N° 2071 - 14 al 20 de Mayo de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl adolescente sale del baño y roba las monedas del platito de las propinas en el mostrador de un barsucho. Los dueños, distraídos, hablan en español en la cocina. El adolescente, que se llama Willy, sale a la calle y es atropellado por una tromba de niños que le desparraman las monedas. Sigue caminando, se cruza con un patrullero, el coche se detiene, un policía saca la cabeza por la ventanilla y Willy sale disparado. Así tenemos servido al personaje de Supermarkt (Alemania, 1974), una película escrita, dirigida y montada por Roland Klick y actualmente colgada en Mubi. Digamos que es un policial sobre un muchacho descarriado. También un thriller sobre el asalto a un supermercado con una secuencia final de increíble fuerza y veracidad. O un drama sobre marginales en las calles de Hamburgo que destila ese sabor tan particular a documental, a cosa fresca y libre característica de la nouvelle vague. Porque la historia registra a los actores en las estaciones y otros lugares públicos interactuando con la gente real, que a veces mira hacia la cámara. Nada de cortar manzanas y lanzar al ruedo decenas de extras desde la orden de una grúa. Nada de montar un gigantesco aparato de producción que se ocupa de todos los detalles de lo que vemos, desde las fachadas de las casas y los edificios hasta los autos que circulan. Aquí los personajes se mueven al pulso real y auténtico de la ciudad, se insertan en ella. Te das cuenta de que detrás de las cámaras están el director, un iluminador y un par de operarios, nada más. A casi medio siglo de haber sido filmada, Supermarkt (poco más de 80 minutos de duración) mantiene sus imágenes vibrantes e intactas. In-tac-tas. Y tiene un empleo del sonido expresivo y recontraoriginal. Y todo con un presupuesto bajísimo. Cuando hay ideas y creatividad, el cine no es un estricto asunto de dinero.
Klick fue contemporáneo de Wenders, Herzog y Fassbinder, pero mientras estos tres nombres se agigantaban y representaban al nuevo cine alemán en festivales internacionales, Klick se conformó con hacer películas de autor que al principio lograron algunos premios en su país pero luego se fueron decantando hacia las sombras y el olvido. Por ejemplo, Deadlock (1970), un western existencial filmado en el desierto de Israel, con gangsters de traje blanco ensangrentado que van de aquí para allá con un botín y se fajan entre ellos, mientras el viento agita puertas de casas abandonadas y arrastra bolas de paja. Por ejemplo, White Star (1983), el desesperado retrato de un empresario musical (Dennis Hopper, loco como una cabra, cuándo no) en un mundo punk que, obviamente, es un sótano donde todos arreglan las cosas a los botellazos.
Klick, admirado por Tarantino, se cansó de mendigar dinero para sus películas y de discutir con los productores que pretendían enderezar sus ideas. Hizo algunos trabajos para la TV alemana y estadounidense y desapareció del mapa. Hoy es un octogenario que vive en Irlanda y se ha convertido, con todo derecho, en un cineasta para cinéfilos.