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    Ronald Herbert

    Sr. Director:

    El 18 de este mes de diciembre se cumplirá un año del fallecimiento del Dr. Ronald Herbert, prestigioso abogado y jurista, defensor público en materia penal, profesor universitario, dirigente destacado del Colegio de Abogados (fue presidente de su Directorio, así como de su Tribunal de Honor), ex presidente del Directorio de la Caja de Jubilaciones y Pensiones Profesionales y de la Corte Electoral.

    Conocí al Dr. Herbert en 1975. Ese año entré a trabajar, en el último grado del escalafón administrativo, en la Defensoría de Oficio en lo Criminal, como entonces se llamaba. Herbert era uno de los siete defensores de oficio en materia penal de Montevideo (no los había en el resto del país) y, entre otras tareas que me asignaron, debía actuar yo como su secretario. Trabamos así una relación que duró hasta su muerte, acaecida el año pasado. En el curso de esos casi 40 años lo vi actuar en muy diversas situaciones y circunstancias, en las que puso de manifiesto cualidades de extraordinario valor. Son esas cualidades, es la persona de Ronald Herbert y no los logros que alcanzó, ni las distinciones que recibió, lo que hoy quiero evocar en homenaje a su memoria.

    Por la integridad de su carácter, por su inteligencia y por su don de gentes era Herbert un hombre superior, sin duda, pero actuaba con absoluta sencillez y hasta con modestia; la calidad se le notaba a la legua, naturalmente, no porque hiciera alardes de ningún tipo. Trataba a los demás, a todos los demás, con respeto y cortesía, ya fueran abogados, funcionarios judiciales, empleados de su estudio, acaudalados empresarios extranjeros que acudían a contratar sus servicios o humildísimos familiares de presos que iban a verlo a la Defensoría, con su angustia a cuestas, en busca de consejo y orientación. A los presos los trataba de “Usted”, sin paternalismo ni condescendencia. Los defendía a consciencia y sin pereza; llegaba a la Suprema Corte de Justicia en casación, si era preciso, y en alguna ocasión ocurrió ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para quejarse por la demora en el proceso seguido a uno de sus defendidos. Le explicaba a la madre o a la esposa afligidas la situación procesal del hijo o del esposo preso, con calma y en detalle, y volvía a explicarla todas las veces que fueran necesarias, sin impacientarse ni alzar la voz. Pero también se plantaba firmemente ante jueces, fiscales u otros abogados cuando tenía que hacerlo; su lealtad para con sus clientes, pobres o encumbrados, no sabía de claudicaciones, ni hacía él concesiones a nadie cuando sentía que estaba en juego la dignidad de su labor profesional.

    Era un trabajador infatigable. Me consta, por observación personal y directa, que borraba las letras de las teclas con las que escribía a fuerza de hacerlo todos los días, durante horas y horas, incluyendo sábados y domingos si era necesario.

    Sabía delegar responsabilidades y trabajar en equipo. Era un gran abogado, a quien las aptitudes propias no le impedían escuchar a los más jóvenes, tomar en cuenta sus opiniones y reconocer errores si correspondía. Respaldaba a sus colaboradores y no les soltaba la mano cuando se equivocaban.

    Estaba siempre dispuesto a escuchar y a ayudar. Generoso con su tiempo y con sus consejos, lo fue también con su dinero; ayudó mucho a mucha gente. Siguió juicios largos y difíciles sabiendo que no cobraría un peso ni aun ganando, y hasta solventando los gastos del proceso cuando la situación del cliente y la naturaleza de la causa lo requerían. Colaboró con instituciones benéficas, desde la más absoluta discreción. Del mismo modo vivió su profunda fe católica; tenía colgada en la pared de su escritorio una pequeña cruz de madera, sin lustre ni adornos ni inscripciones, y sobre su mesa de trabajo una edición de bolsillo del Nuevo Testamento, cuya lectura recomenzaba cada vez que la terminaba. Pero no hablaba de religión, ni sermoneaba a nadie, ni trataba de distinta manera a las personas según compartieran o no su fe. La tolerancia estaba en su naturaleza y su amplitud de criterio no tenía fisuras.

    La vida lo sometió a pruebas crudelísimas. De los cinco hijos que tuvo, murieron dos, Eduardo y Santiago. Sufrió además otras desgracias y reveses, pero ninguno como esas pérdidas trágicas. En algún momento quizás pudo parecerle a él mismo que no se recobraría de esos golpes tremendos, abrumadores, suficientes para destrozar la vida no ya de una persona, sino de una familia entera. Pero Herbert logró salir adelante, a fuerza de multiplicar las horas de trabajo para no perderse en su dolor. “El trabajo es el único analgésico”, decía. Lejos de abandonarse a la pena, aumentó sus actividades, que siempre habían sido intensas, y se exigió más a sí mismo para cumplir, como el caballero que era, con todos los compromisos que asumía. Logró seguir viviendo y ayudando a los demás, pero nunca dejó de sufrir, intensamente, por el recuerdo de sus hijos muertos.

    El dolor no avinagró su carácter. Trataba de disfrutar de los buenos momentos que la vida le ofrecía. En las reuniones de fin de año del estudio, bromeaba como el que más. Viajó mientras pudo hacerlo, pese a sus problemas de salud, e internado en el Hospital Británico después de su último viaje, ya gravemente enfermo, hacía planes para el siguiente. Por debajo de su amabilidad, de su sonrisa y de su físico frágil, había ánimo y voluntad indomables.

    Su hombría de bien fue reconocida en todos los ámbitos en los que actuó, y aun más allá de ellos. En el año 2010 me tocó participar, como representante del Partido Colorado, en las reuniones interpartidarias que procuraban acordar la renovación de la Corte Electoral. Había que encontrar un presidente que ofreciera garantías a todos. Cuando propuse el nombre de Ronald Herbert (que no era colorado, ni tenía militancia política alguna), el acuerdo se logró de inmediato. Esa fue una gran satisfacción, para él y para todos los que lo queríamos y admirábamos.

     A quienes tuvimos la fortuna de contar con su amistad, su recuerdo luminoso y cálido nos acompañará siempre.

    Ope Pasquet