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    Reivindicaciones

    Nº 2094 - 22 al 28 de Octubre de 2020

    Es común escuchar, sobre todo de aquellos que no gustan de esta música, la frase “el tango es machista, patriarcal, discriminatorio”. La conjugación en tiempo presente exagera la verdad: el tango fue todo eso, desde sus orígenes y por décadas, pero su evolución y las nuevas generaciones de creadores lo fueron cambiando.

    Sin embargo, si la ubicáramos en tiempo pasado, nos hallaríamos frente a algo como dos monedas de distinto tamaño usadas durante una misma época. La más grande sería, claro, la representación de las letras más despreciables, esas que denigran a la mujer y miran a un costado al enfrentar ciertas realidades sociales y económicas. Pero la más chica reservaría la sorpresa de otras que elevan el papel femenino, reconocen el padecimiento de los obreros y, como dejó escrito Irene Amuchástegui, “el canto sobre el hambriento y la madre soltera, el preso y el buscavidas, el solterón, el huérfano, el mendigo y la hipocresía y crueldades de ese tiempo”.

    Una corriente renovadora que es necesario rescatar del olvido y valorar a quienes la construyeron.

    Fue hija de la influencia de músicos, poetas e intelectuales anarquistas que —y me atrevo a celebrarlo— se enamoraron del tango: entre tantos, Edmundo Guibourg, José González Castillo y su hijo Cátulo, Roberto Arlt, Héctor Pedro Blomberg, el Manzi de su primera época de autor, antes de vincularse al radicalismo, Discépolo, pese a sus contradicciones emocionales, Celedonio Flores, Juan de Dios Filiberto, Francisco García Jiménez y los payadores Martín Castro y Luis Acosta García, autor este del emblemático Dios te salve m’hijo, que inmortalizó Agustín Magaldi.

    —El pueblito estaba lleno / de personas forasteras. / Los caudillos desplegaban / lo más rudo de su acción / arengando a los paisanos / a ganar las elecciones / por la plata, por la tumba, / por el voto o el facón…

    Y vamos a la otra reivindicación imprescindible.

    Magaldi no se pareció a ningún otro cantor nacional y tuvo su época dorada de éxitos entre las décadas de 1920 y 1930.

    Pero, al decir del historiador Manuel Adet, pese a que “hizo y fue otra cosa porque le dio otro lugar a la mujer y al pobre y cantó contra las injusticias sociales y la corrupción política, apenas es recordado como una rara curiosidad”.

    A esta sentencia contribuyen circunstancias siempre sujetas a debate.

    Su repertorio fue desparejo, para algunos lacrimoso y poéticamente pobre.

    Se ha dicho que trajo a Buenos Aires a una muy joven Eva Duarte, con la que habría tenido, siendo casado, una fugaz relación, versión novelesca que carece de consenso, aunque se sostuvo nada menos que en el musical Evita, de Andrew Lloyd Weber, filmado por Alan Parker.

    Y, finalmente, por su frustrada pretensión de ser cantante lírico, que lo llevó, siendo un adolescente, a cantar en un coro junto con su admirado Enrico Caruso durante una gira de este por Argentina.

    En recónditas sombras de la memoria colectiva han quedado algunas facetas de Magaldi que merecen luz: su voz, de registro de tenor, afinada, dulce, conmovedora; su concepción, por influencias familiares, anarquista cristiana de la vida, siempre disgustado por el machismo, la ignorancia de las injusticias sociales y la prepotencia de los burgueses y patricios en el poder; y su insistencia, tanto de cantor solista como en su periplo en dúos con Rosita Quiroga —su mentora—, Héctor Palacios y especialmente Pedro Noda, y aun aceptando que muchas no eran de poética elevada, de preferir letras como Levanta la frente, Libertad, El penado catorce, El farol de los gauchos, Acquaforte, Pan y el ya mencionado Dios te salve m’hijo, todas a contramano de la visión machista que la mayoría de cantantes de tango prefería para asegurar su éxito.

    Agustín Magaldi fue, sí, diferente: una voz imposible de imitar —no lo pudo hacer ni su propio hijo, que cantó con frecuencia en Montevideo, pero se lo devoró el desinterés del público—, una voz admirable que estremece de emoción, y un anarquista cristiano que antepuso sus ideas a la repercusión de su carrera, al punto que, en su mejor momento, solo viajó dos veces al exterior, una a Chile y otra a Uruguay, donde actuó en el Teatro Solís.

    Y luego su final, también sombreando por el olvido.

    Fue muy triste: murió a los 39 años, luego de una desafortunada operación en su aparato digestivo, el 8 de setiembre de 1938. Solo tres años después de Gardel.

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