N° 2068 - 23 al 29 de Abril de 2020
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáQué bueno que abogados y sobre todo policías se conviertan en escritores. Todos los expedientes que llegan a sus escritorios ya no son expedientes: son historias. Y Rubem Fonseca sabía de esto porque fue comisario en un distrito de su ciudad, Rio de Janeiro. Pero más sabía por diablo y por viejo: llegó casi hasta los 95 años de vida y no se murió de esta mierda hoy de moda de la que se está muriendo todo el mundo. Lo suyo fue bien romántico y fulminante: un ataque al corazón. De una.
Empezó a escribir a los 38 años y dejó más de 30 libros publicados, entre novelas y cuentos. Género: digamos policial, porque en los grandes escritores cualquier género es una excusa para hablar básicamente de la condición humana. Una máxima de Fonseca: no dar entrevistas. La obra habla por el artista, no es necesario agregar nada más. Otra máxima: no dejar ninguna palabra de lado, en especial las malas palabras. En la edición de Búsqueda del 7 de junio de 2018, a propósito de la publicación de Historias cortas, en aquel entonces su nuevo libro, le dedicamos una amplia nota.
Lo tildaron de nihilista porque desconfiaba de los políticos. Ya se sabe y recontrasabe: el poder corrompe. Los jodedores son jodedores en todos lados e idiomas, en todas las clases sociales, apoyados en todas las teorías económicas y los sistemas posibles de organización. Allí está esa imponente novela, El gran arte, que sería precisamente eso: el gran arte de joder al otro. Un arte que manejan desde los sicarios, los chulos y los traficantes de poca monta, hasta los señores bien educados y distinguidos. Te puede joder un enano de circo, o un travestido que sale a pelearse en los carnavales, o un matón boliviano indocumentado, o un alto ejecutivo con millones de dólares en su cuenta bancaria, que además puede ser un refinado lector de historia y filosofía. Y Fonseca pone a su héroe que mira en todas las direcciones de este mundo negro que nos rodea: se llama Mandrake y es un abogado. Sí, ocurre en Brasil, pero podría ser en cualquier parte.
Los críticos calificaron de “brutalista” su estilo literario. El hombre iba directo a los bifes: vísceras, autopsias, orificios de entrada y salida, el peso del hígado en la balanza del forense, como en Doscientos veinticinco gramos, uno de sus tantos maravillosos cuentos, que está en Los prisioneros, su primer libro.
Y así se llama su último trabajo: Carne cruda, una colección de relatos, todavía no traducidos al español, que seguramente estarán condimentados con el habitual humor y la filosa mirada de este escritor único, capo entre los capos.