos como los músicos del Titanic, que ante la muerte inminente seguían tocando la misma musiquita.

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